Dom, 01/26/2020 - 05:26
Imagen tomada del siguiente enlace: https://www.tekcrispy.com/2019/02/22/universo-expande-todas-direcciones/

La vida es frágil. Y el dolor no lo comprende

Una madre acude a una farmacia para que le entreguen los purgantes que el médico le ha recetado para sus hijos de diez y siete años. La dependiente de la farmacia le entrega dos cajitas, tal como ella lo espera, las mete en su bolso y se va para su casa. Al llegar a casa, de esas cajas saca dos frascos y le da uno a cada uno de sus hijos para que beban todo el contenido, como lo ordenó el médico. Los niños lo hacen y les da sueño. Se van a dormir. No despiertan. Jamás despiertan. Aún duermen y dormirán por toda la eternidad, al menos en lo que respecta a este tiempo y a este espacio.

He tratado de imaginar qué pasó después con base en los testimonios de las personas que desesperadas intentaron ayudar a la madre. Aquellos que sin asco se metieron al depósito de basuras y encontraron los tarros vacíos y descubrieron que lo que la madre creía un purgante era un poderoso medicamento contra el dolor derivado de la morfina. Llevo dos días, desde que me enteré de esa noticia, con la mirada entre el techo y el piso exhalando unos suspiros largos. Cada vez que veo a mi hijo pequeño siento unos deseos irrefrenables de abrazarlo fuerte y a él le extraña que yo lo haga con tanto ímpetu. La vida es frágil y el dolor no lo comprende.

Solo la consciencia de nuestra propia finitud en el Universo nos mete en un mar de temores e incertidumbres difíciles de definir. Pero ser conscientes además de que nadie se salvará de esa finitud, ni siquiera nuestros seres más queridos, aumenta nuestros miedos y nuestros tormentos prematuros porque sabemos que la partida de las personas que amamos marcarán las tristezas más profundas de nuestra existencia. Sin embargo, creemos que la muerte tiene un orden natural y que ella hace todo por respetarlo. O al menos eso nos ilusiona para hacer menos difícil nuestra cotidianidad y aceptar con cierta resignación que las personas que amamos, pero que nos anteceden con su presencia en este planeta verde, blanco y azul, se irán antes que nosotros como respetando una fila que vanamente construimos en nuestra mente.

Pero no es así, los turnos de la parca no tienen nada que ver con edades ni tiempos. Estar vivo es el único requisito necesario para morir. Pero esa ilusión, ese anhelo del que hablo, nos vuelve torpes para comprender que también las personas que son menores que nosotros, e incluso aquellas que hemos traído al mundo, nuestros hijos, se pueden ir antes que nosotros. Nadie está preparado para ello. Al menos yo no lo estoy y estoy casi seguro que usted, que me está leyendo, tampoco.

No quiero entrar a suponer qué pasa cuando uno pierde un hijo porque no me ha pasado y lo único que puedo suponer es que ese dolor no lo puedo predecir. Solo puedo predecir que difícilmente lo podría soportar. Y por ello prefiero no suponer más, porque mi mirada una vez más se clava en el piso, sube al techo como buscando a eso que llaman dios para exigirle explicaciones y se me escapan estos suspiros largos que me aflojan las lágrimas imaginando qué han sentido aquellos que sí lo han sufrido, como esta madre que sin querer le dio una dosis letal de Tramadol a sus dos hijos. Porque ella no solo deberá soportar el dolor de la ausencia, además deberá cargar, así no la tenga, con un dolor aún más intenso que es el de la culpa. Y no me voy a detener a explicar por qué creo que no es responsable, así otros piensen diferente. Para mí todo lo hizo con el amor infinito de una madre que cuida a sus hijos. Les quería dar un purgante porque los quería sanos, no muertos. Es así de simple. El resto son opiniones, válidas por supuesto, pero yo opino de otra manera. Es una madre amorosa y ningún dedo tiene derecho a señalarla. Ninguno. Con el de ella misma tendrá suficiente como para sumarle los del morbo popular y los de los expertos de momento. Para definir responsabilidades las autoridades deberán hacer su trabajo. Ojalá lo hagan pensando más en la justicia, la justicia de verdad, que en ese sentimiento vengativo que habita en la sociedad colombiana como una neblina maldita que convierte a muchos en justicieros implacables e infalibles, como si sus vidas fueran sencillamente inmaculadas y ejemplares.

La vida es frágil y el dolor no lo comprende. Y es mucho más frágil en un país como Colombia, en donde nos acostumbramos a que los niños y los jóvenes estén desprotegidos y vulnerables ante tanta agresividad que abunda en una cotidianidad marcada por la inseguridad y los conflictos violentos. Un país en donde muchos padres pierden a sus hijos por su propia mano, en donde a muchos niños no se les protege, sino que, por el contrario, se aprovechan de su indefensión para convertirlos en juguetes de las mentes más macabras y pervertidas. Un país en el que a los jóvenes necesitados por la falta de oportunidades se les engaña con promesas de empleo para llevarlos a figurar en las estadísticas victoriosas de un ejército podrido desde los cimientos. Jóvenes ilusionados y manipulados para ser pasados como bajas en combate, disfrazados y asesinados sin poderse defender, sin poder huir, a merced de militares impulsados por una política perversa que llamaron dizque “seguridad democrática”. Que nombre tan pomposo para una política concebida para exterminar pobres con el fin de darle gusto a un Calígula criollo, que no solo se niega a reconocer su responsabilidad en esta masacre sino que la justifica. Además la gente, lejos de condenarlo, lo premia con una curul en el Senado y elige a su títere de presidente. Eso solo habla de un pueblo complaciente, pusilánime y cómplice que tiene la suerte que se merece por la voluntad de sus mayorías en las urnas. En Colombia este anhelo de ver a los viejos morir por el deterioro de los años primero que a sus hijos, se ha convertido en una quimera. Es cruel decirlo, pero aún más cruel que sea verdad. Y aún más cruel que como sociedad seamos tan responsables de que así sea.

Por eso quiero dedicar la segunda parte de mi columna a esa madre de la que no sé el nombre. Me disculpo por ello. Todo lo que escribiré lo haré a título personal, sin el ánimo de generar empatías ajenas ni solidaridades masivas, desde el corazón, por este medio que es el único que tengo a la mano para que me lea algún día, si así lo desea. Y si no, no importa, lo sabré comprender, es lo menos que puedo hacer.

Solo sé de ella que amaba a sus hijos. No tengo que conocer toda la historia para inferirlo. Solo sé que quería ver a sus hijos sanos, no muertos, reitero. Solo sé que cuando no despertaron la invadió una angustia indescriptible, la angustia que solo puede invadir a una madre amorosa que ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para que sus hijos estén bien. No puedo imaginar qué estará sintiendo en este momento. Lo he intentado en ese péndulo que se han convertido mis ojos entre el suelo y el techo este par de días, lo he tratado mientras se me caen suspiros y lágrimas, lo he sufrido por dentro sin poderlo dimensionar mientras abrazo a mi hijo que sabe poco de la muerte porque no es un tema del que me guste hablar con él.

Estoy seguro, sin conocerla, por esa conexión que existe entre las almas en momentos tan intensos que algunos llaman intuición, que ella es una madre amorosa. Una madre que se preocupa por la salud de sus hijos es una madre que quiere ver a sus hijos bien. Una cadena de errores involuntarios y omisiones fatales desencadenaron este trágico final que ya no tiene remedio ni tendrá consuelo posible. Pero justamente por eso, por la imposibilidad de revertir lo inevitable, es que yo la abrazo con toda mi fuerza en ese abrazo etéreo a lo intangible, a una persona que no conozco y de la que no sé el nombre, pero que llevo en mis oraciones humanas con un relicario de punzadas en lo más profundo de mi alma.

No pretendo explicar lo inexplicable. No quiero condenar ni absolver porque no soy juez ni me corresponde. Solo quiero decirle a esa mamá que cada vez que veo a mi esposa, la mamá de mi hijo pequeño, me alegra mucho que sea como ella, como esa mamá. Porque con ella, con mi esposa, estoy seguro de que mi hijo cuenta con los cuidados que humanamente le podemos dar, con la protección que todo niño necesita, con el abrigo, el alimento y el amor, las tres A de la supervivencia de un niño que él necesita para crecer en un mundo lleno de peligros y adversidades. Así de amorosa me imagino a esa mamá y por eso no puedo más que pedir paz para su alma, tranquilidad para su espíritu, valor para continuar, fuerza para levantarse y mucho amor para aceptar que lo que pasó fue un lamentable y trágico accidente en el que no hubo mala intención, sino una serie de descuidos fatales como el de aquel que no ve la luz roja del semáforo y se lleva un peatón en su camino. Imprudencia, impericia y un tremendo descuido, sí, pero no maldad.

En un país en el que mueren tantos jóvenes y niños por cuenta de la violencia que degrada aún más las características de un conflicto absurdo que no cesa, en donde el rey dinero y la reina ambición mandan y muchas personas están dispuestas a matar por ellos, sin importar si por delante hay adolescentes o infantes, estoy seguro de que esa mamá había hecho todo hasta ese momento por mantener a sus hijitos bajo su ala protectora.

Estamos hablando de una madre que quería purgar a sus hijos, sacarles esos parásitos internos para que las mejillas recuperaran su rosado y ellos la vitalidad que les permitiría jugar, correr, divertirse, estudiar, abrazar, amar, ser felices. Desafortunadamente, algo falló. Dos niños de diez y siete años dormirán para siempre. Ellos ya no sienten, no sufren, no están. Pero esa madre debe estar intentando recoger en vano sus pedazos y siento que es mi obligación decirle que la acompaño con toda la fuerza de mi alma, con los latidos de mi corazón y con la energía más noble de mi espíritu. No es momento de buscar culpables y si existiera una lista yo no la incluiría a ella, que todo lo hizo con la confianza de quien ha hecho todo bien, como se lo han indicado. Es momento de desprender mi mirada del piso y del techo para tratar de expresar lo que siento por esa madre con estas palabras que jamás serán suficientes ni servirán de consuelo. Pero es todo lo que puedo hacer. Es lo que me nace porque es lo único que sé hacer. Es la única forma que tengo para volver mis brazos letras que lleguen algún día hasta sus ojos y sepa que alguien no la juzga, solo la apoya con toda la solidaridad y fraternidad que mis sentimientos me permiten.

La vida es frágil y el dolor no lo comprende. Pero la humanidad tiene la capacidad de llenar de sentimientos ese vacío que provocan las ausencias más tristes. Este es mi aporte para esa madre. Te abrazo fuerte y mezclo mis lágrimas con las tuyas rogándole a esa fuerza que algunos llaman dios y que yo llamo cuando sufro, para que tus hijos estén bien en esa dimensión de la que no sabemos nada. Si te ven, seguro saben que todo lo que hiciste por ellos lo hiciste con amor. Ellos se durmieron con esa certeza. Con esa certeza soñarán por toda la eternidad.

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