Dom, 11/17/2019 - 07:34
Foto: Escena de la película "La lengua de las mariposas" (José Luis Cuerda, 1999)

La soledad de la rebeldía

Puedes decirlo tantas veces como lo consideres necesario, repetirlo cada vez que tengas la ocasión: puedes renegar de los poderosos y sus injurias y sus atrocidades y decir que hay que sacudirse, pero no te sorprendas cuando te dejen solo porque ese es el precio que se paga aquí por levantar la voz.

En algún momento van a señalarte de loco por decir que los derechos de todos, esos que hoy son cosas que se dan por sentadas, se conquistaron mediante la lucha y que debieron ser arrebatadas de las manos de los poderosos, los mismos que aun hoy persiguen y denigran de todas las luchas; y luego van a tildarte de sospechoso por transgredir esta regla o esta de más allá. Puedes repetir las canciones que has cantado desde que la rebeldía nació en ti, y decir que hace 30 o 40 años ya alguien había notado que había algo mal en el mundo y entonces cantar, por ejemplo, “la moral prohíbe que nadie proteste, ellos dicen mierda nosotros amén”, o “libertad era un asunto, mal manejado por tres, libertad era almirante, general o brigadier”, y luego decir que esas canciones son tan vitales hoy como hace 40 años porque si los problemas son los mismos, las consignas deben ser las mismas, como leíste en algún libro. Puedes decir todo eso, claro, pero van a apartarte, porque ya nadie quiere saber de causas, por justas o injustas que parezcan. Ya nadie quiere que alguien perturbe la tranquilidad que cree que puede tener por alquilar su existencia a las órdenes y caprichos de algún jefe poderoso.        

Puedes, si quieres, gritarles que su tranquilidad es una farsa y que es imposible no estar perturbado cuando sabes que en algún cuartel militar están dando la orden de desaparecer y matar a los que son demasiado incómodos y cuando sabes hay muchos dedos sobre el gatillo, apuntando a la cabeza de quienes hablan más de lo debido. Puedes hablarles de la rebeldía, aunque esa sea una palabra que han ultrajado y mercantilizado muchas veces y puedes intentar sacudirlos y mostrarles todas las obras que te perturbaron antes a ti y te sacudieron y te hicieron ser lo que eres, pero van a darte la espalda para que los puñales que llevas dentro no quiebren en mil pedazos la burbuja de cristal en la que se instalaron para estar más cómodos. Vas a estar solo cuando les digas que en su pretendida superioridad pueden verse los rastros de esa violencia y esa exclusión inculcada por los poderosos para mantenerse allá arriba, y van a alejarse del todo cuando vuelvas a hablar de las luchas, de todo lo que hay por hacer, porque van a decirte que las cosas están mejor que antes y que ya se ha avanzado lo suficiente, pero tú vas a responderles que precisamente por eso hay que seguir caminando, que es seguir luchando. 

Un día vas a estar solo y mientras vayas por ahí, van a colgarte en la espalda uno de tantos calificativos que leyeron en la prensa para la gente como tú, y vas a ser de repente insurgente, violento, agitador, resentido o peligroso y por eso, nadie escuchará, o quizás todos fingirán no escuchar, cuando un dedo hale del gatillo.               

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