Jue, 02/16/2017 - 15:34

La ilusión de la paz

Todavía están frescas las imágenes del pasado 27 de septiembre de 2016 cuando en Cartagena el Presidente Juan Manuel Santos, emocionado hasta las lágrimas, firmaba los acuerdos de La Habana con alias Timoleón Jiménez, comandante general de las FARC. Un escenario pomposo, lleno de optimismo, en donde cada asistente ostentaba su atuendo blanco como una bandada de palomitas de la paz, alegres y victoriosas.

Sin embargo, la terrible noche no cesó porque el pueblo colombiano en el plebiscito del dos de octubre pasado, notificó al Gobierno que una mayoría escasa pero suficiente de electores, por un margen mínimo, no estaba de acuerdo con lo que se acababa de firmar. O con el proceso. O con Santos, no se sabe. El caso es que ganó el NO, con lo cual los acuerdos quedaban en el limbo. El uribismo salió de inmediato a reclamar la victoria. Pero solo sabían que habían ganado. No tenían la menor idea de qué hacer con esos resultados inesperados, no tenían una propuesta alternativa y el tiempo se les fue en las celebraciones mientras el Gobierno redactaba los mismos acuerdos, cambiando unas palabritas por sinónimos, mientras convencía a la opinión pública de que había tomado en cuenta las propuestas de los del NO. Y quizás lo hicieron, porque fue muy poco lo que propusieron.

Después de unos cambios cosméticos y de unas cuantas marchas de los millenials, que no saben votar pero sí marchar, los acuerdos ajustados fueron firmados al fin en una discreta ceremonia en el Teatro Colón de Bogotá el 24 de noviembre pasado sin vestidos blancos, sino con sobrios vestidos oscuros, ya no solo con el Presidente de la República, sino con un rimbombante Nobel de Paz, con el cual fue galardonado Santos pocos días después del fallido plebiscito. Este fue el salvavidas que envió la comunidad internacional al mandatario desde Estocolmo para salvar el proceso.

A pesar de la euforia de la firma de los acuerdos y la inminente desmovilización de las FARC, limitar el término “paz” a este proceso es reduccionista, mentiroso y tremendamente iluso.

Colombia se independizó de España definitivamente en 1819, lo que implica que llevamos casi dos siglos de vida republicana. Esos 200 años han estado marcados por un factor transversal en nuestro proceso de formación de Estado-Nación: La violencia. El siglo XIX presenció constantes guerras civiles entre las facciones que querían imponer su visión ideológica y política de la naciente patria por la vía de la fuerza. Finalmente, se impuso la visión católica, centralista, conservadora, blanca y excluyente que quedó plasmada en la Constitución de 1886, que se mantuvo por más de un siglo por la vía de la represión violenta, por supuesto. El siglo XX nació en medio de una guerra, la guerra de los mil días. La mitad de ese siglo se conoció como “la época de la violencia”, como si hubiese habido otra. Y el final del siglo condensó todas las formas de violencia posibles en un conflicto que crecía como hiedra: Guerrilla, paramilitares, narcotráfico, delincuencia, entre otras.

Lo que se ha logrado con las FARC no es menor. Es importante que el grupo armado más activo en los últimos cincuenta años asesinando, secuestrando, extorsionando y reclutando menores en nombre de la revolución socialista, por fin entregue las armas y entre a la vida política y civil del país. Pero llamar a esto “paz” mientras aniquilan a los líderes sociales en todo el país, es ridículo. Solo durante el año pasado y lo que va de este, más de 130 líderes sociales, defensores de derechos humanos y promotores de restitución de tierras han sido asesinados. Esto, sin duda, es el gérmen de la nueva ola de violencia que nos espera en un futuro muy próximo. Además, el desconocimiento del Gobierno por descifrar el origen de esa violencia es desconcertante. El ministro de defensa, Luis Carlos Villegas, ha afirmado dos cosas que son preocupantes por su falta de panorama, contexto y visión sobre el carácter del conflicto que se avecina. Primero, dijo que el asesinato de líderes sociales no es sistemático. Es decir, según él estamos frente a 130 crímenes inconexos, aislados, coyunturales y casuales que no deberían alarmar la sociedad en paz que se firmó el pasado 24 de noviembre. Y la segunda afirmación es que ya no existen grupos paramilitares. Es como decir que el narcotráfico no existe porque Pablo Escobar fue dado de baja. Los grupos paramilitares en Colombia tienen una naturaleza básica, es una conjunción de terratenientes, narcotraficantes, empresarios corruptos y agentes del Estado interesados en acaparar la tierra y la productividad del campo de cualquier manera. Eso, evidentemente, no ha desaparecido. Y eso, evidentemente, tiene relación con el exterminio de los líderes sociales que son los únicos que denuncian ese contubernio perverso que se está quedando con todo el campo de este país.

Además, la corrupción en Colombia trasciende los linderos del saqueo de lo público y también hunde sus raíces en dinámicas sistemáticas de violencia. Los actores armados se lucraron de corrupción y lo siguen haciendo. La parapolítica, la farcpolítica y la narcopolítica no son más que el brazo largo de la corrupción alimentando la violencia y la violencia alimentando la corrupción en una simbiosis inmortal.

Por eso la paz es apenas una ilusión, un Nobel de emergencia y una sensación de momento. Las causas estructurales de la violencia en Colombia no están ni cerca de desaparecer. Los factores combinados del conflicto siguen teniendo a la fuerza, la dominación y la imposición por la vía de las armas como un elemento fundamental de represión social. El asesinato de líderes sociales sí es sistemático y sí responde a la lógica de la violencia en Colombia.

La Colombia del futuro se divide entre su vocación agrícola o minera. Las grandes multinacionales rondan como buitres los beneficios de un país violento y dividido en donde todo se puede comprar porque todo está a la venta. Y la forma de resolver los conflictos aún no es con los debates, con la deliberación o con la exposición de argumentos sino con la capacidad que tienen unos para someter a los otros por la vía de la violencia.

Es iluso creer que en Colombia se firmó la paz. Tan solo se acordó cómo un grupo terrorista que es molesto para el establecimiento se va a incorporar al sistema y a sus dinámicas corruptas. Por fin alias Iván Márquez podrá conducir su Harley Davidson sin sentimientos de culpa y sin ambages morales, mientras en el campo los líderes sociales desprotegidos seguirán ofrendando su sangre como único bastión de la resistencia ante las locomotoras de este gobierno y los que han de venir.

La paz no son firmas, ni vestidos blancos, ni un Nobel que desconoce una realidad de siglos y se limita a la coyuntura de un momento.

La paz en Colombia es una ilusión.

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