Sáb, 06/24/2017 - 11:34

¿Hay alguien ahí?

¿Cómo se siente usted cuando le habla a una persona y ésta no le responde? ¿Qué sentimiento va acumulando cuando esa situación se vuelve repetitiva, cuando esa persona nunca (o casi nunca) le responde?  

 

Somos gregarios por naturaleza, dicen los etólogos. Necesitamos interactuar con otras personas, comunicarnos, expresarnos, contar lo que sabemos o lo que nos genera interrogantes. Es una necesidad básica, como comer y dormir; por eso resulta tan cruel una prisión en aislamiento total, encalabozado.

El chisme es apenas una satisfacción pobre de esta necesidad de comunicarnos. A falta de contenido más importante para compartir, de información valiosa y productiva, las personas que poco investigan sobre las cosas o las ideas satisfacen su necesidad de intercambiar conocimientos con lo único que tienen: Datos de la vida de las demás personas.

Si a esas personas se las motiva adecuadamente para que aprendan suficiente sobre algún campo del conocimiento, podrán reemplazar su interés por la vida de los demás con un estudio cada vez más profundo de ese campo de interés nuevo, y sus conversaciones versarán ahora sobre ese nuevo y apasionante saber. Pero muchas personas no tienen suficientes oportunidades para superar ese nivel de conocimiento básico, y se quedan toda la vida en el chismorreo sobre lo que hacen sus vecinos.

La soledad resulta insoportable para la mayoría de las personas. Después de un par de días sin con quién hablar, empieza la gente a sentir un desasosiego permanente, una necesidad de salirse de sí misma y volcarse sobre otra persona. El diálogo interno que le trae recuerdos, preguntas, expectativas, va cogiendo vuelo cada vez mayor y puede volverse aturdidor en su mente, y la válvula de escape, de despresurización, es hablar con otra persona. En esa situación de desesperante necesidad de comunicación se está dispuesto a hablar con quien primero aparezca; casi que se agradece su presencia.

Cuando esa necesidad de comunicación está suficientemente satisfecha, la persona pasa a ser más selectiva. Si puede escoger entre un surtido amplio de interlocutores con permanente disponibilidad, la persona empieza a distinguir grupos: algunos con quienes solo se intercambia el saludo y algún comentario sobre el clima o la noticia del día, otros con quienes se comparte un poco más, hasta el amigo-hermano con quien se comparten las cuitas del alma.

Ahora bien, ¿qué calidad de interlocutores tiene usted para satisfacer su necesidad de comunicación? ¿Tiene un amigo del alma con quien puede hablar con total libertad? ¿O solo tiene relacionados con quienes se hablan trivialidades, compañeros de estudio o trabajo con quienes se habla de la actividad común, vecinos con quienes se cruza el saludo al salir de o llegar a casa? Más importante aún, ¿en su familia tiene con quién hablar verdaderamente? ¿Puede hablar íntimamente con su pareja, puede expresarle su sentir profundo?

La mayoría de la gente no tiene con quién hablar de veras, con quién expresar libremente lo que en realidad siente, sus miedos, sus angustias, su soledad, su desubique en la vida, su falta de confianza en sí misma, su hambre de un amor que la satisfaga totalmente, de un amor que la haga sentir con derecho a existir… la mayoría de la gente no tiene un amigo de verdad… la mayoría de la gente vive sola, aunque esté permanentemente rodeada de otras personas.

Alguien dijo que hay algo peor que estar solo: Estar con otra persona que te hace sentir que estás solo.

Quizá por eso tienen tanto éxito las redes sociales, porque nos dan la apariencia de que tenemos amigos, gente con quién hablar, posibilidad de expresar nuestro sentir casi que impunemente… aunque al final del día, después de haber estado por horas leyendo y enviando mensajes, uno sienta que no dijo nada de lo que realmente quisiera decir, que nadie lo escuchó verdaderamente, que nadie respondió en forma personal a las opiniones que uno expresó… aunque al final de cada día uno siga sintiendo que está solo, desoladoramente solo, perdidamente solo…

He conocido personas que tuvieron un o una amante porque con esa persona podían hablar, algo que no podían hacer con su cónyuge… No era porque gozaran de mejor sexo, o porque quisieran más al amante que al cónyuge, o por cualquiera otra de esas cosas que aparecen como motivaciones normales para la infidelidad… No, era porque con el amante podían conversar amplia, divertida, libre e íntimamente… En esas circunstancias el sexo adquiría otra dimensión, más profundamente sentida (aunque no fuera más apasionada u orgástica), más significativa, más propia…

Comunicarse de verdad con otra persona adquiere más importancia cada día, conforme uno va acumulando edad. El sexo tiene su momento de importancia, pero va perdiendo su preeminencia con el paso de los años. Por el contrario, poder hablar de corazón a corazón con la pareja va adquiriendo más y más importancia cada día. Es importante cultivar este arte de la buena conversación con su pareja, y es muy importante construir una relación verdaderamente íntima, de total confianza y libertad para comunicarse con el otro, sin miedo a que le censuren o se aprovechen de lo que exprese. Así se vive una libertad entre dos.

¡Namasté!

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