Dom, 11/28/2021 - 08:43

Hay días en que es mejor no salir del espejo

Los azares del mundo son tantos y tan impredecibles que, sin necesidad de salir de mi casa, y ni siquiera de estar haciendo algo específico, o algo diferente a leer tumbado en mi sofá, sin saber exactamente cómo, perdí mi documento de identidad anoche y, gracias a eso, y a que las personas que suelen solicitarlo están equivocadas en sus motivos y no en sus procedimientos, y yo siempre quiero evitar llegar a esa coyuntura a debatir sin necesidad, tuve que vivir varias vidas, a la velocidad de la luz, para poder llegar a este lugar a trabajar con la palabra, a hacer lo que estoy haciendo hace más de cien palabras.

Pero cuando digo varias vidas quiero decir que tuve que realizar distintos trámites, porque, que valga la queja ahora mismo, aunque nunca, soy de un lugar en el que, palabras más, palabras menos, vivir, y no morirse a destiempo, es un trámite más, el peor de todos, y, cuando digo a la velocidad de la luz digo cumplir los horarios asignados, sobraría decir que por alguien que jamás hizo un diligencia o estuvo en una fila el tiempo suficiente para que un desconocido dejara de serlo, para que yo, luego de certificarlo, en un papel infértil, volviera a ser yo.

Pero todo eso, la suerte, el azar, las desdichas, la mala fortuna, las casualidades y hasta el estado de ánimo de quienes intervinieron en el hecho, no fue lo que vino a existir en mis palabras ni, por tanto, en sus oídos, sino algo casi sin importancia, y hasta casi invisible, algo que, de no ser porque me dedico a escribir el mundo, es decir, a leerlo todo el tiempo, no hubiera sido notado, al menos como lo fue. El funcionario del otro lado de la ventanilla, identificado con una placa en su pecho, en donde se leía su nombre y su apellido, era, por no decir igual, casi yo mismo, con lo asimétrico, lo bastante, lo corto y lo torcido, tenía todo lo que yo tengo y, por supuesto, le faltaba lo mismo, menos su documento de identidad.

Que por qué tuve que hacer todo lo que hice para llegar acá, si todos los presentes saben quién soy y no necesito identificarme, se pregunta ahora mismo usted, respetado espectador que, semana a semana, como si se tratara de una especie de rito religioso obligatorio, sale de su casa, toma el medio de transporte de su preferencia, demuestra en la entrada del lugar que usted pagó por el derecho a entrar y viene a oírme decir, al menos, quinientas palabras en muy pocas frases. Pues porque todas, hasta la más conocida de las personas más conocidas del mundo, son desconocidas para alguien, que suele ser, justo, porque el universo sí que es justo, esa persona que, de no corroborarlo, jamás nos dejará llegar al lugar donde todos nos conocen, adonde vamos a ser nosotros.

Y que por qué no enloquecí con lo del funcionario que era una copia mejorada de mí, si se supone que somos únicos y nadie en este mundo es exactamente igual a lo que somos, se pregunta usted, señora que es la primera vez que me ve y me oye, mientras toma nota para ir a contarle esto a sus hijos tan pronto terminemos y salgamos libres. Pues porque en todos los lugares a los que fuimos y vamos e iremos hay alguien que es igual a nosotros, pero no miramos el tiempo suficiente para comprobar, sin lugar a duda, que esa persona somos nosotros mismos y que nosotros, sí, nosotros, somos el otro.

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