Mié, 05/26/2021 - 10:25
Foto: Maria Larsson - Freeimages.com

Hace un año

Un año nos separa de un mundo confinado que creía que comenzaba a ver la luz. El encierro nos llenaba la boca con aspiraciones a mundos mejores. Solía decirse/leerse:
  • Saldremos mejores de todo esto.

  • Cambiaremos para bien

  • El virus nos hara mejores personas

  • Ahora sabemos valorar lo realmente importante

Y un largo etcétera que sabía que no iba a llegar a nada, empiezo a cansarme de ser una Casandra de turno. No, rectifico… estoy agotada de serlo.

Ha pasado el tiempo y lo único que nos ha salvado ha sido la ciencia. La bondad humana puede contarse como gotas de agua en un gran charco de aceite. Pese a que ya advertí que esas promesas no iban a cumplirse, se me rompe el corazón al ver que la maldad y la estupidez humana se propagan cuando aún no hemos salido del grave problema del virus.

No solamente no aprendemos nada, también somos capaces de acostumbrarnos tanto a los muertos y enfermos que pasamos sobre los datos como si se tratara de una lista de la compra olvidada en algún lugar.

La situación en Colombia, la lucha fronteriza entre Marruecos y España (donde se usa a los pobres inmigrantes como carne de cañón), la casi preguerra de Israel contra el pueblo palestino, por enumerar solo unas pocas, nos demuestran que no somos capaces de ser mejores, incluso en situaciones tan urgentes como las actuales.

Nuevamente me encuentro sentada, leyendo las noticias que me hacen avergonzarme de la especie humana. Seguimos sin entender qué cosas son realmente importantes. Al igual burros que tropiezan y clavan la piedra, nos movemos como si la humanidad nunca terminara de salir de una eterna adolescencia perturbadoramente larga. No hemos salido mejores de todo eso. Hemos cambiado para mal. El virus ha demostrado cómo podemos ser peores personas. Seguimos sin valorar lo realmente importante.

La insensatez está en todas partes, el egoísmo nos devora y los gobiernos continúan tratando a los ciudadanos como objetos y números que ni sienten ni padecen.

Necesitamos una revolución, una que esté por encima de modas, gobiernos y redes sociales. Una revuelta capaz de extirpar esa podredumbre que no nos deja ser la humanidad que deberíamos ser.

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