Vie, 05/22/2020 - 08:53

Los abuelos del olvido

Por: Ángela Patricia Janiot- patriciajaniot.news

La pandemia nos ha puesto un freno insospechado en nuestra acelerada rutina diaria. Nos ha detenido en seco frente a una verdad aleccionadora: la fragilidad de nuestras vidas. Cualquiera está expuesto al Covid-19 sin importar la edad, la condición física, el estrato social, la raza, el lugar donde vivimos. Allá afuera, todos estamos en riesgo.  Nos damos cuenta de que los días corren y la vida se nos va, con tantos sueños y proyectos suspendidos por la crisis sanitaria global, en medio de una economía hecha trizas.

Lo bueno de pensar en el futuro es que la expectativa de una vida saludable y productiva se alarga con el avance de la ciencia, y si sobrevivimos al coronavirus, habremos más ancianos en el mundo.  Según la Organización Mundial de la Salud, “entre 2000 y 2050, la proporción de los habitantes del planeta mayores de 60 años se duplicará, pasando del 11% al 22%”.

Esto significa que en 30 años los adultos mayores sumaremos 2.000 millones de personas en el mundo.  En América Latina y el Caribe, 1 de cada 4 personas tendrá más de 60 años en 2050, según cifras de la ONU.  ¿Seremos entonces más vulnerables a próximas pandemias?

En América Latina, la tradición familiar de cuidar y vivir con nuestros abuelos salvó a miles de ancianos de una tragedia -calificada de “masacre”- como la ocurrida en Europa, Estados Unidos y Canadá, donde los residentes de ancianatos se convirtieron en los más expuestos al contagio, debido a su convivencia con muchas otras personas, lejos del cuidado de sus seres queridos.

El London School of Economics calcula que entre 42% y 57 % de las muertes por Covid-19 en Europa, ocurrieron en residencias para adultos mayores de cinco países: Italia, España, Irlanda, Bélgica y Francia. Hasta el 14 de abril se habían registrado, al menos, 119.000 muertes de ancianos, una cantidad que podría ser mucho mayor.

Las estadísticas en Canadá también indican que del total de fallecimientos registrados por coronavirus, la mitad ocurrieron en casas de reposo.  En Estados Unidos la cifra es igualmente aterradora.  De casi 90.000 muertes para la fecha, una tercera parte, es decir, más de 30.000 fallecimientos corresponden a residentes y trabajadores de geriátricos.

En un universo de 3 millones de adultos mayores e igual número de trabajadores en residencias de cuidado en este país, los analistas estiman que la cifra de decesos se queda corta por reportes incompletos y la falta de pruebas para determinar la causa de muerte de los ancianos.

Ancianatos a la deriva

Los datos reflejan un panorama desolador en muchas de estas instituciones de asistencia donde viven innumerables ancianos que no reciben los mejores cuidados y están sometidos a condiciones deplorables, atendidos por personal mal remunerado y, lo peor, con insuficiente protección y suministros para responder a una emergencia de salud de semejantes proporciones.

Supimos de casi una veintena de cadáveres amontonados en una residencia de la tercera edad en Nueva Jersey.  En otra institución del área tuvieron que almacenar los cuerpos en camiones refrigerados, mientras los empleados desbordados por la emergencia se tardaban semanas en informar a los familiares de los ancianos que habían muerto contagiados por el coronavirus.  Las funerarias tampoco se daban abasto.

En otros casos, decenas de personas mayores fueron abandonadas por enfermeros y personal de estas residencias por temor al contagio ante la falta de equipos protectores, tests para el Covid-19 y suministros de limpieza.  En los primeros días de la crisis pandémica, los gobiernos se concentraron en dotar primero a hospitales y clínicas, dejando a la deriva a los ancianatos.

En un geriátrico cerca de Montreal, aparte de las decenas de muertos en pocas semanas, se descubrieron condiciones patéticas como pacientes que por días no fueron alimentados, no les cambiaron los pañales o no les brindaron asistencia después de caerse al piso.

La infinidad de irregularidades en la atención a los abuelos dejó al descubierto la ausencia de protocolos para evitar el contagio.  Incluso, el Primer Ministro Justin Trudeau debió enviar a decenas de funcionarios de salud del Ejército para ayudar en las residencias de ancianos.

Ante el escándalo, se comenzaron a tomar correctivos de más pruebas y protección, mayor higiene.  A algunos trabajadores se les ofreció más dinero para que durmieran en los geriátricos y evitar un mayor riesgo de contagio.  Además, se prohibieron las visitas de familiares y amigos a los ancianatos, medida que aún persiste.

Este aislamiento ha sumido a los abuelos en la soledad y la tristeza, situación que produce un lastre emocional sin precedentes para una población a la que le han robado su dignidad y la posibilidad de pasar los últimos días de su vida al lado de lo más preciado: su familia.

Exclusión social

Las investigaciones y demandas millonarias contra estas residencias se acumulan en Europa y Norteamérica.  En América Latina, como decíamos, la situación es muy diferente. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), solo el 0.54% de los adultos mayores de 60 años vive en residencias de largo plazo.  Esto equivale a un total de 166.000 ancianos. La cifra asciende a un 20% de los mayores de 80 años que viven solos.

Paradójicamente, la condición de subdesarrollo que vivimos en la región ha sido una ventaja dentro de las desgracias provocadas por la pandemia. Justamente el hecho de que un alto porcentaje de abuelos viva con sus familiares (porque no pueden pagar un ancianato) ha evitado una mortandad, tal como se ha registrado en países desarrollados.  Según la CEPAL, en 1 de cada 4 hogares latinoamericanos vive un adulto mayor.

En nuestra región, la pobreza y la precariedad económica es lo que aqueja a la vejez. Una mayoría no cuenta con acceso a una pensión o, en caso de tenerla, es insuficiente y eso agrava su situación.  En muchos casos dependen de los ingresos de su familia.  Los ancianos suelen sentirse inútiles, porque la sociedad no los considera productivos y les cierra las posibilidades laborales, sobre todo cuando superan los 60 años de edad.

Quienes no se valen por sí mismos, dependen de sus familiares, generalmente mujeres, que en muchos casos no han recibido el adecuado entrenamiento para asistir a los ancianos y tampoco obtienen remuneración por esta labor.  Cuando se cuenta con capacidad para contratar a personas que les ayuden con sus necesidades de movilidad y salud, con frecuencia se hace en condiciones de informalidad y bajos salarios.

Déficit de personal

La pandemia agrava la soledad, pobreza y depresión de muchos adultos mayores que viven solos.  Varios han fallecido aislados en sus casas sin recibir atención.  El secretario de la ONU, Antonio Guterres, aseveró que “los ancianos tienen los mismos derechos a la vida y la salud que todos los demás”.

Por eso es importante que los familiares e instituciones aumenten el seguimiento a personas mayores que sufren por el aislamiento, la pérdida de sus capacidades cognitivas o las restricciones a su movilidad durante la cuarentena.

Cuando los ancianos viven con su familia es fundamental que los parientes implementen las medidas de protección al convivir con un adulto mayor.  También es imprescindible contar con más personal especializado para ayudar a los abuelos que viven solos en actividades básicas como bañarse, vestirse, alimentarse, asistirlos en sus compras prioritarias y de medicamentos, acompañarlos en sus actividades físicas, terapias, tratamientos y ofrecerles apoyo emocional.

Los ancianatos deben contar con la asistencia de médicos y especialistas en prevención de infecciones.  Para eso se requiere que nuestros países gradúen miles de médicos gerontólogos y enfermeros para cubrir el déficit de personal que existe en este sector. Es fundamental que estas residencias reciban la debida financiación de los gobiernos y organizaciones sin fines de lucro para captar más profesionales capacitados, que sea bien remunerados, dotados con equipos de protección y que se les proporcione suficientes pruebas de coronavirus para no bajar la guardia y garantizar instituciones geriátricas libres de contagio.

A esos trabajadores que apoyan a los ancianos en sus casas o centros de asistencia y cuidado les debemos nuestro reconocimiento.  No los hemos exaltado lo suficiente.  Ellos también están arriesgando su salud y sus vidas, debido a que han estado expuestos a situaciones de gran responsabilidad y tensión que resultan emocionalmente devastadoras.

Las instituciones que albergan a personas de la tercera edad deben prepararse adecuadamente e implementar los protocolos de contención para lo que podría ser una nueva ola de contagios, una vez se reabran las economías.  Tenemos la obligación de cuidar a los adultos mayores, especialmente esos que viven olvidados a su suerte y en la pobreza, y evitar que queden expuestos ante un virus altamente contagioso que se propaga en cadena y que aniquila con mayor facilidad a su presa más débil: nuestros ancianos.

Ya deberíamos haber aprendido de las dolorosas y trágicas lecciones que le costaron miles y miles de vidas a los países desarrollados.  A nuestros abuelos les debemos nuestra gratitud infinita.  Dedicaron sus mejores años a cuidarnos y sacar adelante a nuestras familias.  Ahora más que nunca, nos toca a nosotros.  Es un imperativo moral retribuirles de la misma manera. 

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