Jue, 12/12/2019 - 08:10

A mis amigos venezolanos

Un agudo dolor atrapaba mi estómago y se expandía por el cuerpo. No necesitaba ir a un médico, sabía que tenía física hambre. Era la tarde del 28 de enero de 1999 y llevaba más de 72 horas sin comer. Los dos primeros días pasaron tan rápido que ni me di cuenta por la intensidad del trabajo.

Pero ya el tercero, ese jueves, sentí la falta de fuerzas y sabía que no era el único con esa extraña sensación. Estaba en Armenia, ciudad colombiana, epicentro de un terremoto de 6,1 en la Escala de Richter. La comida escaseaba y quienes tenían la cuidaban muy bien. Esa noche abrió sus puertas un restaurante chino y las pocas cajas de arroz que pudimos comprar se fueron rápido entre un grupo de periodistas, camarógrafos y técnicos. Aunque dormíamos entre tres y cuatros horas en Pereira, las largas jornadas de trabajo no nos daban oportunidad de comprar nada.

La misma sensación de hambre, aunque no tan intensa, la volví a sentir casi 11 meses después en medio de otra tragedia ocasionada por la naturaleza, esta vez en la Guaira, estado Vargas en Venezuela. Una serie de deslaves, producto de las fuertes lluvias devastaron pueblos, mataron a cientos -algunos dicen que miles-, y desplazaron a muchos más. Una vez más mi apasionante trabajo me impedía comer, pero lo hacía con la certeza de que ya llegaría el momento. Ahora solo había que informar.

No ha sido hambre por necesidad o falta de trabajo o de recursos. Ha sido hambre por obligación, debido a una pasión que me ata al periodismo. Seguro que mis amigos periodistas lo entienden y lo han vivido.

Quise escribir esto tras leer la publicación de un amigo que dice: "Venezolanos o se comportan o se largan todos". Me dolió el solo hecho de imaginar lo que pueden sentir millones de venezolanos que han abandonado su tierra para aventurarse por el mundo, presionados por el hambre. No justifico el delito, pero no alcanzo a imaginar lo que pueden sentir un padre o una madre al ver a sus hijos llorar por el dolor que produce el hambre.

La xenofobia es uno de los peores males que podemos tener como seres humanos. No podemos andar señalando o estigmatizando a unos ciudadanos que hoy son víctimas de su propio gobierno. Fue precisamente Venezuela el país que, en medio de una gran bonanza, acogió a millones de colombianos que huían de la violencia o la pobreza.

No. Me niego a creer que los venezolanos que son inmigrantes, al igual que lo soy yo en este momento en Estados Unidos, y que tambien lo fui en Venezuela, sean delincuentes por capricho. Antes de señalarlos prefiero ponerne en sus zapatos y preguntarme qué podemos hacer los colombianos, desde la inmensa generosidad que nos caracteriza, por mitigar un poco el dolor de sus penurias.

Seguramente hay algunos que cometen delitos por simple bandidaje, pero deben ser una minoría y ya serán castigados por la ley. La inmensa mayoría de los venezolanos que llegan a Colombia, cruzando a pie nuestras fronteras y luchando contra lo indecible, son nuestros hermanos, como fuimos sus hermanos los que alguna vez encontramos refugio en ese gran país.

A mis amigos, a quienes me leen, toquen sus corazones y extiendan sus manos en ayuda de un hermano venezolano. Hoy, ellos nos necesitan.

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