Dom, 04/22/2018 - 05:46
Fotografía tomada de la página actitudfem.com

Me fui, pero me quedé

Vivo en Alemania hace casi siete meses y aún no me despego de ese largo cordón umbilical que atraviesa el océano desde Colombia. A pesar de que mi reloj marca siete horas más tarde y estoy a nueve mil kilómetros de distancia, sigo mental y espiritualmente en el país en el que nací, crecí y me reproduje. Aún no sé si moriré allí. Pocos humanos pueden adivinar en dónde van a morir, aunque parezca fácil suponerlo.

Algunas personas cercanas me han dicho en tono de regaño que debo desprenderme, que haberme ido también debe marcar una distancia emocional con un país con el que me siento profundamente compenetrado porque, mientras pude, conocí su realidad profunda en los trabajos que desempeñé como funcionario público y contratista de la Fiscalía, de Acción Social (ahora DPS), de la Superintendencia Nacional de Salud y de la Secretaría de Transparencia de la Presidencia, entre otros, trabajando desde Bogotá y también en las regiones. Esas personas que me hablan saben que pensar en Colombia me afecta, porque allí están mis afectos.

En esa Colombia profunda me hice consciente de los padecimientos que sufren los ciudadanos para acceder a servicios básicos como salud, educación, vivienda, alimentación y justicia, y también pude percibir la poca fe que las comunidades más vulnerables tienen en el Estado, un ente en el que ven más un obstáculo que una ayuda, porque los entramados de la corrupción llegan primero a la gente que las soluciones de los gobiernos de turno para satisfacer esas necesidades básicas.

Los políticos aparecen en esas comunidades en cada elección a vender promesas y a comprar votos, conscientes de que las necesidades que han fabricado a través de la corrupción harán de esa comunidad una presa fácil para que vendan su conciencia por un tamal, porque de poco les sirve la conciencia y de mucho el tamal, aunque sea para calmar el hambre por un día. Las personas necesitadas no están pensando en las implicaciones estructurales que tiene vender su voto ni se hacen cuestionamientos morales. Ellos tienen hambre y el hambre no tiene conciencia.

Es equivocado decir que en Colombia la corrupción es solo un problema del sistema cuando es claro que la corrupción es el sistema mismo. El sistema funciona sobre premisas corruptas. Colombia tiene una pirámide social con una cúspide muy estrecha y una base muy amplia. La política se ha concebido como la dinámica que legitima y mantiene a través de las urnas esa pirámide inamovible, como está, por siempre. A eso lo llamamos “establecimiento” o “status quo”. Las élites dominantes en Colombia se pueden identificar con facilidad porque los apellidos de sus gendarmes están estrechamente ligados al sector bancario, industrial y por supuesto, también al sector político del país y lo han estado durante mucho tiempo, durante décadas o siglos, como una casta reproducida a través de su linaje.

Son muy pocas familias las que han acaparado las tierras fértiles, el sector bancario, los medios de comunicación y los renglones más rentables de la industria y el comercio nacional. Y son esas familias las que han movido la política con los hilos a través de los cuales se eligen las mayorías de congresistas que votan las leyes que favorecen al sistema y que fortalecen la concentración de la riqueza por medio de monopolios en el sector privado que disfrazan de competencia en el mercado. Porque finalmente, son los mismos, esas familias poderosas de siempre, las que tienen la capacidad para proveer los servicios que la comunidad demanda, de la forma y al precio que ellos establecen. Y también son esos gendarmes de la economía quienes hacen elegir sus herramientas en el poder ejecutivo, es decir, presidentes, gobernadores y alcaldes, para que esos políticos elegidos garanticen que los cambios sociales sean meramente cosméticos, pero que nunca se vean en riesgo sus privilegios, a los que ya asumen como derechos.

Por eso Colombia es un país cada vez más desigual, en donde a la corrupción estructural que he intentado develar aquí, se suma la corrupción que se deriva de la podredumbre y degradación moral de quiénes quieren ascender rápido y sin mucho esfuerzo en esa pirámide perversa de la sociedad colombiana, en la que es muy difícil ascender por méritos y en donde ser honesto es mucho más desventaja que ventaja para lograr los objetivos en la vida. La gente le huye a la pobreza sin importar las implicaciones éticas o morales y, una vez superada la pobreza, la ambición se convierte en una forma de vida que no tiene techo ni escrúpulos.

Y para sostener toda esta pirámide corrupta, una estructura judicial igual de corroída, complaciente y pusilánime, que da ejemplo y llena las cárceles con los giles que se roban las sobras que se caen de la mesa, mientras manda a centros vacacionales con unas penas irrisorias a quienes más daño le hacen a la sociedad, amparados en la misma ley que los corruptos han creado para blindarse y para garantizar una impunidad eterna y además legal.

La corrupción en Colombia es el sistema, es la estructura y es la cotidianidad. Los políticos a través de la corrupción crean las necesidades que luego prometen solucionar en campaña y se ganan el favor con sus promesas o compran el voto con la plata de la misma corrupción. Es un círculo vicioso de nunca acabar. Aún hay quienes creen de manera ingenua que a través de la ley se puede acabar la corrupción, cuando el fondo del asunto es cultural y no hay ley que cambie una cultura.

Vivo en Alemania hace siete meses. Un país que provocó dos guerras mundiales en menos de cincuenta años. Un país que tocó fondo a través de una ideología absurda basada en una superioridad racial inexistente que por poco los aniquila como nación y que los llevó a cometer atrocidades indescriptibles. Desde mediados del siglo XX se han venido reconstruyendo, repensando, reinventando y silenciosamente lo han logrado. Ahora es un país mucho más incluyente, mucho más plural e indudablemente, próspero. Vivo cerca de una casa de tercera edad gigante. Son cinco bloques de apartamentos repletos de viejitos y viejitas que me encuentro todos los días caminando por los caminos que suelo transitar. Independientemente de su pasado, han sido ellos, esa generación, los que han vuelto a levantar esta gran nación que estaba derruida física y moralmente superando el estigma que les legaron las guerras y sus desquiciados líderes de antaño, para dejarle un país prometedor a las nuevas generaciones. Fueron ellos los que cargaron con el repudio del mundo, con una nación dividida por un muro y con mucho por reflexionar. Y ahí están, en sus hogares para ancianos viviendo los últimos días en el país que reconstruyeron con mucho esfuerzo y trabajo, en silencio y con valor. Supieron pasar la página desde una generación consciente y avergonzada de la historia que les dejaron.

En Colombia parece que a Gaitán lo hubieran matado ayer. Y no ha habido generación que se atreva a reconstruirla o al menos a construir una historia de la que nos podamos sentir orgullosos. Tenemos mucho por aprender y mucho por corregir. Alguna generación tiene que empezar.

There are 4 Comments

Excelente publicación, equilibrada y coherente, cosas difíciles de encontrar en los escritos de la actualidad.

Sí, sin duda la corrupción es una cuestión cultural. Los colombianos nos mentimos creyendo que la corrupción sólo involucra a las élites, cuando en realidad hace parte del imaginario colectivo, de la forma como nos relacionamos entre individuos. Los que nos fuimos pero debemos o queremos regresar, los que como usted no marcan la distancia emocional, y en cambio siguen aportando con su mirada crítica para que germine el cambio y, los que permanecen y son conscientes de la necesidad de revaluar valores individuales para formar familia y sociedad, quizá seamos esa generación.

Que buen texto, demoledor, abrumador e inquietante. Presenta los males que nos afectan como sociedad, males que no se olvidan ni aún con las distancias más extraordinarias cuando uno tiene sentido de su terruño.

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