Mar, 04/17/2018 - 14:41
Fotografía tomada de medium.com

El invierno de las instituciones

El historiador y autor del libro ‘Utopía para realistas’, Rutger Bregman, mencionó en una entrevista el año pasado que el trance existencial que padece el mundo se debe a una crisis de la imaginación. Debo señalar que estoy de acuerdo con ese diagnóstico. La visión de Rutger podrá sonar romántica y floja, pero el contexto de estas palabras surge de su conciso trabajo alrededor del capitalismo y los extremos políticos convencionales de vieja usanza. Bregman, sacude el polvo del espejo humano que ha sido la economía mundial y deja al descubierto que el resultado de ese péndulo político tradicional entre la izquierda y la derecha es una sensación de incertidumbre global, pues pareciera que, al menos la historia, no tiene a donde ir.

Es un hecho, hay una atmósfera de incertidumbre colectiva alrededor del mundo que está poniendo en peligro la vida de las instituciones, dado que existe una creciente desconfianza en la política y en la economía. El mundo nunca antes había experimentado estos niveles de apatía hacia todo lo que un día el Premio Nobel de economía, Douglass North, señaló como el camino correcto hacia el crecimiento económico, el cual consistía en confiarle la seguridad de nuestras almas a intermediarios tales como los gobiernos, los bancos y los seguros. En otras palabras, confiar en las instituciones.

Que las personas estén desconfiando más de las instituciones es una afirmación que incluye un hito como la democracia, pues la madre de todos los estados de derecho ha pasado de ser un ejercicio ciudadano a una mercadotecnia política manipulada vía redes sociales. Sumado a todo esto, existe una verdad que es todavía más incómoda, el mundo está experimentando un crecimiento económico asimétrico: entre más riqueza, más desigualdad social. En efecto, no podemos esconder el Cristo redentor con un dedo, entre un rendimiento económico asimétrico y el invierno de las instituciones, hay un hilo conductor que todos conocemos y condenamos abiertamente, se trata de la corrupción.

Es la corrupción la principal causa de desconfianza sobre los gobiernos, el desarrollo sustentable y las prácticas económicas ejercidas por las corporaciones. Al menos en nuestro país, una investigación realizada por el periódico  El Tiempo  demostró que se pierde anualmente una cifra escandalosa de 50 billones de pesos por culpa de la corrupción. Por lo que ‘el chistecito’ de actividades burocráticas conexas al robo de activos públicos como el clientelismo, los carteles y la mermelada nos está saliendo costosísimo. De hecho, trayendo a colación la famosa investigación econometrica de Mauro (1995), Colombia vive rota por su bajo índice de eficiencia burocrática (BE), un índice que tiene en cuenta factores que inciden en la economía de un Estado como la estabilidad política, el sistema legal, el poder judicial y el terrorismo. Acorde a lo anterior, la economía nacional aumenta o disminuye según lo haga el índice de eficiencia burocrática.

El penoso índice de eficiencia burocrática soportado por nuestra nación y demás países, se debe a personas que conocen a la perfección la lógica del negocio de las instituciones intermediarias para las que trabajan, dado que el poder económico o comercial se encuentra centralizado en estas instituciones. Esta centralización de poder es lo que ha provocado que los trabajadores, sin importar el cargo que ocupen, terminen siendo delincuentes de cuello blanco, pues es más fácil para ellos transgredir el sistema.

Ante la realidad de que las instituciones siempre serán imperfectas porque son controladas por la humanidad y que la corrupción no se cura con ciudadanas y ciudadanos más educados, el globo terráqueo necesita, a lo Rutger Bregman, aceptar que la vida es una incertidumbre permanente y creer en la imaginación de posibles soluciones para lograr consolidar nuevas utopías. Es por esta razón que la informática y las nuevas tecnologías —un campo considerado como la utopía alcanzada más improvisada de los últimos años— está buscando poner su talento de conquistar viejas necesidades a disposición de los gobiernos para echarles una mano con la corrupción. En efecto, como era de esperarse, lo ha conseguido la tecnología Blockchain (el mismo ledger usado para emitir y transferir Bitcoin). Esta ha sido catalogada como la posible salida que inyectará transparencia a las instituciones democráticas.

De hecho, la tecnología blockchain fue objeto de estudio en un reporte emitido el año pasado tras el foro global anti-corrupción celebrado por la Organización para la cooperación y el desarrollo económico (OCDE), en donde el organismo estudió con detenimiento todas las virtudes y todos los riesgos que dicha tecnología puede brindarle a los gobiernos.  

Blockchain es una tecnología cuya principal característica es la transparencia, dado que se trata de un libro digital que, a diferencia de las instituciones intermediarias que conocemos, es descentralizado. El contenido del libro son datos digitales que albergan información de todas las operaciones y transacciones realizadas, de ese modo, cada registro se entiende como un bloque. Cada bloque que se vaya formando va a contener la información del bloque anterior y así sucesivamente hasta formar una cadena de bloques, la cual se va adhiriendo a una base de datos permanente que puede ser vista a través de millones de computadoras. Ahora bien, cada cadena usa los más altos niveles de criptografía y cada bloque o cada nueva información, debe pasar por un proceso de verificación que no es más que un ‘protocolo de consenso’ configurado previamente, lo que indica que la tecnología blockchain es capaz de percibir cualquier irregularidad, una cualidad importante sobre todo para las cadenas de suministro en donde muchas veces el hilo de las transacciones se pierde, facilitando así las actividades delictivas.

Según Don Tapscott y Bettina Warbug, quienes han dedicado su vida a esta nueva etapa informática que va más allá de la Era de la información, sostienen que Blockchain es la nueva tecnología de impacto, pues cuando hablamos de activos que pueden ser transferidos y protegidos por medio de este libro digital, no sólo hablamos de dinero, también hablamos de acciones, bonos, puntos de fidelidad, propiedad intelectual, arte, votos, entre otros.

La tecnología blockchain, por ahora, está siendo aprobada por organizaciones comerciales de pequeña escala como consorcios, en el sector público esta tecnología también ha destacado en los sistemas de votación. Adicionalmente, la idea de hacer un seguimiento público del gasto estatal utilizando la tecnología blockchain también ha sido presentada en el estado de Vermont en los Estados Unidos a través de un documento, de la misma forma lo hizo el Estado de Delaware y también el entonces candidato a alcalde de Londres, George Galloway. Por supuesto que todavía falta mucho por estructurar y reafirmar, esta tecnología tiene riesgos que es mejor entrar a remediar antes de pasar a mercados más globales en el sector público.

Yo quiero creer, junto con Satoshi Nakamoto (quien quiera que sea), con Bregman, Tapscott y Warbug, que esta salida no muy convencional es posible, que un día Blockchain recibirá todo el apoyo y el consenso de distintos líderes y que recibirá además la infraestructura que tanto necesita para poder operar, para que, en sincronía con los sistemas legales y judiciales, la corrupción deje de ser la pandemia de nuestros bolsillos y la razón de ser del hambre y de la falta de oportunidades. Los nuevos avances tecnológicos siempre nos han enseñado que nuestro aporte más grande es imaginar que todo es posible.

Yo creo que el mundo se merece esta primavera tecnológica.

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