Vie, 11/29/2019 - 10:59
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A marchar con el libertador

A continuación presentamos el escrito de Edwin Manuel García, lector de la Revista Enfoque que nos envía su réplica tras la publicación de la columna de opinión "Marchar para liberarnos del libertador" de Andrés Felipe Giraldo López.

A MARCHAR CON EL LIBERTADOR

En días pasados tuve conocimiento de un artículo titulado “Marchar para liberarnos del Libertador”, escrito por Andrés Felipe Giraldo y publicado en esta revista, el 18 de noviembre del año en curso (ver aquí: https://revistaenfoque.com.co/opinion/marchar-para-liberarnos-del-libertador).

Al leerlo tuve la obligación de escribir estas líneas, sin pretender encauzarme en una controversia histórica o académica. La intención, con toda la humildad posible, es hacer justicia con un personaje histórico al que, a mi parecer, se le debe todo el reconocimiento, respeto y consideración, además del estudio concienzudo de su vida, obra y legado.

Aunque comparto varios planteamientos del mencionado artículo respecto a la situación del país, considero que faltó respeto y consideración hacia la figura de Simón Bolívar. Puede decirse que la reflexión, aunque válida en sus elementos actuales, parte de un supuesto histórico desatinado.

Muy difícilmente podrá alguien hacerse una idea completa y escribir con acertada solvencia sobre el pensamiento de Bolívar, basándose en un breve párrafo de un documento escrito por él en un momento determinado, en un contexto preciso. No se puede juzgar a Bolívar por ese párrafo para atribuirle un carácter eurocentrista, ni clasista, discriminador de indígenas o conservador.

Lo primero debe ser ubicar el contexto del dicho documento y ampliar las ideas con otros documentos, proclamas, discursos, cartas, decretos y aspectos de la vida de Bolívar. No hacerlo puede conllevar a inexactitudes y al atropello de la memoria del personaje, máxime si se llama a enterrarlo, marchar con su ataúd para darle sepultura, etc.

La Carta de Jamaica, documento de donde se extrajo el párrafo para elaborar el artículo en cuestión, fue escrito en aquella colonia inglesa, de hecho, fue dirigida a un ciudadano inglés, en un momento en que Bolívar buscaba apoyo de Inglaterra para desarrollar la guerra libertaria. Nada de raro fuese que lo planteado en esa misiva buscara “coquetearle” a los ingleses, proyectando para Colombia una forma de gobierno similar a la de aquellos, para obtener la ayuda requerida, ayuda que, por cierto, jamás se dio, aunque Bolívar la solicitara en varias ocasiones, porque notó que Inglaterra podía ser un aliado importante contra España, como también pudo serlo los EEUU, país que también negó esa ayuda que nos hubiese podido ahorrar sangre y episodios crueles de nuestra lucha emancipadora. Entonces, ¿jugar con el ego inglés para obtener armas y equipo bélico? ¿Cosas de conveniencia? Quizá…

Sea como fuese, lo cierto es que Bolívar esbozó el principio de un pensamiento que Martí desarrolló con sobrada capacidad: originalidad creadora para encontrar formas institucionales adecuadas a nuestro ser y a la idiosincrasia de estos pueblos que rompían las cadenas después de cuatrocientos años de servidumbre y tinieblas. Sin ser un teórico consumado, porque estaba haciendo la guerra y explorando caminos que nadie se había atrevido a recorrer, se adentró en la compleja materia de caracterizar nuestra composición y naturaleza nacional, indicando en el Discurso de Angostura, en 1819: “no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles”[1]

En ese sentido, Bolívar señaló en ese célebre discurso: “¿No dice el Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Qué es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Qué las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos? ¿Referirse al grado de libertad que la constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales?”

Más adelante dijo: “así, pues, os recomiendo Representantes el estudio de la constitución británica (…) pero por perfecta que sea estoy muy lejos de proponeros su imitación servil”.

Admirador de lo más avanzado del pensamiento político de su época, fue enemigo acérrimo de la imitación servil, ni respecto a Inglaterra o Francia, ni Estados Unidos. Martí, cuyo padre espiritual fue Bolívar, planteó con prosa inspirada esta idea en su artículo Nuestra América: “el gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.

Expresó el Apóstol de Cuba: “injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras republicas”. Es la idea esencial del pensamiento bolivariano.

Nada más ajeno al espíritu del Libertador que una sociedad estratificada y dividida por odiosas circunstancias sociales, políticas, económicas o raciales: “la igualdad es la reina de las virtudes republicanas y con ella se sostiene la justicia y la libertad que son las columnas de este edificio”[2]. “Necesitamos de la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las opiniones políticas y las costumbres públicas”[3].

Ciertamente, la necesidad de asumir la dictadura y su propuesta de órganos públicos con carácter vitalicio y/o hereditarios, son difíciles de asimilar en nuestro contexto. Para entenderlo, otra vez se exige la contextualización de los hechos, así como el estudio profuso de la vida y obra del Libertador. Además, se hace necesario despojarnos de los cánones impuestos por la idea de democracia occidental.

En general, en la idea de crear formas propias y originales que se correspondieran con las necesidades del momento histórico, Bolívar planteó iniciativas osadas. Pero, nada es malo o bueno per sé, tampoco lo es la idea de órganos vitalicios o hereditarios, porque, por ejemplo, una forma de gobierno que puede parecer tan anacrónica como la monarquía, se mantiene hoy día en Inglaterra, contribuyendo, de alguna manera, a la estabilidad de esa prospera nación.

Los ingleses mantienen soberanamente esa forma, como los franceses la suya y los norteamericanos otro tanto. Se les respeta, aunque puedan parecernos extrañas sus formas. El problema es que ellos no respetan las formas que nuestros países adoptan soberanamente y, haciendo uso de su poder económico y militar, pretenden encasillarnos en lo que ellos consideran apropiado desde el punto de vista de “su” democracia, que más tiene que ver con su apetito voraz de recursos naturales y riquezas ajenas.

Por efecto de la dominación instaurada por las potencias occidentales, se nos hizo creer que “su” democracia es la única forma válida. Entonces, según ellos, Cuba no es democrática porque Fidel fue presidente por varios periodos y hay un solo partido, pero Colombia sí lo es, porque se elige presidente cada cuatro años, aunque aniquilen a la oposición. Según ellos, Evo es un dictador porque “quiso perpetuarse” en el poder, pero la Merkel es una gran mujer y representa el sistema democrático alemán, aunque esté en su cargo desde 2005. ¡Vaya paradoja!

Según Bolívar, “el sistema de Gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”[4], sea cual sea la forma o denominación que se adopte. Esta idea riñe con la “democracia occidental”, porque las potencias que la publicitan no están interesadas en la felicidad de otros pueblos y, más que por la esencia realmente democrática, solo se preocupan por la apariencia democrática: gobiernos de cuatro años, aunque solo gobiernen los poderosos; elecciones cada cuatro años, aunque en las campañas se imponga el dinero, incluso el obtenido ilegalmente; muchos partidos, aunque ninguno represente legítimamente al pueblo, entre otras veleidades.

La controvertida propuesta de un senado hereditario (o de un presidente vitalicio) se basa en la idea de un órgano e individuos impregnados de virtudes, moral y luces, que verdaderamente representen los intereses de la nación en todo momento, ajenos al afán despótico y los tumultos anárquicos, frenos a la dominación de los poderes económicos.

Ciertamente, puede ser un planteamiento que idealiza al género humano y a una sociedad cuasi perfecta, pero es que en Bolívar “poco importa a veces la organización política, con tal que la civil sea perfecta”[5] ¿Imposible? ¡Yo prefiero creer que no! ¿Adelantado para su época? Sí, pero la humanidad habrá de avanzar hacia esos estadios de civilidad, donde el ejercicio del gobierno sea una responsabilidad delegada solo a los más capaces y dignos hijos de una nación, consagrados a esa labor sin más interés que el servicio a la sociedad de por sí virtuosa.

Ahora bien, Bolívar, aunque dueño de un pensamiento avanzado incluso para este tiempo, fue un hombre de una época específica, el cual usó la terminología de ese momento: ¿cómo pedirle cosa distinta? ¿Cómo hacerse entender sin usar los términos de su tiempo? Su referencia a “los salvajes”, a pesar de ser desafortunada en este y aquel momento, no lo hace enemigo de nuestros pueblos originarios. Él procuró reivindicar a estas comunidades y respetar sus derechos: “los pobres indígenas se hallan en un estado de abatimiento verdaderamente lamentable. Yo pienso hacerles todo el bien posible: primero, por el bien de la humanidad, y segundo, porque tienen derecho a ello, y últimamente, porque hacer bien no cuesta nada y vale mucho”[6]. Profesó inmensa admiración por las civilizaciones precolombinas, lo cual dejó plasmado en carta a Hipólito Unanúe, fechada el 22 de julio de 1825: “diré a usted con franqueza que los nietos y conciudadanos de los incas son los mejores de los peruanos”.

El Libertador no puede inscribirse en ninguna corriente conservadora del pensamiento. Su talante, eminentemente revolucionario, rompió todo esquema para crear con originalidad en el plano militar, político, constitucional, como estadista, liberador de esclavos, redentor de indígenas o reformador agrario.

Mal pudiese afirmarse que Bolívar, excomulgado en diferentes lugares, fuese una figura confesional y católica, como lo fueron quienes inspiraron la creación del Partido Conservador Colombiano. Recordemos, por ejemplo, que refiriéndose a las riquezas del clero católico con ironía expresó: “cuando tomásemos la mitad de sus rentas, no haríamos más que ponerlos a medio sueldo como está todo el mundo. Respeto mucho su ministerio sagrado, pero como su reino no es de este mundo, por desprenderlos de los bienes mundanos debemos aliviarles la conciencia”[7]. No puede pensarse en un Libertador-conservador sin retorcer el entendimiento lógico y natural de ambos conceptos. Bolívar no fue padre del Partido Conservador, tampoco del Liberal, su pensamiento inabarcable no se podía someter a esquemas ni cuadrículas, a dogmas ni sectas.

Como viene dicho, su formación y espíritu, moldeados por el maestro Simón Rodríguez, tenía como base fundamental la creación original, bebiendo de lo más ilustrado de su época. Podemos resumirlo en la máxima: “todas las escuelas y ninguna escuela, he ahí la escuela”.

Por eso resulta inexacto también ubicar el pensamiento bolivariano como fuente del actual sistema de cosas que impera en Colombia. Precisamente, a la muerte de Bolívar y la derrota de su proyecto político, se impuso el modelo de estado y sociedad que hoy tenemos, surgido de quienes asesinaron con balazos a Sucre y con la calumnia y desunión al Libertador.

Es un hecho que quienes llevaron a la pena moral a Bolívar y celebraron en los elegantes salones bogotanos cuando este exhaló su último suspiro en Santa Marta, son los autores vergonzosos de la sociedad excluyente y clasista que hoy padecemos.

El leguleyismo y formalismo exagerado que domina este país, tienen su origen en figuras que conspiraron aquella noche septembrina contra el Libertador. Es más, Bolívar, proclive al proteccionismo económico, se opuso a la falacia librecambista, la cual, siglos después, mutó al neoliberalismo que hoy ahoga en miseria, pobreza y hambre al pueblo colombiano.

Esta sociedad, envuelta en disputas y guerras sangrientas surgidas de los partidos que el Libertador tanto fustigó (incluso en su última proclama lo expresó: “si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”[8]); esta sociedad confesional y víctima del libremercado, se estremece hoy como queriendo despertar del letargo secular y, casi treinta años después, empieza a luchar con decisión para materializar lo enunciado en la Constitución de 1991. 

Ahí, en la calle, descalzo y descamisao, veo a Bolívar entre la multitud que exige paz con justicia social, procurando hacer lo que dejó inconcluso: proporcionarnos libertad, soberanía y la mayor suma de felicidad y seguridad social posible, para hacer avanzar la humanidad hacia los escenarios de civilidad que le corresponden.

Es el ideario bolivariano el pertrecho que hace falta a las clases populares para guiar su acción e inspirarse en un hombre que fue consecuencia absoluta, tanto así que entregó todo de sí para morir miserable y solitario, crucificado por quienes obtuvieron de él la gloria de ser libres.

¡A marchar con el Libertador!

 

[1] Simón Bolívar. Discurso de Angostura, 15 de febrero de 1819.

[2] Simón Bolívar. Discurso con motivo de la incorporación de Cundinamarca a las Provincias Unidas. Bogotá, 23 de enero de 1815.

[3]  Simón Bolívar. Discurso de Angostura, 15 de febrero de 1819.

[4] Ibídem.

[5] Simón Bolívar. Discurso con ocasión de la presentación del Proyecto de Constitución para Bolivia. Lima, 1826.

[6] Simón Bolívar. Carta al general Santander. Cuzco, Perú, 28 de junio de 1825.

[7] Simón Bolívar. Carta al General Santander, Pamplona, 8 de noviembre de 1819.

[8] Simón Bolívar. San Pedro Alejandrino, Santa Marta, 10 de diciembre de 1830.

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