Sáb, 03/11/2017 - 10:18

¡Eso es una estupidez!

Estupideces decimos todos en alguna ocasión, hasta el más erudito. En cualquier momento aparece el error de juicio y soltamos una insensatez tan grande como una catedral.

A pesar de ello, no por eso se puede decir que quien la dijo es una persona estúpida. Una cosa es lo que se hace y otra lo que se es.

Esta confusión de identificarse con lo que se hace aparece mucho respecto de la profesión u oficio, y aunque para la mayoría de la gente eso no tiene complicación alguna (tanto es así que lo confunde continuamente), es importante hacer la precisión. Es corriente decir “él es profesor”, “ella es arquitecta”, etc., y todos vamos muy cómodos con ese uso del lenguaje, pero eso crea complicaciones que aparecen en situaciones como la que hoy estamos comentando.

La primera consecuencia apreciable de esta confusión es que las relaciones no se establecen entre PERSONAS sino entre PERSONAJES. Visto así, todos los profesores son iguales, todos los policías son lo mismo, etc., es decir, no se necesita tomarse un tiempo para conocer a alguien, sino que basta con saber su oficio para aplicarle las cualidades y defectos que ya tenemos predefinidas para esa ocupación.

Entonces, si nos presentan a alguien y nos dicen que es un Concejal, salta inmediatamente el esquema mental: “Un pícaro”; si dicen que es el Alcalde: “Un ladrón”; si dicen que es Abogado: “Un tramposo”; y así sucesivamente. Y a pesar de que hay políticos que no son pícaros, alcaldes que no son ladrones, abogados honestos, etc., queda muy cuesta arriba y se necesita mucho tiempo para quitarle, a una persona en particular, las etiquetas que tenemos definidas para cada ocupación, es decir, se requiere que lleguemos a conocer realmente a la PERSONA para que le quitemos el ropaje del PERSONAJE que le habíamos puesto y que no le queda. Es un vicio del pensamiento que nace justamente de confundir lo que se HACE con lo que se ES.

Otra confusión semejante proviene de identificar a las personas con el lugar de nacimiento. Si es paisa, es un avivato; si es pastuso, es bruto; si es santandereano, es de mal genio; si es costeño, es flojo y parrandero; si es huilense, es perezoso... Por esto, y por otras razones más difíciles de explicar, siempre que me preguntan de dónde soy, respondo “de aquí”, y cada quien me asigna identidad con el lugar donde estamos hablando.

¿De dónde nace esta costumbre? De la economía en el procesamiento mental que se aplica naturalmente para poder manejar la inmensa cantidad de información que recibimos a cada instante. La mente simplifica el reconocimiento de algo asimilándolo a otra cosa ya conocida, con lo cual no necesita distinguir todos los detalles de cada cosa para identificarla después, sino que la incluye en un conjunto que le sirve de referencia y solo conserva algún detalle particular para distinguir un elemento de ese conjunto entre todos los que lo conforman.

Esta economía tiene muchas y grandes ventajas (de hecho, no podríamos funcionar si tuviéramos que procesar todos los detalles de cada cosa), pero genera también algunas complicaciones que es necesario atender para no engañarnos. Por eso estamos precisando ahora este aspecto diferenciador entre lo que se HACE y lo que se ES.

Ocurre que, como tenemos este hábito de pensamiento generalizador que puede llevar a engaño, cuando decimos alguna estupidez (una verdadera estupidez), si alguien nos expresa de golpe, sin anestesia, “¡Eso es una estupidez!”, el efecto que producen en nosotros esas cuatro palabras no es el de movernos a revisar la lógica de lo que dijimos para descubrir su error, sino que nos sentimos ofendidos y se disparan mecanismos de defensa porque “me dijo estúpido”. Y NO, NO NOS DIJO ESTÚPIDOS, dijo que lo que dijimos (lo que hicimos) es una estupidez, no habló de nosotros, no hizo un juicio de valor personal. Pero confundimos una cosa con otra.

No importa si la palabra usada fue “estupidez”, “tontería”, “pendejada”, o la que quiera, el caso es que ese adjetivo dispara la confrontación verbal, genera heridas emocionales, produce distanciamientos y hasta termina amistades, según sea el grado de sensibilidad de las personas involucradas. Y lo más gracioso del caso es que otras personas comentarán, al conocer por qué se acabó esa relación, “¿y terminaron por esa pendejada...?”. Pues sí, pero para alguna de ellas, o para las dos, no era una pendejada.

Así que necesitamos, con urgencia, adoptar dos hábitos de pensamiento para afrontar este tipo de situaciones:

1 —Cuando alguien diga una estupidez, no se lo diremos directamente, sino que le haremos algunas preguntas aclaratorias que le ayuden a descubrir el error cometido, y debemos hacerlo con delicada consideración, como quien le ayuda a darse vuelta en la cama a un herido con quemaduras de tercer grado.

2 —Cuando alguien nos diga que lo que dijimos o hicimos es una estupidez, lo asumiremos como un llamado de atención para que revisemos lo dicho o actuado, y no sacaremos la errónea conclusión de que nos dijo estúpidos, es decir, haremos distinción clara entre lo dicho y quien lo dijo, entre nuestra actuación y nosotros mismos. Asumido así, no nos enojaremos y no iniciaremos una confrontación; por el contrario, agradeceremos que nos lo haga notar y entenderemos que la persona no tiene la prudencia suficiente para decirlo en forma considerada, pero eso es otro asunto.

Verificamos una vez más, como tantas anteriores, que los problemas de relaciones los genera el Ego (que en realidad es muy estúpido, pero no se lo digamos :) ) y que la solución a todos esos problemas está en nuestras manos; no necesitamos esperar a que la otra persona cambie, haga consciencia o cualquiera otra expectativa, sino que podemos irlos solucionando con acciones nuestras que enriquecen la vida de todos en nuestro entorno. Quedarnos esperando a que todo el mundo cambie para poder ser felices, ES UNA ESTUPIDEZ. ;)

Namasté.

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