Mié, 10/27/2021 - 09:25

El Bogotazo. 1948

¡Lo mataron, lo mataron! El mismo grito invade a toda Colombia, no es necesario decir a quien ni porqué. Jorge Eliécer Gaitán muere al salir de su oficina de tres disparos hechos por un hombre que nunca ganó lo suficiente para comprarse un arma de fuego, pero que fue señalado como el responsable por un elegante hombre de gris que esperaba apoyado en un automóvil negro.

Gabriel García Márquez, el joven reportero, nunca se atrevió a decir si realmente Roa Sierra fue el asesino y lo mandaron matar para que no contara nada o si lo utilizaron para ocultar al asesino. Siete décadas después continúa la investigación exhaustiva,

El pobrerío se desprende de los cerros como un alud e invade a Bogotá como un huracán de dolor y de la ira rompiendo vidrieras, volcando el tránsito en las vías e incendiando edificios. En el centro de la ciudad las ruanas indias y las alpargatas obreras, manos curtidas por la tierra o por la cal, manos manchadas de aceites de máquina o betún. En torbellino acuden los estudiantes y los camareros, las lavanderas del río y las vivanderas del mercado, las siete amores y los sieteoficios, los buscavidas, los buscamuertes y los buscasuerte.

Del la multitud se desprende una mujer llevándose cuatro abrigos de piel, todos encima, torpe y feliz como osa enamorada, como conejo huye un hombre con varios collares de perlas en el pescuezo y como tortuga camina otro con una nevera a la espalda.

Un joven estudiante cubano que tenía cita a las dos de la tarde con el líder ve que una avalancha humana se le viene encima. El corpulento joven se pone una gorra sin víscera. Fidel Castro se dejan llevar por el pueblo

En las esquinas, niños en harapos dirigen el tránsito, en las cárceles  los presos revientan los barrotes, alguien corta a machete las mangueras de los bomberos. Bogotá es una inmensa fogata.

Los edificios públicos son saqueados, por sus ventanas brotan máquinas de escribir, teléfonos, escritorios, pero ningún político. Llueven balazos desde los campanarios de las iglesias y la multitud, detrás de unos tanques o montada en ellos, se dirige a Palacio.

(Arturo Alape, El Bogotazo, Memorias del olvido, Bogotá, Pluma, 1983)

BOGOTÁ, BALAS Y CENIZAS 

Desde el Palacio Presidencial se ven venir ríos de gentes, las ametralladoras han rechazado ya dos ataques pero el gentío alcanzó a arrojar contra las puertas el destripado cadáver del supuesto asesino de Gaitán.

Doña Bertha, la primera dama, se calza un revólver al cinto y llama por teléfono a su confesor:
-Tenga la bondad de llevar a mi hijo a la Embajada americana.

Desde otro teléfono el Presidente Ospina  manda  proteger  la casa del general Marshall y dicta órdenes contra la chusma.  Después, se sienta  y espera. El rugido crece desde las calles.

Tres tanques encabezan la embestida contra el Palacio Presidencial. Los tanques llevan gente encima agitando banderas y gritando el nombre de Gaitán. Detrás arremete una multitud erizada de machetes. No bien llegan a Palacio, los tanques se detienen, giran lentamente las  torretas, apuntas hacia atrás y empiezan a matar pueblo a montones.

En los alrededores, alguien deambula en busca de un zapato, una mujer aúlla con un niño muerto en brazos. La ciudad humea, se camina con cuidado para no pisar cadáveres, un maniquí cuelga de los cables del tranvía.

Desde las escalinatas de un templo hecho carbón, un Cristo desnudo mira al cielo con los brazos en cruz. Al pie de esa escalinata, un mendigo bebe y convida: la mitra de un obispo le tapa el rostro hasta los ojos y una cortina de terciopelo le envuelve el cuerpo pero se defiende del frío bebiendo coñac francés en cáliz de oro yen  copón de plata ofrece trago a los caminantes.

Bebiendo y convidando lo voltea una bala del ejército.

Suenan los  últimos tiros. Al cabo de tres días de venganza y  locura, el pueblo desarmado vuelve al humilladero de siempre. El general Marshal no tiene dudas. El bogotazo ha sido obra de Moscú. El gobierno rompe relaciones con la unión soviética.

Tampoco tiene dudas la clase dirigente: Para los próximos 16 años sólo gobernarán ellos. Ya saben lo peligroso que es dejar que alguien del pueblo gobierne y cualquiera que en el futuro recurra a las masas será sacrificado antes de lograr arraigo popular.

(Arturo Alape, El Bogotazo, Memorias del Olvido. Bogotá, Pluma, 1983)

 

EL PERIODISMO Y GAITÁN 

La prensa colombiana, siempre fue adversa a Jorge Eliécer Gaitán. El vicepresidente Eduardo Santos, llamado por el directorio liberal y un gran sector que exigía la renuncia de Mariano Ospina Pérez para que asumiera la presidencia, se negó y ofreció a gobierno una salida, si aceptaba incluir en su gabinete a dirigentes del partido.

Carlos Lleras Restrepo, Darío Echandía, Alberto Lleras, Roberto García Peña, director de El Tiempo y Luis Cano, de El Espectador, Belisario Betancur, director de El Siglo, entre otros, acudieron el 10 de abril y pactaron un nuevo gabinete del cual formarían parte 7 dirigentes liberales.

Directores de 44 periódicos firmaron un pacto para `morigerar las informaciones y evitar aquellas que puedan perjudicar el ejercicio gubernamental. Condenando la violencia del día anterior, terminaron condenado a los liberales de los pueblos y veredas.

Estos titulares se publicaron en la época:

HAY UN 99% DE PROBABILIDADES DE QUE EL ASESINO OBRARA BAJO LAS ÓRDENES DE LA ORGANIZACIÓN COMUNISTA, (El Tiempo)

SE  SABÍA EN LA HABANA LO QUE OCURRIRÍA EL 9 DE ABRIL (El Siglo)

UNA CONJURA INTERNACIONAL MONSTRUOSA (La República)

Gabriel Fonnegra en su investigación “la prensa en Colombia, señala que estos señorones” debieron recordar, en privado, la frase de Luis XIV cuando supo el deceso del Cardenal Mazarino: No hubiera sabido que hacer con él si no hubiese muerto”

En contradicción el III Congreso Nacional del Partido Comunista, llamado en esa época partido socialista democrático consagró en sus conclusiones: “Gaitán es la punta de lanza del fascismo”

Y en su periódico llamó a Gaitán: Mussolini de Panela

Solo el periódico Jornada se atrevió a titular:

El único delincuente del 9 de abril fue Laureano Gómez

La dirección liberal apoyaba a Gabriel Turbay y contaba con ganar las próximas elecciones y la prensa liberal abandonaba a los lectores, para seguir el camino señalado por los partidos.

Desde entonces los ciudadanos asesinados por “las fuerzas del orden” en pueblos, veredas y campiñas, comenzaron a llamarlos bandoleros, collarejos y  chulavitas. Ahora, sin importar que sean liberales o conservadores, que en su mayoría son solo sembradores de coca y amapolas, los llaman narcotraficantes.

Con el paso de los años, como les consta, en cada aniversario cada periódico se ha vuelto más gaitanista sin importar su tendencia política y el fenómeno del 10 de abril se explica porque, cuando se dieron cuenta que la pelea dejaba de ser entre liberales y conservadores, se unieron para repartirse el poder y evitar que otros se hicieran cargo.

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