Sáb, 04/22/2017 - 09:52

Los datos reciben menos resistencia

Hay una manera infalible para que nadie le lleve la contraria: No opine nada.

Hace dos semanas dijimos que “El desacuerdo produce sordera” (http://www.revistaenfoque.com.co/opinion/el-desacuerdo-produce-sordera), y hace una, “Saque usted las conclusiones” (http://www.revistaenfoque.com.co/opinion/saque-usted-las-conclusiones). Si juntamos esas dos expresiones podemos llegar a una estrategia ganadora, para ambas partes, a la hora de encarar una conversación.

Dado que la primera reacción de la gente ante cualquier opinión es compararla con la propia para verificar si coinciden o no, en típica reacción defensiva del Ego ante el peligro de que alguien pueda decirle que está equivocado en su interpretación del mundo, lo cual significa para él la destrucción de todo aquello que le da vida, es decir, significa su muerte, evitemos esa primera alerta de peligro en el oyente.

Como el Ego piensa que existe un mundo afuera que es como es (y también piensa que él sabe cómo es el mundo), o mejor dicho, piensa que el mundo es como él piensa que es, no empecemos por discutirle su interpretación; empecemos por contarle un dato que quizás él no conoce, una cifra o suceso que para él no resulte amenazante para su edificio de creencias.

La gente cree que lo que piensa es correcto, pero también admite que hay cosas que todavía no conoce, y además cree que lo que dice la ciencia siempre es correcto, así que darle un par de datos nuevos no parecerá una amenaza sino una oportunidad de actualizar su imagen del mundo. ¿Cómo va a discutir una persona del común si escucha en las noticias que en Mocoa fallecieron más de 300 personas como consecuencia de la avalancha de los días anteriores? Por supuesto que no faltará un loco que diga que son mentiras de los uribistas, y otro que diga que eso es consecuencia del Acuerdo de La Habana con las FARC, pero la inmensa mayoría tomará esa cifra, ese dato, como cierto, y lo agregará a su paquete actual.

Así pues, si usted le cuenta a alguien que, según datos del Ministerio de Educación, el 54,5% de los que se gradúan en las universidades son mujeres, y, por otra parte, que el 87% de las empresas que son dirigidas por mujeres han crecido el último año por encima del índice de crecimiento del país, es decir, están jalonando en forma importante la economía nacional, inevitablemente en esa persona quedará la idea de que las mujeres son capaces, instruidas, trabajadoras y exitosas.

Si esa persona ha venido pensando hasta entonces que las mujeres son menos inteligentes que los hombres, por allá en el fondo de su oscuro sótano de creencias se levantará una vocecita casi inaudible que dirá con algo de sorpresa: “Entonces no son tan brutas...”. Independientemente de lo que ocurra luego en esa conversación, ya quedó sembrada en su mente una idea que generará un cambio de pensamiento, de opinión respecto de las mujeres, en el mediano o largo plazo.

Ahora, imagine que usted no empezó por darle esos datos del estudio mencionado sino que empezó por decirle que las mujeres son igual de inteligentes, o más, que los hombres. ¿Cuál cree que sería la reacción de esa persona y el rumbo de la conversación? Seguramente se engancharían en una serie de argumentaciones sin peso, en un alegato digno de plaza de mercado, hasta con gritos y agitación de la respiración, con alusiones personales desobligantes... en fin, una soberana pelotera.

¿Quién sale ganando de esa riña? Ni usted, ni ella, ni la imagen de las mujeres. ¿Conclusión? Era mejor haberse quedado callado.

Así que tenemos dos vías para una conversación. La primera es la que casi siempre usamos: Lanzamos una opinión y después nos desgastamos tratando de defenderla frente a la opinión contraria de otra persona. La segunda es presentar unos datos serios, probados, sobre el tema que nos interesa y atender las conclusiones que sobre los mismos saque la otra persona.

Si somos cuidadosos en el manejo de estos datos presentados, si no nos apasionamos, si no caemos en la manía de presentar “la única e indiscutible conclusión que solamente nuestra inigualable inteligencia puede sacar”, si hacemos preguntas en lugar de afirmaciones, con seguridad que no tendremos un enfrentamiento desgastador y podremos terminar la charla con aprendizaje y con amigo.

Como hemos dicho aquí varias veces, y como me repito a diario para no meterme en discusiones innecesarias, la única vez que vale la pena dar una opinión personal es cuando la solicitan, y eso con todas las salvedades convenientes.

Mientras una persona no pregunte, es mejor no anticiparse a “responder”, y cuando pregunte, es mejor responder con los datos que conozcamos. Dejemos que la otra persona saque sus propias conclusiones sobre los datos presentados. Si a la persona no le satisfacen los datos, tendrá que ir a la fuente y discutirlos con ella, no con nosotros.

Y si no sabemos del asunto, es mejor reconocerlo con un simple “No sé”, que ponernos a especular y a hablar como si supiéramos.

Namasté.

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