Dom, 10/14/2018 - 09:33
Fotografía Andrés Felipe Giraldo L.

Pachamama

Hoy, una vez más, iba a regar mi bilis que se escurre desde mi hígado por los dedos hasta el teclado odiando con odio jarocho a este Gobierno desquiciado y a quienes lo eligieron con el criterio de un chontaduro sin sal. Cuando me disponía a ello, abrí las cortinas de mi ventana y me encontré con este paisaje. No tuve más remedio que relajarme, amar la vida a pesar de todo lo que la contamina y cambiar mi humor atrapado en esta magia hermosa llamada campo.

En la cabañita

Mi mirada se quedó clavada en las montañas del fondo como si fueran un imán de espíritus atormentados y vi ese sendero tan parecido a mi existencia, tan lleno de agua turbia por momentos, que seguí su rastro para darme cuenta de que entre más se empina menos se estanca. Respiré profundo y comprendí el significado etimológico de la inspiración no por sus raíces griegas o latinas, sino por el efecto que el aire puro tuvo en mis pulmones que para esta alegoría no son más que el contenedor del viento sereno de mi alma. Comprendí que inspirarse es dejarse llenar de paz a través de los sentidos, lograr una calma espiritual tan diáfana como las notas de las cuatro estaciones de Vivaldi, entrar en un estado de quietud tal que pareciera que el Universo gira a nuestro alrededor en una danza infinita de encanto, y neutralizar la tribulación, hasta un punto en el que el sufrimiento parece parte de la bondad de la vida como el buen maestro que exige para que aprendamos.

Este es el paisaje que me acompaña, el que elegí para huirle a la tristeza por unos días mientras la rotación y la traslación del Planeta deciden qué hacer conmigo mientras envejezco. Quise que por unas noches mi abrigo fuera una cabaña en una montaña al frente de otras montañas. Quise perderme, recluirme, aislarme y desconectarme de este mundo frenético que me exige lo que no puedo darle porque soy mucho menos valiente de lo que parezco entre las posturas falsas de la virtualidad en la que no somos más que un avatar exagerado, caricaturesco y mentiroso de nosotros mismos.

Acá todo es tan real como mi nostalgia escondida tras la pose de una persona que se sabe vulnerable y por ello se disfraza con caretas para enfrentar los días. Acá todo es tan natural como el deseo de que mis afectos vuelvan a su lugar más especial del corazón y en doble vía, entonces grito fuerte desde este balcón que amo a quienes amo y el eco me responde que también me aman, así solo sea una ilusión, así solo sea mi propia voz que yo vuelvo ajena por un segundo para darme esperanza, lo último que me queda, lo último que se pierde.

Este más que un lugar es un reflejo de lo insignificantes que somos en el Cosmos, de lo fugaz que es nuestro trasegar por el infinito y la lección de humildad más palpable porque es el escenario de una pequeñez exterior llena de grandeza interior que se hace tangible mientras contemplamos las estrellas echados en el pasto húmedo, en donde todo es inmenso afuera, tan inmenso como los sentimientos que nos desbordan y se vuelven agua en los ojos para distorsionar esas pequeñas lucecitas que entre lágrimas no son más que líneas difusas infinitas que le hacen un caminito de honor iluminado a las emociones.

Con Romeo. Tiene pinta de pitbull y alma de golden retriever

No sé si la felicidad se parece a esto que estoy sintiendo. Pero tengo la certeza de que sí es tranquilidad. Una tranquilidad que solo podría ser alterada por la presencia de algún humano atormentado incapaz de impregnarse de esta belleza tan sublime, de un ser amargo ávido de someter a su arrogancia a este verde de todos los tonos, de un agente infiltrado de la codicia y ambición que solo puede ver dinero a chorros en donde lo que hay es el único valor que nos puede garantizar esa felicidad que creo estar sintiendo: Vida.

Hoy, postrado ante esta Pachamama que me consiente en su regazo, enamorado hasta los huesos de los paisajes que le regala a mis ojos sin otra pretensión distinta a que le brinde el respeto que merece como uno más de sus hijos, solo puedo prometerle que daré la pelea para que esta fotografía que hoy inspira mis letras sea la misma mientras permanezca con mis pies acariciando sus prados y con mis manos atrapando sus frutos.

En este momento me sobran las ganas de escribir, pero me supera el deseo de internarme en el bosque, en las cañadas y las faldas. Por eso dejo acá impulsadas mis letras que volverán según el estado de ánimo que me invada, como siempre, como un ser que vive al ritmo de sus sensaciones sin más filtro que su criterio puesto a prueba por la estupidez humana de la que no está exento.

Con Juan Pablo, el arquitecto de la esperanza

Solo me queda agradecerle a Juan Pablo, mi sobrino y mi ahijado, por haber lanzado la red que hoy me atrapa, por ser el campesino convencido que eligió esta vida por voluntad, en una muestra abrumadora de inteligencia, sagacidad y comprensión de su momento histórico en donde se ha convertido en el héroe silencioso de las nuevas generaciones que no han entendido que se les está acabando el Planeta para su propia existencia. Cuando el humano desaparezca por su propia soberbia creyéndose amo y señor de estos cuadros impresionantes de belleza, cuando ya no exista agua y estemos cubiertos de petróleo sacado a las patadas desde las piedras más profundas, cuando no exista usted, lector, y yo, escritor, una placa hará la Pachamama para estos quijotes que aprendieron a convivir con lo que son: Naturaleza. Nada más. A pesar de nuestra arrogancia, somos mucho menos que lo que nos rodea. Somos la enfermedad de la Tierra. Somos su más preciada vergüenza.

Por eso he venido, a reconciliarme con mi única esencia. Gracias por tanto, querida Pachamama. A ti volveré hasta el final, cuando mis cenizas sean el abono de tu tierra. ¡Gracias!

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Justo a la derecha del alto árbol central (en la primera foto) se ve la cabeza de un hombre con sombrero negro, barba y bigote grande, largo. ¿Tienen un nombre para esa imagen?

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