Lun, 06/19/2023 - 11:56
Arepa, la editora de Juliana Uribe Vélez. Archivo particular

Esto no es una columna

Nota: Este texto habla de vómito en más de una ocasión.

Odio escribir por encargo, por eso llevo casi dos años escribiendo un libro, y por más que tenga una lista de ideas para las columnas, nunca logro la periodicidad que quisiera. Siento dolor físico que comienza en la boca del estómago y me recorre hasta chuzarme en lo más profundo de la espalda. Es un dolor que me llena de angustia y bloquea todas mis ideas.

Una amiga me explicaba que eso se llama patología o trastorno de evitación de la demanda, un rasgo común entre personas autistas, pero yo, además, le echo la culpa de todo esto al trauma cultivado durante años en el que me dediqué a evitar escribir porque no era buena, no tenía nada que decir, porque “eso no sirve para nada” y nadie va a leerme, porque se van a reir de mi y nadie quiere o respeta a una persona que pierde el tiempo pretendiendo ser artista.

Voy a cumplir 36 años y mi mayor miedo sigue siendo ser vista como una tonta.

Esta sensación también es producto de la falta de referentes. Todos los escritores y periodistas que leí de joven eran hombres con los que nunca me identifiqué, a los que debía admirar pero nunca imitar, por lo que al final quedaba en un rincón forzada a abrazar la idea de que lo mejor era ser musa que no ser nadie, y yo prefiero ser nadie a una muñeca sin voz.

También odio que me lean, cada que alguien dice que me lee, incluso ahora que me dio por tener una columna, quiero vomitar, y cuando me comentan, me quiero morir. Pasé seis meses en una sala de redacción con ganas de vomitar -y muchas veces vomitando- de 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Trece años después le tengo una respuesta a mi jefe cuando preguntaba qué tanto hacía yo en el baño.

Claramente, todos estos temores se confirman cada que alguien viene con sus “criticas constructivas”, diciéndo que debo dejar de escribir sobre mí misma, mientras los ves lamiéndole el culo a escritores abusadores y escritoras transfóbicas.

Primero: el año pasado, Annie Ernaux ganó el Nobel de Literatura por escribir sobre ella misma. Segundo: tenemos que dejar de proyectar nuestras frustraciones y exigencias en los demás. Busquen un hobbie que no implique la castración creativa propia o de las personas que les rodean.

A pesar de todo, yo escribo todo el tiempo, solo que muy poco dentro de la rutina clásica del escritorio, el teclado y música instrumental de fondo. Escribo desde que aprendí, lo hago en servilletas, facturas, las partes en blanco de los libros; me dejo notas de voz mientras camino, y el bloc de notas de mi celular está lleno de entradas con el que se podría armar un libro; el momento en que más escribo es justo cuando voy a cumplir años, cosa que pasará en unos 15 días. Por lo que, si llegaron hasta acá, vengo a proponerles un ejercicio de choque.

Se ha vuelto una tradición-ritual escribir un diario durante el mes previo a mi cumpleaños. Lo que hago normalmente es que luego de leerlo, el 4 de julio, lo borro todo. Amo borrar, es como lavarse los dientes luego de vomitar. La amiga que me enseña sobre neurodivergencia diría aquí que esto también es masking. Necesito que no quede rastro de ese acto osado en el que escribo, que quizas lo hago bien. Borrarlo todo me libera de mi secreto. No quiero que nadie se entere que me estoy gastando las palabras del mundo en “esas bobadas de niña ilusa”, es mejor que no se enteren que he ignorado todas esas “criticas constructivas” que nunca les pedí.

Últimamente dejo algunos pedazos para acompañar fotos en redes sociales, pero los daño a propósito para que no se vea que realmente estoy escribiendo, es mejor que parezca que es parte del juego de lo virtual de la pose. Estoy segura de que saben de qué hablo. Soy muy buena haciéndome la superficial.

Pero estoy harta, especialmente ahora que los medios reproducen fake news; donde un hombre cree que puede grabarse leyéndose a sí mismo usando metáforas rebuscadas y revictimizando a unos niños que acaban de salir de un evento verdaderamente traumático; cuando los hombres le explican a las escritoras lo que ellas quisieron decir en sus libros y les dicen que no escriban más sobre la menopausia, la menstruación o la maternidad; donde en cada charla a la que asisto siempre hay un tipo con “más que una pregunta tengo una opinión”.

¿Por qué yo debo seguir haciéndome pequeña cuando a la gente mediocre no le da pena serlo en voz alta y a plena luz del día?

Así que voy a hacer público mi diario de cumpleaños, para que me lean si quieren, para que me escriban si se les antoja, para que me ignoren, para que en este mar de cosas que es la internet, este la mia flotando entre ceros y unos. Tal vez, si aprendo a ver esto como algo común, pueda un día dejar de sentir náuseas, quizás un día pueda mirar a los ojos a quien me lee y no sienta que me hace un favor por pesar al darme un poco de su tiempo e interés.

Aquí va.

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