Lun, 06/03/2019 - 08:54
Imagen: La sociedad de los poetas muertos (Peter Weir, 1989)

Hacer arte como nunca

Ser de esos músicos que hacen canciones que duelen en los huesos, que calan hondo como puñales, y no canciones para sonar en los tops 10 de la semana de las emisoras que deciden por todos lo que debemos y no debemos escuchar.  

Eso quiero. Ser de esos músicos que hacen música sin pensar en los listados y que hacen sus canciones sin tener compositores ni sonidistas detrás de ellas y que organizan sus funciones sin managers ni empresarios ni asistentes de tarima ni jefes de prensa. Ser de esos músicos que lo sacrifican todo por una nota y que andan siempre con una canción por hacer porque saben que la música habla de más, de mucho más, que de los dos o tres temas que el sistema dice que debe hablar la música. 

O ser un escritor que tenga siempre la angustia de la historia por escribir y que escriba sin pensar en los rankings de más vendidos, que escriba sin pensar en las historias que venden, en lo que le gusta al gran mercado editorial o en lo que se está imponiendo en cualquier parte. Ser un escritor que escriba sin pensar en que su novela va a estar en las estanterías de los supermercados junto con las revistas de farándula y los libros de dietas y horóscopos. Ser un escritor que no atienda a lo que se está vendiendo, sino a esa sensación primigenia con la que se escribe: escribir para sacarse de adentro el dolor y la rabia y el amor y el desasosiego y volverlo todo una obra. Ser quien escribe para explicarse y para formularse preguntas y para definirse; ser quien escribe sabiendo que al hacerlo, se deja de ser lo que el sistema dice que debemos ser para ser lo que somos, lo que queremos ser. Quiero escribir con la convicción de que escribir es resistir y que escribiendo se le pone zancadilla a los manuales y nos volvemos más libres, más humanos.

Quiero ser un músico o un escritor y podría querer ser artista, pintor o escultor o cualquier cosa que me permita estar al margen de lo impuesto, sobre todo ahora que lo impuesto es volver a los muros, a los pelotones de fusilamiento, al conteo de cuerpos. Hacer arte como nunca para jugar a lo imposible una y otra vez y, haciendo arte, ser eso, lo imposible.

Hacer arte como nunca para ser la resistencia y con ese hacer, oponerse y burlarse de todos aquellos que quieren manejar sus pequeños mundos desde sus pedestales, señalando con sus dedos y ordenando. Hacer arte como nunca porque nada que valga la pena se ha gestado jamás en una oficina ni en reuniones de militares o ministros o funcionarios y porque esas reuniones tratan sobre todo lo posible: de todas las formas posibles de explotar y de silenciar y de matar y de hacer olvidar y de imponer y porque el arte trata sobre todo lo contrario: sobre la imperfección, sobre el oponerse, sobre el estar al margen, y en fin, sobre la lucha. Eso quiero: vivir en estado de lucha para vivir creando. Hacer arte como nunca, ahora que el arte pasó de moda, ahora que lo que importa es lo que llaman emprendimiento, que no es otra cosa que someter las obras a sus reglas, a su revisión, a su escrutinio y aprobación para competir en su mercado.

Hacer arte como nunca y saber que crear es lo opuesto a consumir y por eso mismo, escribir y componer y crear con la convicción de que si el arte no es revolucionario, de que si el arte no sacude y lanza piedras, no es arte, sino un instrumento de consumo.                                                     

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