Dom, 07/18/2021 - 08:57

Enterarnos de que somos humanos

Desde que sabemos que existe la muerte creemos que la vida tiene algún valor, y, para empeorar la situación, además, llegó el triste momento en que esta tuvo un precio, pero pocas cosas más erradas porque, como ya muchos lo saben, la vida es, en realidad, invaluable. Aunque haya quien pague para que la vida exista, se multiplique o se cree, o quien lo haga para que esta pase a un estado menos favorable o, por supuesto, termine para siempre. Sucede en todos los rincones del planeta que están poblados por nosotros, pero hay ciertos lugares en donde, como en todas y cada una de las caras del mundo, el dinero, o sea, la vida, vale más que en otras.
En el mundo del que hablo las cosas funcionan según los caprichos de los que tienen en sus cuentas bancarias más papel o, ya se sabe, en el espacio exterior, más propiedades adonde aterrizar sus aeronaves. Y funciona así porque el dinero, eso sí que no se sabe desde cuándo, vale más que la vida misma, por lo que no es poco común ver que quien tenga más dinero tendrá más vida o, en su defecto, mejor vida. Ese mundo, que es el mundo de todos, por democracia resulta entonces convertido en un caníbal que, por más razones y argumentos que reciba en su buzón, cada vez se inclina menos hacia el lado de la vida y, por tanto, se acerca más al del papel y el metal moneda. Y, para bien o para mal, eso tampoco lo sabremos en esta vida, nos correspondió, además, vivir en ese mundo antes, durante y después de la era biológica que todavía no terminamos de dejar entrar a nuestras vidas, y esto expande ese abismo que hay entre las dos orillas. Por eso es que la teoría del poeta aquel, que afirmó que a lo mejor llevamos alas en la espalda y que no lo sabemos, cada vez toma más vigencia y veracidad, porque nuestra vida es sobre aquel vacío, viendo las dos orillas y, queramos o no, acercándonos a cada una de las orillas en diferentes momentos de nuestra vida. Y es ahí, justo ahí a donde quería llegar, a ese punto intermedio, si se quiere, en donde está igual de lejos el mundo y la vida que somos adentro, y adonde llegan los vientos de la vida y de la muerte, porque creo, como el gran romántico que soy, aunque el ogro que me tocó representar no lo deje ver tan a menudo, que es en ese lugar en donde deberíamos estar todos lo que estamos vivos mientras estemos vivos.
 
Sí, como dice el niño aquel en su cartel hecho en cartón y acuarelas, si todos estamos juntos somos el mismo y somos gigantes, estoy de acuerdo. Así que si él, el niño del cartel, y ustedes, los que están acostados leyendo, los que ven pasar el mundo mientras fuman de pie o quienes me señalan desde la comodidad de su sofá, se siente un poco incómodos, a lo mejor lo sea porque hay otro que por fin pudo dejar de estarlo. Es más fácil no incomodar a los otros con nuestro ruido que incomodarlos con nuestra comodidad, pero cada quién es dueño de su espacio, así que, con permiso de ustedes, me quedaré quieto un buen tiempo, mientras ustedes se mueven.
 

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