Dom, 11/19/2017 - 04:15

Los corazones de Jesús de los colombianos. El malo y el peor

A Pablo Escobar lo recuerdo con terror. Aún siento que fue él quien llamó a mi casa cuando mi papá era Magistrado de la Corte Suprema en diciembre de 1986 y me dijo “a su papá lo vamos a matar y a usted también” y colgó. Recuerdo nítido ese acento inconfundible que sin gota de remordimiento decía que iba a matar y mataba. Yo tenía doce años y creo que no dormí bien por al menos un par de meses. Debo confesar con vergüenza que me alegré el día que supe que había muerto. Uno no se debe alegrar por la muerte de nadie. Pero yo sabía, a mis 19 años, que ese tipo cargaba un resentimiento tan grande por todo y contra todos que, si no moría, todavía nos podía matar. Entonces esta opinión no surge precisamente de mis ganas de suavizar la imagen nefasta de “el patrón del mal”.

Pero sí creo que Pablo Escobar siempre supo de qué lado de ley, de la ética y de la moral estaba. Él se reconocía como un bandido. Y como bandido quería llegar al poder y como bandido quería gobernar. Nunca lo ocultó en privado y en público solo lo hacía como parte de su estrategia maquiavélica para llegar tan lejos como el establecimiento se lo permitiera. Y bueno, llegó incluso a ocupar una curul en el Congreso, y de no ser por la oposición valiente de Luis Carlos Galán, quizás hoy estaría compartiendo honores de longevidad en el Senado al lado de un Roberto Gerlein, por ejemplo. Esa oposición valiente le costó la vida a Galán. En cambio, Gerlein sigue durmiéndose en las sesiones las pocas veces que va.

Nadie puede negar el daño atroz que le hizo Pablo Escobar a Colombia y el daño que su fantasma inmortalizado le sigue haciendo. Mientras estuvo vivo aniquiló a todas las promesas del futuro político del país no solo de la izquierda, sino de todas las vertientes políticas que no compartían su anhelada impunidad, masacró a cuánto miembro de la Rama Judicial se atrevió a investigarlo, sometió a la Policía Nacional a la cacería más infame que hubiera vivido esa institución en su historia y cooptó a todo el Estado y al establecimiento untando de dinero sucio todas las manos que se dejaron sobornar que no fueron pocas. Por el contrario, fueron muchas más de lo que una democracia puede soportar. Y lo peor de su legado: inundó de bombas y balas al país infundiendo un terror infame que se llevó miles de vidas inocentes por el simple pecado de estar en el mismo lugar en donde Escobar quería dar lecciones de indolencia, soberbia y poder.

No hay nada bueno qué decir de Pablo Escobar ni deberíamos seguir manteniendo para la eternidad su imagen en series, películas, camisetas y hasta souvenirs al lado de los santos y las virgencitas que venden en los lugares turísticos de Colombia. Pero eso vende y Colombia es un país de vendedores.

Pero insisto, todos hemos sabido en qué lado de la historia estuvo Escobar. Hasta él mismo lo sabía. Pero con Álvaro Uribe es muy diferente.

Uribe siempre se consideró a sí mismo como un joven prodigio y se supo vender. Tanto así que, a sus 30 años, en 1982, ya era alcalde de Medellín nombrado por el Gobernador de la época. Además, había sido ya director de la Aerocivil. En esos dos cargos se le relaciona estrechamente con el Cartel de Medellín, es decir, con Pablo Escobar. No es poca la literatura y los testimonios que hablan de lo agradecido que vivía Escobar por la generosidad del joven director de la Aerocivil para autorizar pistas y vuelos del narcotráfico y aún se habla de que Belisario Betancur, presidente de la época, le exigió la renuncia a Uribe de la alcaldía porque tenía información fidedigna de sus nexos con Escobar. Eso no se comprobó judicialmente, pero nadie puede olvidar la campaña de “Medellín sin tugurios” gestada y ejecutada por Escobar con su propio dinero, mientras Uribe fungía como burgomaestre de la ciudad paisa.

Sin embargo, a pesar de la sombra larga que ya acompañaba a Uribe, su carrera política siguió fulgurante e imparable hasta que llegó a la Presidencia de la República. Dos veces. Y debo confesar acá con vergüenza y pidiéndole perdón a mis hijos que en el 2002 también me dejé encantar por el canto de la sirena de Uribe, fogoso y transformador, que prometió un país en paz derrotando a una guerrilla que se había tomado el país entero por cuenta de la permisividad, falta de carácter e ingenuidad de uno de los peores presidentes que ha tenido el país. Por supuesto, hablo de Andrés Pastrana. Además, no había leído nada sobre su pasado y como un elector promedio desinformado, cometí el gran error de ayudar a su elección en 2002 con mi voto. Y me arrepiento.

Me arrepiento porque contribuí a formar esa secta de fanáticos que hoy perfectamente llevarían nuevamente a Uribe a la Casa de Nariño de no ser porque la Corte Constitucional se atravesó en su tercer mandato y lo inhabilitó de por vida. Al segundo no pudo, porque los sobornos en el Congreso por parte del Gobierno y la presión social desde unas mayorías embelesadas, pudieron más que la Constitución Nacional. En 2006 voté por Carlos Gaviria, pero yo ya sabía que la suerte estaba echada.

Al final terminó su mandato sin derrotar completamente a la guerrilla y en cambio dejó más de cuatro mil jóvenes muertos disfrazados de guerrilleros regados por todo el país entregando trofeos a los militares a cambio de sangre. Y sangre hubo. Pero también de inocentes. Y cuando lo encararon para que explicara por qué esos jóvenes estaban muertos solo atinó a decir con el desparpajo más cruel que yo haya visto en algún político colombiano (que son crueles por naturaleza) “esos muchachos no estarían recogiendo café”. No. No estaban recogiendo café. Eso fue lo que les dijeron que iban a hacer y los mataron, los disfrazaron de guerrilleros y los reportaron a sus superiores para reclamar condecoraciones, dinero y hasta permisos de descanso, solo porque el Gobierno lanzaba directivas cambiando premios por muertos. Desde Calígula, Stalin y Hitler no veía algo parecido.

Y no contento con haber desangrado al país persiguiendo guerrilleros de mentiras y corriéndolos a un lado con el fin de liberar las extensas fincas de sus amigos para regalarles el erario público con Agro Ingreso Seguro, como expresidente ha sido la pesadilla sin fin. Si bien todo lo que Uribe dice de Santos es verdad, porque no cabe duda que Juan Manuel Santos traicionaría hasta el más leal de sus amigos por un Nobel de Paz, su odio por la guerrilla lo ha llevado a entorpecer una y otra vez el único camino para terminar un conflicto de más de 60 años. Ahora quiere hacer como expresidente lo que no pudo como presidente y aniquilar por las armas a una guerrilla que ya no tiene armas. O peor aún, los quiere ver a todos encarcelados cuando durante su Gobierno sólo capturó a un miembro del Secretariado. A otros los mató o los mataron los mismos guerrilleros embelesados por los premios. Pero solo capturó a uno para que ahora los quiera encarcelar a todos. Y no gobernó cuatro años. Fueron ocho años. Ocho años que hasta ese momento no existían ni siquiera como posibilidad en la Constitución Nacional. Pero él logró cambiar “el articulito”.

Para torpedear el proceso de negociación con las FARC se hizo elegir como Senador y desde el 2014 lidera la bancada de su propio partido al que bautizaron “Centro Democrático” que junto con “Cambio Radical” son los nombres de partidos políticos más contradictorios en el Universo. Son todo lo contrario de lo que profesan sus nombres. En honor a la verdad el Centro Democrático se debería llamar “Derecha Autoritaria” y Cambio Radical “Status Quo Forever”.

Por eso creo que Uribe es peor que Escobar. Escobar usó la violencia sin discursos dobles. Él sabía que quería meter terror, amilanar al Estado y obtener, sino poder, al menos impunidad. Pero terminó muerto en virtud de ese adagio bíblico “al que a hierro mata a hierro muere”. Y estoy seguro que no solo yo me alegré con su muerte. Fueron millones los colombianos que al menos respiraron con alivio. Y quienes aún le rinden tributo lo hacen más producto de la ignorancia y por los beneficios personales que recibieron de Escobar que por pensar que es un referente político, moral o ético para el país. Pero Uribe sigue siendo un referente moral, sí, moral para millones y millones de colombianos. Pocos reparan en su pasado ligado al cartel de Medellín, en sus desaciertos mortales como Presidente o en su capacidad para destruir personas. Aún me retumban las palabras de Eudaldo Díaz, alcalde del municipio de El Roble, Sucre, en febrero de 2003 cuando le dijo a Uribe en un consejo comunitario: “Presidente, a mí me van a matar y los asesinos están acá presentes”. A los tres meses de esas palabras lo mataron. Y el asesino estaba presente. A Díaz lo asesinó Salvador Arana Sus que era el Gobernador. Todos lo sabían. Y Uribe lejos de emprender acciones para obtener algo de justicia prefirió esconder a Arana Sus en el servicio diplomático de Colombia en Chile. Así es Uribe y para nadie es un secreto su cercanía, alianza y contactos con los paramilitares. Muchos dicen que los extraditó. Sí, pero no para someterlos a la Justicia. Los extraditó para silenciarlos. Y no ha podido. Cada vez que hablan lo salpican.

Uribe es peor que Escobar porque ha sido capaz de convencer a un pueblo tremendamente dolido y resentido de que él es el salvador, el justiciero, el pacificador y el vengador. Uribe cree no solo que está del lado correcto de la ley, sino que además encarna el mensaje divino a través de un don único que se le ha dado. Y si no lo cree él, así lo creen sus seguidores enceguecidos por una fe mística.

Escobar dejó una estela de muerte y destrucción incontrovertible. Pero al menos fue coherente entre su maldad y sus actos. Uribe es una contradicción en sí mismo. Se bendice a sí mismo y se siente el curubito de la bondad, sus más cuestionados servidores investigados, condenados y prófugos son “buenos muchachos”, y se hace elegir como “el gran colombiano” movilizando a su secta hacia un canal de televisión que dice que es de historia, pero en realidad es de televentas.

No me quedaría con ninguno de los dos. Los dos son nefastos para la historia del país. Pero al menos sé que Escobar ya no existe. Pero Uribe continúa sembrando el odio, polarizando las posiciones, generando reacciones a favor y en contra que rozan con la beligerancia mientras unas le ponen velas como si fuera el sagrado corazón de Jesús (no es un chiste, vean la foto) y otros esperan que por fin #UribeDejeDeJoder, una de las tendencias más fuertes en la red social Twitter. Uribe sigue tomando fuerza, manteniendo vigencia y arrastrando gente en un país en donde el odio convoca mucho, muchísimo más que el amor.

Escobar atacó al establecimiento cuando el establecimiento lo rechazó y lo relegó. Eso hasta su último día. En cambio, Uribe lo está socavando, se lo está apropiando, lo está seduciendo con sus dotes de culebrero y está fanatizando sin límites a medio país que mataría por él. Uribe es la punta del iceberg de una nueva ola de violencia porque a él no le gusta la paz sino es a su manera. Una manera violenta, que es el único lenguaje que sabe hablar. Uribe nos llevará a otros 60 años de violencia que ya empiezan a enlutar al país con más de 170 líderes sociales asesinados. Uribe es de esos políticos que no sabe conciliar. Solo le sirve ganar. Escobar perdió y Uribe está ganando. Y Cuando alguien gana, alguien necesariamente pierde. En este caso, Colombia. Por eso Uribe es peor.

 

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Pueblo que olvida o desconoce su historia está condenado por siempre a padecer las mismas tragedias.

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