Lun, 03/09/2020 - 08:47

Pequeños placeres

Era imposible no maravillarse con todo lo que encontraba a mi paso. Tomado de la mano de mi esposa, Ana María Mejía Arango, fuimos descubriendo paso a paso los secretos que escondía en sus rincones la capital del mundo. Juntos cumplimos las cosas que nos prometimos hacer en aquel viaje. Corría el mes de noviembre, de 2009, y los dos visitábamos por primera vez Nueva York.

Recuerdo que cuando programamos nuestra agenda para esa semana, que fue días previos a la celebración de Acción de Gracias, le dije que yo quería comer perros calientes en un carrito de la calle, los mismos que por años vi en las películas que tenían a Manhattan como epicentro de la historia, con algunos policías vestidos con su uniforme azul impecable, sus placas doradas y sus pistolas golgando del cinturón, devorándolos con placer. Siempre he sido de repetir pequeñas experiencias que he visto en televisión, y comer aquellos hot dogs era una de las más anheladas.

Lo hice una tarde en la esquina donde la Fifth Avenue se cruza con Central Park. Recuerdo que pedí el primero y descubrí con asombro que me pasaron un pan sobre un papel con una salchicha en el medio. Muy diferentes a los que acostumbramos a comer en Colombia con papitas trituradas, queso, salsas incluida la de piña y hasta dos o tres huevos de codorniz. No me quedó otra que echarle varias salsas que había en frascos de colores sin saber de qué eran. Al primer bocado descubrí que algo era picante y fue mi segunda sorpresa. Pedí un segundo perro y le puse solo una salsa y siguió picando y así lo hice con dos más. Al pedir el quinto y no ponerle salsa me encontré riendo solo, ante la incertidumbre de mi esposa, porque entendí que lo picante eran las salchichas y no las salsas. Me dije a mi mismo que era un pendejo y seguí comiendo entre las risas de los dos luego de contarle.

De todo esto me acordé anoche cuando, una vez más, me comí un perro caliente en una esquina de Time Square. Algo ha cambiado en los últimos 10 años porque las salchichas ya no son picantes y si uno quiere le ponen chile y queso amarillo derretido. Ya perdí la cuenta de cuántas veces he venido a Nueva York, pero siempre hay dos cosas que no han cambiado, la Gran Manzana tiene una magia que cautiva y yo no me canso de comer hot dogs en cualquier esquina.

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