Dom, 08/04/2019 - 08:57
Foto: Video de Crimen, Gustavo Cerati.

Escribí para no matar

La primera vez que pensé en asesinar a alguien tenía 16 años. Imaginé la escena, ahondé en los detalles: en el peso de revólver, en la figura de rodillas, en el auto encendido, en el sonido del tren ahogando el ruido del disparo, en el discurso, siempre en el discurso. El discurso era todo.

Lo escribí y lo ensayé frente al espejo del baño y frente a todos los espejos que pude. Lo hice mirándome a los ojos, para convencerme de que lo haría y lo hice fingiendo que tenía un revólver en mi mano, ensayando mis movimientos, los pasos que daría, la posición de mi cuerpo al momento del disparo. Cargué con ese muerto imaginario mucho tiempo y en últimas me quedé con el discurso. Sí: el discurso era todo. De nada servía matar a alguien, me parecía a mí, si no había un buen discurso. Sería un asesinato sin belleza. Y ese primer discurso se volvió muchos otros discursos previos a ejecuciones a sangre fría. Los escribí todos y comencé a escribirme ejecutando muertes y diciendo de memoria discursos con elocuencia y frialdad. Cuando escribía nadie hablaba. Era yo solo contra el mundo. Escribí para mentirme, para convencerme de que sobre el papel era capaz de hacer lo impensable y en últimas, escribí para no matar. Luego los discursos se volvieron poemas y canciones, y dejé de escribirme a mí recitando discursos de muerte para escribir sobre revoluciones, sobre poetas suicidas, sobre pintores proscritos, sobre fantasmas sin rumbo y mentí para ser un poco cada personaje, dejé de ser yo para vivir bajo otras pieles y verlo todo con otros ojos, y esos otros eran yo: todos los “yo” que quería ser, todos los “yo” que no podía ser.

Luego tuve temor de escribir y arranqué o taché páginas enteras y deseché historias y me olvidé de personajes. Y desde entonces he pasado noches buscando una palabra, he pasado semanas enteras escribiendo un párrafo y he tardado años en escribir historias, porque he mentido, he negado mi propia pequeñez acudiendo a la convicción de que tengo una obra que escribir y que esa obra es mi lucha. Por eso cuando escribo estoy en estado de lucha, por eso mis poemas, si es que acaso son poemas, son piedras para librarme de lo establecido, incluso los que no parecen serlo. Porque creo que se escribe para ser más como nosotros mismos y que con cada palabra nos volvemos una obra. Escribo para ser mis palabras.

Y miento para escribir, porque solo mintiendo soy capaz de matar o de ser poeta o pintor o un reportero que investigue asesinatos, o un niño que habla con fantasmas, o un hombre que se enamora de una mujer sin tocarla o cualquier cosa. Solo mintiendo con las palabras que escribo puedo ser los otros que quise y quiero ser y solo escribiendo me libero, aunque sea por un instante, de lo impuesto, de lo que está allá afuera gobernando el mundo.

 

Añadir nuevo comentario