Sáb, 05/20/2017 - 09:09

La “Conversación” que no quiero tener

“¡Oiga, ¿es que se volvió loco?!”, era la pregunta que le hacían a uno cuando lo encontraban hablando mientras iba solo por la calle. Los locos que conocimos cuando éramos niños andaban hablando, gesticulando, riendo, y hasta se respondían a sí mismos, y su discurso saltaba de un asunto a otro sin motivo aparente.

Si uno se queda escuchando un rato a alguien en esta condición de desajuste mental, puede comprobar que esta persona mantiene en su mente conversaciones con diferentes interlocutores, sobre temas distintos, con actitudes diferentes, con respuestas emocionales variadas, etc., y salta de una a otra como pelota excéntrica de caucho. Y digo “conversaciones” porque “los otros” también le hablan, y ella les responde en voz alta.

Esta calificación de locos porque “escuchan voces en su cabeza” es simpática porque nos cabe a todos.

Si usted detiene un momento la lectura, que en este momento es “mi voz” en su cabeza, si se queda un momento en silencio, prestando atención a lo que ocurre en su mente, notará que hay voces, que aparecen frases sobre distintos asuntos... cosas como “toca preparar el almuerzo”, “parece que va a llover”, “¿dónde estará fulanito, que no llega?”, “ay, estoy cansado”, “¿habrá pan?”, “¿será que fulano me está engañando?”, etc.

Esa voz es como un niño de tres o cuatro años que todo lo comenta, que reacciona a todo lo que ocurre, que todo lo juzga y le aplica calificativos, que vive diciendo qué le gusta y qué le disgusta, que recuerda cosas antiguas o habla de las que desea (o teme) en el futuro; esa voz habla todo el día, sin parar, sin dejar descansar.

Las personas que pasan muchas horas solas y sin ocupaciones que les exijan mucha atención mental, terminan tan acostumbradas a esa voz que le dan permiso de expresarse en voz alta, y esa voz, ahora sonora, resulta siendo su compañía. Si uno llega imprevistamente las encontrará hablando solas mientras cumplen con su rutina diaria, hablando “con ellas mismas”.

Ese monólogo interno consume mucha energía, desgasta, cansa, y, además, se convierte en un recurso de sostenimiento de creencias, de prejuicios. Esa repetidera de los conceptos que se tienen sobre todos los asuntos es la que confirma y conserva nuestra identidad personal, nuestras opiniones “inmodificables” sobre cada cosa.

Antes de hacer cualquier análisis racional sobre algo aparece ese preconcepto que tenemos sobre ese algo, manifestado generalmente en forma de adjetivo, que vicia de entrada el intento que después se haga para estudiar la situación. Cuando el rector dice “vamos a revisar el Manual de Convivencia para hacerle algunos ajustes”, la voz en la cabeza de los docentes dice “¡Otra vez esa mamera que no sirve para nada!”, y a partir de ahí el ejercicio de análisis razonado, crítico, propositivo, se fue al traste.

¿De dónde surgen esas voces? ¿Soy yo quien dice esas frases, o es otra entidad que habita en mí? ¿Esa es mi opinión, o yo solo repito lo que ellas opinan? Y si esa no es mi opinión, ¿qué es lo que yo opino? De paso, ¿es obligatorio que yo tenga una opinión sobre todo? ¿Si yo estoy hablando de “esas voces” es porque no son mi voz, porque yo no soy ellas? ¿Entonces, quién soy yo? ¿Quién es “Este Yo” que está hablando de esas voces? ¿Me identifico con las voces, o con quien está hablando de ellas?

Interesante... Ahora llegamos a un momento un poco confuso pero muy valioso. Podríamos preguntarnos otras muchas cosas sobre esas voces, por ejemplo cómo se crearon, quién las puso ahí, cómo llegaron a “pensar” como opinan, cómo se puede lograr que opinen diferente, etc.

Lo importante es que les estamos dedicando un momento de atención y esto nos permitirá conocerlas un poco, entenderlas, descifrarlas. No se trata de juzgarlas, ni de aceptarlas o rechazarlas, sino de observarlas sin opinar al respecto, de escucharlas con atención sin entrar a calificar si lo que dicen es cierto o no; simplemente, nos hacemos conscientes de que están ahí.

Es posible que algunos de ustedes no se hubieran dado cuenta de que llevaban esas voces en su mente, de tan acostumbrados como estamos a ellas.

Si esos preconceptos aparecen tan pronto se enfoca la atención en algo, si inmediatamente “la voz” expresa su opinión sobre eso, cargada con emociones, si antes de analizar un solo aspecto del asunto ya tenemos una calificación emocional sobre el mismo, ¿qué tan racional o imparcial podrá ser nuestro análisis sobre ese asunto? ¿Qué tan libre es nuestro pensamiento?

Buscar un juez imparcial es importantísimo, y supremamente difícil, a la hora de evaluar situaciones delicadas. ¿Cómo conseguir una persona que no tenga ya una opinión formada sobre el asunto a juzgar? Complicado...

Un ejercicio sano, generador de mucha libertad y bienestar, creador de capacidad para analizar con independencia, es desconectar esas voces durante algún tiempo cada día. Tomarse un tiempo para estar solo, en silencio físico, relajado, y observar a la voz sin pararle bolas; no engancharse con ninguno de sus alegatos, dejarlos pasar sin evaluarlos, solamente oírla pero sin responderle ni positiva ni negativamente, como quien oye a un loco. Luego se puede fijar la atención en los silencios que hay entre cada una de sus frases, pero la clave es no desarrollar ningún tipo de discurso, de valoración, de rechazo o aceptación... sólo observar sin juzgar.

Poco a poco la loca se irá callando y nos dejará descansar durante ese tiempo. Esto será un primer logro. En columnas futuras podremos hablar de otros logros.

Namasté.

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Sin duda alguna necesitamos un poco de silencio interior. Los pensamientos hacen mucho ruido

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