Mar, 07/09/2019 - 08:41

Migración, reproducción y conformación de familias venezolanas en Colombia

Cuestiones (NO) éticas de la opinión

La migración, la reproducción de la vida –que abarca la sexualidad, la decisión de concebir nuevos seres y el cuidado de los mismos– y la conformación de familias son inherentes a la vida individual y colectiva. Desde las ciencias sociales se ha sostenido que estos fenómenos se encuentran presentes en todas las sociedades, aunque varíen culturalmente. Las autoridades y las instituciones los han regulado mediante mecanismos que divergen de acuerdo a grados específicos de injusticia.

Entre estos vale la pena destacar la restricción de la movilidad humana a lo largo de fronteras transnacionales, así como la militarización de estas; los exterminios étnicos; el control de la natalidad de quienes migran; la separación de núcleos familiares, y la manipulación afectiva de aquellos que poseen estatus de «ciudadanos» dentro de un Estado nación para producir ambientes favorables al racismo, la xenofobia y todo tipo de discriminación.

En escenarios políticos donde se debate sobre la migración, la reproducción y la familia los periodistas y columnistas tienen roles protagónicos. Ellos, de acuerdo a una vocación que emana de cuestionar el poder, pueden contribuir a generar entornos más favorables para la población migrante tanto en el terreno de lo jurídico –donde se disputan los derechos y los significados otorgados a la ciudadanía y la democracia–, como en la vida cotidiana. A pesar de esto, existen periodistas y columnistas que se asumen como «críticos del poder», pero que defienden el statu quo. Sus opiniones, ideas y actividades de divulgación de información solo buscan proteger los intereses privados de los políticos y las empresas de medios de comunicación. La crisis venezolana ha servido para que algunos rechacen las atrocidades de un régimen que traicionó a su pueblo, pero también ha sido útil para que otros cimenten ideológicamente a este Gobierno y a los grupos económicos, siempre tan interesados en sacar réditos de la desgracia humana.

Desafortunadamente, periodistas y expositores de opinión que cuentan con trayectorias reconocidas a nivel nacional e internacional han emitido opiniones no éticas sobre la presencia de venezolanos en Colombia. Bajo ideas como «paren de parir» o «derechos supeditados a deberes» se han divulgado ideas problemáticas sobre cuestiones íntimas y simultáneamente públicas acerca la vida de los venezolanos en nuestro país. Las elecciones de migrar, tener hijos y crear familias no siempre surgen del cálculo económico de los migrantes. Desconocer que estas decisiones emergen de emociones y situaciones individuales ligadas a escenarios políticos, y de la misma división internacional del trabajo, es una falencia analítica enorme. Asimismo, decir que los migrantes venezolanos necesitan ganar nuestro afecto para mitigar la xenofobia es inapropiado e infame. Por estos motivos, las últimas dos columnas escritas por la periodista Claudia Palacios se convierten en ejemplos de opiniones no éticas y de actividades periodísticas desdeñosas frente a quienes migran anhelando vivir con dignidad.

En la primera columna, titulada «Paren de parir», Palacios alerta sobre el nacimiento de aproximadamente veinte mil bebés descendientes de venezolanos en Colombia. Sus preocupaciones emergen de la decisión individual de los migrantes: ¿cómo es posible que las venezolanas tengan hijos viviendo la pobreza, el hambre y el frío?, ¿qué le espera a esos niños que nacen pobres?, ¿por qué las familias deciden parir hijos en esa situación?, y ¿por qué eligen convertirse en una carga para el Estado? Es importante señalar que en este texto Palacios refleja un sesgo de clase y género: se dirige a mujeres venezolanas, pobres y embarazadas, o madres. A ellas les atribuye la responsabilidad por parir pobres y saturar al Estado. Además de esto, añade un regaño general para todos los venezolanos: «Pero, queridos venezolanos, acá no es como en su país […] Así que la mejor manera de ser bien recibidos es tener conciencia de que, a pesar de los problemas internos, Colombia se las ha arreglado como ningún país para recibirlos, pero si ustedes se siguen reproduciendo como lo están haciendo, sería aún más difícil verlos como oportunidad para el desarrollo que como problema».

Esta columna es problemática por varias razones. En primer lugar, Claudia Palacios es ambigua sobre sus propias fuentes. Las nombra, pero nunca especifica los mecanismos por los cuales obtuvo la información, o dónde aparece esta en caso de que sea pública. Acerca del nacimiento de los miles de bebés venezolanos solo informa que el dato fue producido por Migración Colombia, cuando el Estado ha generado ya un Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos (RAMV) con miras a crear políticas públicas. Eso puede ser interpretado como falta de transparencia a la hora de presentar su opinión (lo que es a todas luces una cuestión ética y algo que hace parte de su ejercicio del periodismo), o quizá carencia de rigurosidad. Esto último llama la atención, ya que la rigurosidad es un valor continuamente reclamado por Palacios a sus colegas y a profesores de comunicación y periodismo. En segundo lugar, ella entiende a los migrantes no como seres humanos, sino como «peones» para el desarrollo. De ahí que les diga: «si no pueden ser útiles para el desarrollo, entonces son un problema». En tercer lugar, la periodista no escudriña críticamente al Estado; en cambio, lo alaba. Está en su derecho, pero como expositores de opinión tenemos la obligación de revisar fuentes, analizar con esfuerzo y producir ideas para la transformación social. El género de escritura de opinión no nos exime del compromiso político y la responsabilidad ética con quienes más sufren. El Estado colombiano siempre ha sido inoperante en cuanto a garantizar los derechos humanos. Los halagos en este caso resultan por completo impertinentes. 

La segunda columna profundiza más la visión supremacista y xenófoba de Claudia Palacios. Antes que todo es irrespetuosa con los lectores. En una dificultad por ser consciente de las limitaciones que le impone su propio ego, Palacios nos dice que «hicimos una lectura equivocada». Miente, además, porque afirma que nos instó a ser solidarios con los migrantes venezolanos. ¿Cómo ser solidarios con las mujeres venezolanas cuando se les juzga mal por su ejercicio libre de la maternidad, en vez de reclamar por sus derechos en territorio colombiano?, ¿cómo ser solidarios cuando Palacios implica que la decisión de las venezolanas de tener hijos obedece a un cálculo económico para acceder a subsidios?, ¿cómo podemos ser solidarios si solo notamos el valor de los venezolanos por su contribución al desarrollo y no por su humanidad? En este segundo texto Palacios también pervierte la idea de «agencia» cuando dice que las personas vulnerables pueden reflexionar sobre su propia realidad. Es verdad: hombres y mujeres ejercemos la agencia de variadas formas, pero existen estructuras que nos condicionan. Por eso, los pobres no pueden dejar de serlo aunque quieran y luchen. El binomio estructura-agencia siempre es importante para analizar fenómenos sociales; conviene que la periodista lo tenga en cuenta. Finalmente, Palacios culpa a los migrantes por la xenofobia que viven y se lava las manos sosteniendo –sin vergüenza alguna– que ellos pueden contribuir a disipar la discriminación si se ganan nuestro cariño. Nunca profundiza en aquella noción de que «no se ejercen derechos sin deberes». Y con todo esto, y de una forma francamente penosa, ignora un elemento básico de la vida política en la que se posiciona: los derechos son universales o al menos deberían serlo. Ya es suficientemente conocido que ella no está interesada en abogar por lo segundo.

La migración, la reproducción y la existencia de familias venezolanas en Colombia se sitúan en planos que articulan las elecciones individuales, y las dinámicas político-económicas de carácter nacional, regional y global. Como migrantes, los venezolanos enfrentan injusticias y violaciones a sus derechos. Un trabajo periodístico que documente las experiencias de los venezolanos debe dar cuenta de las realidades nefastas que experimentan, pero también de sus luchas, resistencias, opiniones y aspiraciones más altas. Las mujeres venezolanas aportan grandemente a sus familias en la decisión (siempre difícil) de migrar. Su trabajo debe ser reconocido como tal, así como su capacidad para sostener una familia a pesar de la precariedad. Una opinión ética sobre la migración venezolana también debería recoger estos asuntos. Lo que no es ético a la hora de presentar opinión o hacer periodismo es reforzar la opresión tal y como lo hizo Claudia Palacios.  

Vivian Martínez Díaz

Twitter: @VivianMartDiaz

Instagram: VivianMartDiaz

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