Mié, 05/01/2019 - 11:57

Dueles Venezuela

La primera vez que tuve que exiliarme, posterior a graves amenazas contra mi vida, fue a mediados de 1999. Rondaba los 27 años y apenas comenzaba a construir una trayectoria como periodista. Era la primera vez que Daniel Coronell, para entonces mi Director de Noticias, me lanzaba un salvavidas que me alejaba del peligro y hoy, manteniendo mi agradecimiento eterno, lo sigue haciendo.

Llegué al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, un sábado al medio día. En aquel entonces todavía era una de las más modernas terminales aéreas de Latinoamérica; y, Venezuela era la “joya de la corona”, en un continente golpeado por la pobreza. Por años fue el destino de millones de colombianos pobres que buscaban ser bendecidos por el cambio del poderoso Bolívar frente al débil peso colombiano; también llegaban profesionales en busca de oportunidades, o víctimas de la violencia para protegerse, o ricos y excentricos que encontraban paraísos en las playas de Isla Margarita, en los Roques y hasta en los restaurantes y discotecas de lujo en Caracas.

De aquel país con imponentes autopistas que lo cruzaban de lado a lado, de grandes aerolíneas y modernas navieras, lujos patrocinados por una bonanza petrolera sin igual, ya nada queda. Menos la bonanza. Hoy en día Colombia, con menos petróleo, produce más barriles diarios que nuestra hermana República que está bendecida con las reservas más grandes del planeta. Muchos tildan al socialismo, al comunismo, al castrochavismos y mil demonios más por ese drama. Yo solo veo una corrupción rampante, desbordada y dolorosa, ejercida por una manada de políticos que se aferran al poder a costa de la sangre y el hambre de millones de seres humanos. Esto no es de ideologías políticas, esto es de bandidos y criminales.

Aquella era mi segunda temporada como periodista en Caracas. De esas épocas me quedaron además de inolvidables experiencias como reportero, un sinnúmero de amigos que hoy enfrentan la dureza del regimen o el dolor de vivir lejos de su patria. Pocas nacionalidades del mundo como la venezolana al momento de cantar con el pecho lleno de orgullo su himno y entonarlo con gritos que atraviesan las llanuras. “Gloria al bravo pueblo…”.

Ya hace 20 años que Hugo Rafael Chávez Frías llegó al poder montado sobre un discurso de izquierda que hoy, tras ver los resultados, espanta a cualquiera que se precie de estar ligeramente cuerdo. El padre de la Revolución Bolivariana murió en 2013 dejando la semilla para que la miseria siguiera creciendo de forma rampante. Y no contento con esto dejó en el solio de Bolívar al peor de los candidatos a sucederlo. Volví muchas veces, con el tiempo, y fui testigo directo del derrumbamiento de una nación. Jamás pensé que ese país que me acogió y protegió tras sus fronteras, pudiera llegar tan bajo. Lo que si imaginé fue la fortaleza de los venezolanos al momento de buscar salidas a una crisis insuperable, que con seguridad el gobierno se las ingeniará para hacerla peor.

La de hoy fue una batalla más que se suma a las de 2002, 2014, 2015, 2016, 2017, etcétera. Batallas que han costado la vida de seres humanos; y, lo más delicado, la vida de jóvenes que ni siquiera conocieron la llamada Cuarta República. Hay una imagen que no he podido olvidar y la vi estando lejos de ese país. Fue una foto en una de esa marchas que han llenado no solo las calles de Caracas sino de muchas ciudades venezolanas. Se trataba de un joven con el torso desnudo y con una leyenda escrita en su espalda: “Mamá hoy salí a defender a Venezuela. Si no regreso me fui con ella”. A su lado, la mujer que le dio la vida y en su mirada el dolor de saber que lo podía perder. Ojalá ese guerrero haya regresado al lado de ella y le haya devuelto la tranquilidad a su alma.

Desde entonces he pensado en mis hijos, igual que lo hice hoy. Los dos mayores ya tienen la edad de esos jóvenes que a diario han luchado por el país que conocieron gracias a narraciones de sus mayores. Me he preguntado qué podría hacer para detenerlos, si estuviera en el lugar de esa mujer, y siempre he llegado a la misma conclusion: nada. ¿Cómo decirle a un muchacho que no salga a defender esos valores con los que los hemos educado y para los que los hemos preparado por años? ¿Cómo pedirles que no den la más fuerte pelea de sus vidas porque les regresen las oportunidades que les han robado? Es imposible.

A esos muchachos debemos hoy una plegaria cargada con nuestros mejores deseos. Quizás a los que hemos tenido la fortuna de exiliarnos en momentos difíciles nos ha faltado la valentía y el coraje que a ellos les sobra para enfrenarse a la muerte. Hoy, solo puedo pedirle a Dios por los hijos de tantos venezolanos que se arriesgan en las calles para que acabe ese regimen autoritario e infernal, porque sean protegidos por una fuerza superior ya que nosostros no hemos podido.

Dios bendiga a Venezuela, porque me duele como esa segunda patria que protegió mi vida en momentos muy difíciles.

En Twitter e Instagram: Juan Carlos Aguiar

No conozco al autor de la foto. Encontrada en internet.

 

 

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