Jue, 02/08/2018 - 14:26

“¡Qué risa!” Sobre los programas de humor de Caracol y RCN

Nuestro analista principal en televisión nacional y canales privados hace un balance sobre las primeras semanas de los programas enfrentados en el horario prime de RCN y Caracol. Acá sus comentarios

Hace unas semanas los dos canales en su acostumbrada estrategia espejo (programar productos de características similares), hicieron sus respectivos estrenos en horario prime y enfrentando, por un lado, Caracol con La vuelta al mundo en 80 risas y por el otro, RCN con Colombia Ríe.

Cada uno tiene una propuesta muy distinta a la de su competidor. El canal RCN decidió tomar la estructura de un reality como Colombia tiene Talento o el factor X y copiarla cambiando el universo, es decir, la temática, que ahora es la búsqueda de un talento para el humor.  

Caracol, por su parte, decidió apostarle a una idea nueva como lo hizo con A otro nivel e intentar contar un formato que mezcla los programas de viajes con el humor y le sumó un elemento que erróneamente se cree que no falla: la belleza femenina.

En el caso de Colombia Ríe, lo primero que salta a la vista es cómo las audiciones, que generaban tanta audiencia por la comicidad con la que se divertía la audiencia, terminan siendo tremendamente aburridas en un programa de humor. Por lo visto, los encargados del contenido del programa perdieron de vista la más simple y obvia razón de la narrativa: “el giro dramático”.

Cuando uno ve las audiciones en un programa de cantantes, lo que se vuelve llamativo es ver que un personaje tiene un muy alto autoconcepto de su talento y cuando llega el momento de mostrarlo, sale literalmente con un chorro de babas. O por el contrario, si un personaje que no tiene mayores aspavientos y está a la espera de su oportunidad con la mayor humildad posible, termina sorprendiendo con una gran voz y una calidad que nos hace soñar y sentir que es posible alcanzar las metas por más insignificantes que nos veamos.

Es el cambio, la sorpresa, lo inesperado lo que nos pega a la pantalla, porque nos hace sentir indefensos ante la capacidad de acertar o no con lo que hará el participante su audición. Pero esta condición que es una máxima en la narrativa, cuando se trata del humor, tiene una connotación completamente diferente; nadie, pero nadie, asiste a un espectáculo de humor para terminar aburrido y diciendo que el comediante fue lo peor.

Siendo las cosas así, el espectador espera que el giro dramático del humor esté en lo que el comediante hace, que lo sorprenda porque le genera una gran identificación y porque no se imaginó que lo que hace el comediante se pudiera ver de esa manera tan original. Se pregunta uno como espectador ¿Qué sentido tiene poner en pantalla aspirantes a comediantes que no tienen comicidad? Claramente es un contrasentido y sin dudas, así se vio.

Ahora bien, como en pantalla la mayor parte del tiempo se muestra algo que no genera risa, tienen como contraparte a un jurado que debiera aportarme algo, que de alguna manera me marque la línea de humor que persigue el programa, pero esto tampoco sucede. Los tres jurados están en su pose de evaluar y eventualmente, vemos en sus rostros algo de agrado por lo que están evaluando. Dada esta descripción macro, Colombia Ríe se convierte en un programa que pretende basarse en el humor, pero esto es lo que menos le da al televidente.

Por último, ver a un humorista del talento de Hassam en el papel de jurado, quien sin duda nos ha hecho reir en múltiples ocasiones con sus distintos personajes, resultó una verdadera sorpresa. Se ve sin gracia, sin nada que lo haga identificable en su rol y ahí se volvieron a equivocar los productores. Si bien es un humorista  que tiene una carrera brillante, también es claro que cuando está en su rol de persona del común, no tiene mucho que aportar televisivamente y eso ya se había visto en sus participaciones en El Desafío. Cuando se busca poner en pantalla a un jurado, el contenido del programa debe preguntarse por la trayectoria que lo sustenta en el rol, pero también por lo que aporta como personaje a la narrativa del programa.

Hassam tiene lo primero, pero aporta muy poco de lo segundo.

Por su parte, La vuelta al mundo en 80 risas resultó ser la mezcla de formatos que nace con la ilusión de ser una fusión, al mejor estilo gourmet, y termina  sólo siendo un mazacote.  El principal problema que afronta es un tema de estructura. Nadie sabe cuál es el objetivo del programa: ¿hacer reír? ¿Conocer sobre otros países? ¿Hacer reir mientras se conoce de otros países? ¿Ver qué pareja hace reír más? ¿Saber qué país es el que más risa produce? Todas las preguntas son tan irrelevantes como el objetivo del programa, porque nadie sabe cuál es.

Como no se sabe cuál es el norte del formato, claramente los protagonistas no saben muy bien qué es lo que deben hacer y los productores dejaron que los humoristas comenzaran a improvisar sobre unas temáticas con las que pensaron podían generar sketchs de humor, pero lastimosamente nada pega con nada. Ni es chistoso lo que proponen los humoristas ni es relevante lo que las cuatro bellas acompañantes cuentan sobre el país que visitan.

Hablando de las 4 protagonistas del programa, termina uno sintiendo un dejo machista sobre el rol que ejercen y cómo lo trivializan sus compañeros. De por sí los datos que están dando del destino que visitan suenan bastante recitados, más como si estuvieran dando una noticia en lugar de compartirnos una experiencia turística. Esto se ve agravado con las intervenciones de su interlocutores que terminan buscando restarles importancia con el fin de encontrar un gag que salve el sketch.

En el último segmento de cada viaje, vemos a los humoristas en el set desde el que terminan haciendo una corta rutina, con el fin de imprimirle el humor que claramente el formato no logró alcanzar. En medio de las risas de los humoristas y el público hacen un recuento de la experiencia en un tono sexual que termina siendo molesto.

Para concluir, hay dos elementos en el formato que no pesan para nada y que se convierten en decorativos y que, en lugar de sumar, terminan por ser molestos: la palanca que unge de sistema de selección aleatorio y el presentador (Santiago Rodríguez).

El sistema de selección representado por medio de una palanca que hace una búsqueda aleatoria del destino, la temática y la pareja que vivió la experiencia, resulta tan poco creíble que uno se pregunta a quién se le ocurrió semejante idea. Pero lo más grave no está en que ya la tengan integrada como parte del set y del programa, lo que más molesta es que no se percaten de lo ridículo que se ve el artefacto y lo usen de manera repetida.

Y Santiago Rodríguez, por su parte, termina siendo como un parcero que se sienta a reírse de los comentarios subidos de tono de los humoristas durante las rutinas finales de los segmentos, en una actitud chabacana que desdibuja por completo la figura de un “host”. Si hasta aquí hay algo que se pueda rescatar del formato, será muy en el fondo donde no se ve, pues el tono misógino y machista se completa con la ausencia de las cuatro protagonistas mujeres que, en las rutinas finales, no están presentes, en una confirmación de que “lo importante no son ellas”

No obstante lo planteado, el nuevo formato de Caracol tiene un inmerecido buen lugar en el rating, más fruto del muy buen momento que vive el canal y de un clarísimo conocimiento en términos de programación. No se puede negar que el canal sabe cuándo mandar los productos y escoger los valles de audiencia para probar distintas apuestas y eso hay que reconocerlo, así los números terminen respaldando un producto que ojalá sea la única vez que veamos en pantalla.

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