Lun, 05/24/2021 - 07:50
Foto: Daniel Muñoz - AFP

El palo no estaba para cucharas

Las letras rojas eran premonición de lo que sería nuestra dura realidad. Pintadas en mayúscula, en el estadio El Campin de Bogotá, se leía: «Si no hay paz no hay fútbol». En la foto, registrada por Daniel Muñoz, de la agencia AFP, se ve a un hombre que detrás del tapabocas parece joven. Usa una bandera de Colombia como capa y en sus manos lleva otra de gran tamaño. El grafiti fue pintado hace pocos días en medio de protestas frente al icónico escenario capitalino en las que exigían la cancelación de los partidos de la Copa América 2021, planeados para el mes de junio en nuestro país.

Aquella lapidaria frase se hizo realidad esta semana cuando la Conmebol anunció que Colombia ya no sería junto con Argentina sede del certamen deportivo, a pocos días del pitazo inicial. Asombrosamente el ministro del Deporte Ernesto Lucena y el presidente Iván Duque han buscado pasar desapercibidos frente al tema. Lo último que se supo del gobierno, días atrás, es que pediría a la Conmebol que se aplazara el torneo hasta noviembre, bajo el argumento de la pandemia. El propio Lucena dijo a medios de comunicación que «lo más importante en un evento de esta magnitud es el aforo de público», desconociendo por completo la grave crisis social del país y la inestabilidad del orden público por estos días. Pareciera que Duque y Lucena viven en otro mundo, donde los alrededores de los estadios no son epicentro de batallas campales, con disparos incluidos, como sucedió en el partido Junior – River, en el Metropolitano de Barranquilla, cuando se cumplía una fecha de la Copa Libertadores de América el pasado 12 de mayo. 

No era la primera vez que Colombia sería escenario del torneo de fútbol más importante del continente. La Copa América, de 2001, que se jugó en Colombia, fue cancelada por hechos que hicieron temblar a los dirigentes del balompié del continente, y revivida gracias al esfuerzo de los patrocinadores. La escalada de ataques terroristas, registrada previo al duelo futbolístico, así como los secuestros de la hija de Luis Carlos Villegas, entonces presidente de la Andi, y de Hernán Mejía Campuzano, vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, estuvieron a punto de mandar al traste la sede del torneo en nuestro país, que había sido designada mucho tiempo atrás.  

Es muy triste que la realidad del país, y de nosotros como sociedad, haya llegado a ser tan abrumadora que nos ha robado la ilusión en infinidad de ocasiones. Al terminar el mundial de España 82 se hizo famosa la frase de despedida en el mítico Santiago Bernabéu que rezaba: «Nos vemos en Colombia 86». Aquel sueño de regalarle a la humanidad el Mundial de Fútbol de 1986 jamás se hizo realidad, no solo por la falta de compromiso de los gobiernos de turno, sino porque el narcotráfico y las guerrillas se encontraban en pleno furor por aquella época. «El palo no está para cucharas» aseguró el entonces presidente Belisario Betancur. 

Mientras Sudáfrica logró superarse y dejar en el pasado la dolorosa historia de segregación y violencia racial del Apartheid, para dar paso a la hoy llamada Nación del Arco Iris, gracias a que Nelson Mandela hizo del Rugby el punto de encuentro entre blancos y negros, en Colombia no hemos podido unirnos alrededor de una pasión que nos enseñe que la copa de la paz la podemos construir entre todos para que bebamos de ella y alcancemos un futuro lleno de esplendor.  

Dos días atrás, el conocido cronista deportivo Antonio Casale le aseguró a Yezid Baquero, corresponsal de Univision, que «es una lástima que el fútbol quede en medio de ideologías, cuando no tendría que tener nada que ver»

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