Dom, 10/10/2021 - 09:51

Otra vez será si las cosas no se mueren luego de nosotros

Sin importar de dónde vengan, las cosas, que, como dice Melquiades, el gitano mayor que habita en Cien años de soledad, cada vez que lo leemos, tienen vida propia, y que es cuestión de despertarles el ánima, terminan por apoderarse de los lugares que habitan, sin importar si eso es invadir lo que somos o, peor aún, lo que creemos ser.

Porque las cosas se parecen a los colonizadores, o tal vez son ellos los que se parecen a las cosas, pero no vamos a entrar en detalles, que no son horas de eso, nunca son horas de ir a las arenas movedizas. Pero esto que digo no es porque yo quiera ni porque se me ocurra, o, por el contrario, no es porque no se me ocurra nada más, sino todo lo contrario, es porque justo cuando empecé a pensar en estas palabras que diría hoy, aquí, frente a ustedes, el lugar, que también es una cosa, en donde lo haría, desapareció, como si tuviera voluntad propia. Y fue, porque lo es, como si el teatro en donde yo me paro ahora mismo a decir estas palabras desapareciera de la faz de la tierra con todo lo que tiene adentro, incluidos a todos ustedes y en donde están sentados y parados. Tras ese hecho, a quién se le iba a ocurrir que podría yo decir lo que iba a decir, si en ese justo momento yo era un habitante de un lugar que, por cuestiones de la tecnología, el azar o la mala suerte, acababa de colonizarme y, sin importar qué dijera yo, nada cambiaría hasta que, valga recordarlo, este hechizo se le diera la gana de deshacerse, es decir, hasta que mi colonizador se antojara de regresar a su casa, ojalá, con las manos vacías. Por eso tuve que esperar un tiempo prudente, tal vez hasta enterarme de que no era yo el que había dejado de ver el teatro aquel, sino que, por ser parte de la ilusión, todo lo que yo dijera o hiciera no sería visto por nadie porque, y aquí la maravilla, yo era invisible.

Pero ya todo pasó, por suerte, y aquí estamos todos, los más adecuados espectadores para vivirlo, como le sucede a las cosas que no usamos, que, en cambio, no se parecen a ellos, a los colonizadores, sino a las tierras en donde ellos llegan a posar sus garras afiladas, a esas playas vírgenes, aunque no sean playas ni vírgenes, en donde sus embarcaciones, aunque sean carruajes, vehículos de propulsión a motor o un mensaje instantáneo enviado a un teléfono celular, llegan y perforan lo que son los colonizados.

Agradezco la pregunta del señor de la primera fila, al cual amablemente le leí sus labios, y se la respondo de inmediato, antes de que, como a las cosas que sí usamos, se me acabe el tiempo y me convierta en otra cosa. Aquí donde me ven, tal y cual creen que me ven, no me están viendo, porque sigo siendo invisible, como el día en que nací, y desde el día en que nací.

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