Dom, 07/11/2021 - 08:57

No nos creen que no les creemos

A lo mejor porque trabajo todo el tiempo con mi imaginación, o porque creo en cosas en las que no se debe creer en este siglo de la muerte que nos tocó vivir, o porque vivo de decir mentiras que para otros son verdad porque las prefieren a las del mundo, o porque reciclo las historias que guardé por años en mis tripas con el fin de que nadie que haya estado cerca de mí se muera, el funcionario de la ventanilla me preguntó si no estaba mintiendo en los datos que diligencié en el formulario que me estaba recibiendo.

Hasta donde alcanza mi memoria, mentir en los documentos públicos es un delito, y, por si vienen los policías de la moral llegando a este recinto, tengo que decir que tampoco tengo en mis recuerdos una ocasión en la que lo haya hecho, así que le respondí que no había ningún problema, que todo lo allí consignado estaba bien. Él procedió a estamparle al papel su firma mecánica y la automática de caucho y tinta de la entidad correspondiente. Me regresó la copia de mala gana, como manda el estatuto invisible del funcionario público visible y me pidió con sus manos que me retirara de la ventanilla mientras inspeccionaba sus quehaceres personales en un cajón tan desordenado como mi boca llena de preguntas.

Ese episodio me hizo pensar otra vez, justo al tocar con mis pies la calle ruidosa de aquella avenida llena de civilización, que para que alguien nos crea no necesitamos decir la verdad, sino que lo que decimos esté o certificado o respaldado por alguien más importante o prestigioso o por algo más grande que nuestra humanidad. Tal y como sucede con los premios literarios, que nuestra obra sea tocada por la gracia o, como sucede en los trámites migratorios, que el documento que somos sea rociado por el néctar mágico de la aprobación, basta con un algo para que otro algo o, peor, un alguien, sea válido o esté listo para continuar su camino hacia el mismo lugar sin nombre que van los demás. Pero, y es justo aquí adonde quería llegar esto que no va para ninguna parte, me pregunté, mientras cruzaba la calle por encima de las rayas blancas con alias de animal, por esas cosas, o sea, esas personas y vidas que no han terminado de tramitar aquello que les permitiría ser lo que quisieron o lo que debieran. Así como el semáforo cambia infinidad de veces de color, ellos, a veces rojos, a veces amarillos, y a veces verdes, de tanto ir de trámite en trámite y de permiso en permiso, ya ni sabrán a lo que iban y, mucho menos, sabrán ni quiénes eran ni a qué iban a esa ventanilla que ni saben dónde queda. Por eso, es muy común que la gente que sale de un momento tan traumático como esos, pregunte por la parada del transporte público o por quién es el presidente de turno, porque nadie le cree a alguien que no ha sido autorizado para tener la verdad.

Que de qué se trataba el formulario, se pregunta usted, señor de la primera fila, con su gesto de desaprobación e inquisidor a la vez. Pues era para solicitar la ciudadanía del país que me inventé para cuando todos los que habitamos este terminemos de ponernos de acuerdo en que está más muerto que sus antepasados. Queda esperar que el trámite no me cueste la vida, o se demore toda mi vida en no llegar.

@SergioMarentes

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