Sáb, 11/25/2017 - 14:16

La desideologización de los partidos políticos de cara a las elecciones en 2018

Ha pasado una semana desde que la consulta popular del partido Liberal proclamara a Humberto De la Calle como candidato oficial de ese partido para las elecciones presidenciales del próximo año. Sin embargo, parece que la elección de De la Calle fue un dato menor comparado con la ola de indignación que se generó en todo el país y a través de todos los medios por la exigua votación que escasamente superó el 2% del censo electoral y que no llegó a los 750 mil votos. Una votación muy escasa para los 40 mil millones de pesos que debió invertir la Registraduría Nacional para disponer toda la logística necesaria que requieren unas elecciones a nivel nacional.

Sin embargo, más allá de la indignación que es un sentimiento que ya hace parte del ADN de los colombianos, pocos han hecho un análisis más profundo que pase de una simple ecuación dividiendo el costo de las elecciones por el número total de votantes, lo que hace de cada voto un voto “carísimo”, como si la democracia fuera un bien que se pudiera monetizar.

El problema de fondo es mucho más costoso y mucho más preocupante: Los partidos políticos en Colombia se están desideologizando y son simples maquinarias electorales vacías de contenido político, filosófico, ideológico o cultural.

En el siglo XIX se formaron los que habían sido los partidos tradicionales en el país con claras diferencias ideológicas. El partido Conservador tenía características bien definidas y antepuestas al partido Liberal. El primero era claramente confesional ligado a la Iglesia Católica, mayoritariamente centralista y velaba por una estructura social rígida de elites dominantes de terratenientes y políticos de alta alcurnia, procurando así mantener las estructuras sociales excluyentes y discriminadoras de la colonia. Por su parte, el partido Liberal era eminentemente laico, con una base social amplia de comerciantes, artesanos y trabajadores y su discurso se basaba en la libertad de culto y de mercado que le permitiera a los más desfavorecidos poder competir en condiciones de igualdad y así poder ascender socialmente. Procuraban una mayor autonomía regional y la protección de todas las libertades individuales sin discriminación alguna. Sobre esas dos vertientes ideológicas se plantearon la mayoría de disputas políticas durante todo el siglo XIX en donde terminó imponiéndose, a través de las guerras, la ideología conservadora en la Constitución de 1886, que dominó la estructura del Estado por más de cien años.

Sin embargo, el siglo XX estuvo plagado de disputas violentas que se traducían en las elecciones en donde el partido Conservador y Liberal se alternaron la Presidencia y todos los poderes públicos en medio de cruentos enfrentamientos que dejaron millares de muertos. Cada partido tuvo sus propios virajes y particularidades. El partido Liberal se acercó a las izquierdas revolucionarias del mundo y el partido Conservador hizo lo propio con las corrientes reaccionarias.

La época más crítica se conoció como “la época de la violencia” cuyo origen algunos historiadores ubican desde la presidencia de Mariano Ospina Pérez en 1946 y otros desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, hasta el comienzo de los gobiernos del Frente Nacional en 1958.

Y es allí, en el Frente Nacional, en donde la burocracia logró lo que la violencia no pudo. Desaparecer los linderos ideológicos entre liberales y conservadores. A partir del Frente Nacional la disputa ideológica se redujo básicamente a la filigrana de una repartición equitativa de la burocracia estatal en todos los niveles desde el nacional hasta el municipal y en toda la escala de cargos. Esta convivencia pacífica entre liberales y conservadores tuvo dos efectos gruesos: Uno, diluyó las diferencias ideológicas centenarias entre las dos corrientes políticas y dos, excluyó de tajo a todas las demás fuerzas de sus aspiraciones para entrar también a la contienda electoral. En esa dinámica algunos simplemente se plegaron al status quo mansamente y otros decidieron empuñar las armas para desafiar al establecimiento y al Estado a través de la lucha revolucionaria. La degradación de esa lucha revolucionaria hace parte de otra historia.

Finalmente, la Constitución de 1991 en un esfuerzo bienintencionado por acabar de tajo con el bipartidismo imperante y procurar un espectro político amplio, plural, incluyente y diverso de participación política, facilitó la creación de nuevos partidos y movimientos con lo que se atomizó aún más el espectro ideológico que debe servir de sustento a los partidos políticos. Hoy en día son innumerables la cantidad de partidos y movimientos políticos que nacen y desaparecen de manera furtiva al son de las necesidades particulares de los políticos de momento.

Entonces, en poco más de medio siglo pasamos de un bipartidismo radical a una atomización total de la política. Y lo peor, la mayoría de partidos y movimientos nacientes después de la Constitución de 1991 adolecen en su gran mayoría de una estructura ideológica clara, coherente, comprensible y pública, que sirva a los ciudadanos para identificarse con unos lineamientos básicos y de esta manera volver a la militancia que es necesaria en la contienda electoral. En la actualidad, la mayoría de los colombianos no se identifican con ningún partido político y lo que es aún peor, cuesta contar a los políticos que son leales y consecuentes para mantenerse en un partido sin ir al vaivén de las elecciones.

Hoy, año 2017, previo a las elecciones del próximo año, lo que se ven son maquinarias electorales con nombre y no partidos políticos serios que aglutinen tendencias ideológicas. En teoría, los partidos son los canales de comunicación entre los ciudadanos y el Estado y las elecciones se prevén pensando que una tendencia ideológica con un plan de gobierno se hará al poder para desarrollar un programa de acuerdo con unas ideas básicas que son conocidas por los ciudadanos. Pero acá simplemente se habla alegremente de “izquierda” y de “derecha” y en esas dos bolsas se va metiendo cuanto partido, movimiento y tendencia política aparece. Y definir izquierda y derecha es tremendamente reduccionista, simplista, elemental y carente de argumentación. Tan es así, que desconociendo el talante profundamente neoliberal de Juan Manuel Santos no son pocos los que lo tachan de “comunista” porque llevó a cabo una negociación con las FARC. La ignorancia política es abrumadora y la falta de lineamientos ideológicos claros en los partidos facilitan todas estas interpretaciones viscerales y erróneas.

Entonces, los políticos en ejercicio lejos de querer aglutinarse de acuerdo con sus propias convicciones terminan uniéndose a los diversos partidos por sus necesidades electorales o emprendiendo campañas quijotescas de recolección de firmas para darle vida a su flor de un día. Otros, que han formado sus propios partidos, abrumados por la decadencia de éstos, deciden posar de independientes como si una ducha fuera suficiente para borrarse el olor natural. Otros saltan fácilmente del Gobierno a la oposición al día siguiente de renunciar a su cargo y con fines electorales terminan despotricando de todo de lo que hicieron parte. Y no faltan los que se hicieron nombrar en un cargo por su lealtad con el partido de Gobierno durante las elecciones, y ante el desempleo y la crisis terminan aterrizando en paracaídas a cualquier partido, en cualquier campaña y con cualquier pretexto, tirando la puerta de la lealtad al piso porque “la política es dinámica”. Estos son los burócratas de vocación, a los que no les importa con quién llegar al poder con tal de mantener sus privilegios a costa de la política y del Estado.

Hay toda clase de experimentos y variables cuyo origen es obvio: La desideologización de los partidos políticos. Por eso es absurdo quedarse en el mero ejercicio de dividir 40 mil millones entre 750 mil votantes para notar que algo grave está pasando. Hay un asunto de fondo mucho más grave y es que se está desnaturalizando la dinámica electoral y política y por ende está deslegitimando la democracia misma. Sino contamos con ciudadanos bien informados, que puedan elegir entre un número razonable de partidos consistentes, ideológicamente fuertes y que aglutinen líneas gruesas sobre la concepción del deber ser del Estado, la ciudadanía y la política, seguiremos viendo votaciones pírricas, una ciudadanía fragmentada y un escenario político sin liderazgos ni caras que brinden un mínimo de esperanza. La dinámica partidista es importante y es lo que ha permitido a las grandes naciones superar airosas sus crisis, porque la ciudadanía tiene una idea clara de lo que pueden esperar sobre las opciones disponibles.

En Colombia la consistencia política es inversamente proporcional a la cantidad inocua de partidos políticos y opciones electorales existentes. Un síntoma de ello es que para las elecciones presidenciales de 2018 hay más de 50 opciones disponibles. Eso no habla de una sociedad incluyente y plural. Eso es síntoma inequívoco de una sociedad que no tiene la menor idea de qué es lo que quiere como Nación. Y ese es el escenario perfecto para que los mismos de siempre se mantengan por siempre en el poder. Divide y vencerás.

 

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