Dom, 12/05/2021 - 08:01

Materiales para ser humano hay muchos y no suficientes

Antes de venir a decirles esto, y decir cualquier cosa e ir a cualquier lugar, en realidad, tuve que llevar a cabo una especie de ritual, se trata de una especie de inventario completo de las partes de mi cuerpo, pero no sólo de las que sobresalen a la vista, porque sería muy fácil contar dos ojos de diferente tamaño, dos brazos con dos manos al final más grandes que ellos, dos piernas varicosas, un tronco desviado que jamás se enderezará, una cabeza más grande de lo normal y poco más, sino de todas las partes de mi cuerpo, huesos, músculos, arterias, la cantidad exacta de sangre, los glóbulos blancos y hasta el total de neuronas, esta cifra la obtengo y la registro muy rápido, porque nada más con el inventario ya mueren varias una tras otra.

Por supuesto que se trataría de una tarea titánica si no contara con la ayuda de los robots que me implantaron el año pasado para que, por medio de su proceso de regeneración programada, repararan una herida que, a la velocidad normal no hubiera cicatrizado a tiempo y hubiera llevado a padecer una enfermedad que va en camino de la extinción. Tengo que hacerlo, primero que todo, porque es mejor saber si soy completamente yo, o, mejor dicho, si soy todo yo, o mayoritariamente yo, no invoquemos a los espíritus puristas de la matemática del lenguaje, el que viene a decir lo que quiere y no otro que viene a decir lo que quiere que ustedes piensen, y, segundo, porque no puedo controlarlo y no puedo evitarlo, es como si fuera una especie de programación que tienen las células robóticas para no autodestruirse por omisión.

Dicho esto, aclaro que lo poco que vengo a contarles está relacionado con la experiencia casi única de ser una especie de ciborg, de androide o de lo que signifique llevar dentro de mi humanidad partes vivas de una máquina sin vida. Pero también es algo puntual, y vital, de hecho, para que yo mantenga la cordura y no me salga de mis límites programados y resulte desobedeciendo alguna de las tres leyes de la robótica de Asimov. Se trata, entonces, del problema vitalicio que esto me causó, y que se resume en ser un transportador de animales fabricados en un laboratorio sin invasores extraños y en donde nadie se entera de que estamos ahora mismo acá y, mucho menos, de quiénes somos los que hospedamos a sus criaturas para toda la vida. Y, como sabemos todos los presentes, ser un transportador es, también, ser una isla que viaja a la deriva y nadie sabe, aunque sea dentro de cinco mil años, si va a encallar en donde nadie sabe que es una isla y puede ser confundida con un barco invasor.

Que para qué, entonces, hago tal inventario si las células robóticas se encargan de que yo no me descomplete por ninguna de mis heridas, se preguntan varios acá. Es por eso que debo hacerlo, porque no quiero un día, sabiendo que soy más robot que persona, venir a contarles algo sin fines de lucro, porque, como sabemos desde que existen los clásicos de ciencia ficción de principios del siglo veinte, por no decir antes, para no extendernos, que los robots no hacen nada gratis y, mucho menos, sin pensar en no perder algo en el intento.

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