Lun, 01/30/2017 - 11:25

Eternamente Libre

Elkin Ramírez fue, quizás, el representante más obstinado del rock colombiano. Su tenacidad lo llevó a reponerse a los tentáculos de una industria adversa que siempre puso su atención en otros sonidos.

Tenía que ocurrir algo -algo extraordinario, es más: algo extraordinariamente triste- para sacarnos del letargo de ese domingo tan domingo, de ese día tan parecido a los otros. Tenía la vida (o el Universo, a los dioses en su conjunto, o los titanes olvidados) que asestarnos un golpe tremendo para arrebatarnos de la quietud, del sopor de esos días en los que no pasa nada a excepción del ritmo natural del mundo que marcha sin reversa hacia un lugar incierto que se parece demasiado al final de los tiempos. Y entonces vino el golpe, en los titulares de prensa, en los de televisión, en los de radio: ese domingo murió Elkin Ramírez, vocalista y líder de Kraken. El Titán. La leyenda.

Sí: murió el Titán. Una vez cada tanto la vida echa a andar sus métodos silenciosos para recordarnos su propia fragilidad, su condición efímera, casi etérea, y para recordarnos, claro, lo inevitable de la muerte.

Uno tiende a creer que esos talentos extraordinarios que se funden con la leyenda y se hacen inmensos e inalcanzables son invulnerables, casi divinos, que junto con su virtud magnífica les fue proferida también la inmortalidad que los hará trascender el tiempo con la fuerza de los dioses antiguos que hoy duermen, pero que aún existen, para brillar eternamente como las estrellas del cielo y los planetas del Universo. Pero no: la muerte es infalible y de repente lo pone a uno a imaginarse cómo será vivir en un mundo sin leyendas. Con Elkin continúa su tránsito imparable hacia la muerte nuestra generación y nos vamos quedando adorando héroes muertos, héroes de otro tiempo.

Elkin Ramírez fue, quizás, el representante más obstinado del rock colombiano. Su tenacidad lo llevó a reponerse a los tentáculos de una industria adversa que siempre puso su atención en otros sonidos. Lo pensaba hace unos días, cuando los titulares de prensa hablaban de sus quebrantos de salud: no le hemos agradecido lo suficiente a Elkin Ramírez todo lo que ha hecho por el rock nacional, no hemos valorado lo suficiente su capacidad creadora ni reconocido a ese magnífico compositor. Kraken es una institución con un poder creador abrumador, generaciones enteras de músicos se formaron allí, en sus sonidos, en su influencia, cientos -quizás miles- siguieron la senda del Titán, maravillados por su inmensidad, por su poderío, por su grandeza. Las leyendas suelen marcar los pasos del futuro.

Elkin se repuso a todo con grandeza, su nombre y el de Kraken se hicieron uno solo: fueron, juntos, Elkin y Kraken, un Titán fundador que trascendió todas las fronteras musicales. Es imposible narrar la historia del rock de Colombia sin hablar de Kraken y de su influencia innegable en todos los géneros: desde el heavy metal hasta el punk, las notas de Kraken inspiraron a miles y están metidas ahí, en el alma de ese rocanrol que se hace acá en esta latitud tan compleja, tan densa, tan diversa y a menudo tan absurda.

Claro, Elkin no se inventó el rock en Colombia, pero le dio vida a Kraken y con eso hizo suficiente. Creó algo tan grande que ni siquiera cabe en un cuerpo, algo que acabó por sobrepasarlo y por elevarlo al cielo donde vuelan las aves negras.

Entonces uno termina de comprenderlo: la inmortalidad de Elkin radica en ello, en lo inabarcable de su legado, en todas las voces en las que influyó. Justo en este momento, mientras escribo esto, escucho su música, escucho su voz. Pienso que el Titán fue guardando un poquito de su alma en cada canción para morir libre, para no ser la presa de otros sueños sino amo de los suyos porque sabía que en esta vida se iba una sola vez para ser libre. Eternamente libre.

Se fue Elkin, se fue el Titán. O quizás no, quizá se queda para siempre, quizá su voz sobrevive como una esfinge.

Mentiras, su voz, aún no ha muerto. Solo ha tomado un nuevo aliento.

@acastanedamunoz

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