Dom, 10/17/2021 - 10:23

Gracias a la ciencia somos lo que no somos

Lo último que me esperaba, luego de las cinco llamadas falsas que me hicieron para decirme que el ganador del nuevo Nobel de Literatura era yo y no alguien que de verdad se lo merecía, o por lo menos alguien que tuviera una carrera decente y, que por su permanencia en este mundo, y en las tripas de sus lectores, lo acreditara, era que me llamaran de uno de los laboratorios encargados de las vacunas, esas que, a su ritmo y capacidad, nos ha ido dando lo que teníamos antes de la pandemia y lo que tendremos, si todo sale bien, después, para decirme que, tras un análisis detallado de mi prueba sanguínea anual, de rigor médico y no literario, debía acompañarlos a sus instalaciones, ubicadas quién sabe dónde y, lo más importante, para quién sabe qué.

A mi obvia negativa, ya cuando, a los pocos minutos llegaron a tocar a mi puerta cinco personas, cada una del tamaño de un basquetbolista, y envueltos en trajes espaciales, como si yo los fuera a contagiar de literatura, la enfrentó una orden judicial que, vaya a saber el diablo de los documentos, si era real o no, en la que se me ordenaba acompañar a los científicos adonde ellos así lo consideraran seguro.

No sé si aquellas personas encerradas en esos trajes están allá todavía, porque, luego de asentir con la nobleza que me caracteriza cuando miento, y de que les pidiera un momento para ordenar unas cosas antes de acompañarlos a donde necesitaran que fuera, y de salir por la puerta trasera con lo que llevaba encima, me dirigí hacia acá sin mirar atrás mientras, en el camino, avisé a mis familiares, por si luego los iban a intimidar o, seamos más papistas que le Papa y creamos que eso no había sucedido ya, a invitarlos a que obedecieran lo que decía un papel, sin saber siquiera si era un papel de verdad y no una invención sintética. Pero, y esto lo digo en mi defensa genuina, tampoco sé si están acá, ya sin sus disfraces, camuflados entre los espectadores, a la espera de que yo termine de decir lo que vine a contar, así como no sé si es que los que escribimos el mundo sin obedecer a nadie tenemos más suerte que los científicos que tienen que obedecer hasta lo que dice un papel adherido por error a una superficie cualquiera. Lo que sí sé es que ellos son menos iluminados por los faros que nos bañan a nosotros con infinitas ideas, aunque no lo sepamos por momentos, pero de eso que hablen los que hacen literatura en las leyes y en los titulares de las noticias, porque nosotros, los que hacemos literatura en la literatura, tenemos cada vez más suerte y cada vez menos recompensas por hacer nuestro trabajo.

 Y sí, estamos de acuerdo, señora, aunque usted tiene más razón que yo, por obvias razones, pero ese no es el tema. Decía que estamos de acuerdo, señora, porque yo tampoco me esperaba que, luego de las llamadas falsas, la llamada del laboratorio y todo lo que esto traería a mi vida y a mis libros, y justo antes de entrar a este recinto a parlotear, el mismísimo autor ganador del Nobel de Literatura se comunicara conmigo para decirme, en su lengua madre, o, quizá, en una de la que ni noticias tengo, que, supongo, porque no le entendí ni una letra, hubiera preferido ser un ratón de laboratorio que lo que era ahora: la prueba inequívoca de que la literatura sirve para todo, pero no sirve igual de bien.

 

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