Dom, 01/09/2022 - 06:45

Qué se necesita para no necesitar nada más

La primera vez que me puse de frente a un auditorio para hablar en público, además de sentir que todas las tripas se me salían por la boca antes de empezar a hablar, pensé que sería la última vez que a alguien se le iba a ocurrir ponerme en un lugar así. No estaba tan equivocado, porque, desde entonces, cada vez que lo hago pienso y siento lo mismo, porque así sucede, es un alguien el que llega a hablar por última vez, porque es otro alguien el que desciende de haber hablado por primera vez.

Las primeras veces no suelen ser tan memorables como las últimas, aunque de estas últimas tenemos noticias mucho más tarde de lo que quisiéramos, y es de una primera vez, y, a la vez, paradójicamente, de una última vez, que vine a hablarles hoy, como si con la pandemia ya no tuviéramos suficiente todos y cada uno de los seres humanos que la hemos padecido. Fue hace ya varias décadas, cuando todavía pensaba que para ser escritor se necesitaba ser viejo y sabio, y sobre todo escribir, pero de esto les hablaré en otra oportunidad, cuando tenga el triple de tiempo, y lo soñaba con más ansia que ganarme la lotería, y bien sabemos que la lotería es el salvavidas de los que no nacieron en una cuna de oro, así que ya se imaginarán cuánto soñaba ser viejo y sabio para poder ser escritor. Era una noche lluviosa, y la casa, además de mí y los espíritus que la habitaran, estaba desolada, lo que le daba un aire misterioso y albergaba los truenos durante un rato, mientras se recuperaban del susto y salían a asustar niños que no le tienen miedo a nada. Yo estaba sentado en medio de una montaña de libros de autoayuda, y, más que leerlos, noche tras noche los devoraba de forma obsesiva y enfermiza, de cinco en cinco, de siete en siete y de diez en diez, y en las manos tenía uno de Deepak Chopra que ya iba por las páginas finales, cuando, de la nada, como si un trueno hubiera salido de mí, escribí una palabra en un cuaderno que tenía cerca. La palabra no importa, pero sí que fue la primera palabra de mi primer poema y que, desde entonces, me induciría a una especie de racha en la que estoy desde entonces, que hace que todos los días de mi vida escriba algo, sea lo que sea, sea cuanto sea. Tampoco importa ahora lo que pasó con ella ni si ya fue incluida en alguno de mis libros, sino que fue la primera palabra que yo, como joven que no tenía ni la menor idea de cómo llegar a ser escritor, me convirtió, para siempre y contra mi ignorancia, en escritor.

Que por qué dije en un principio que hablaría de una primera y última vez que sucedían en una sola oportunidad, se pregunta usted, compañero panelista, si sólo conté del día en que escribí mi primera palabra. La respuesta es muy sencilla, y se resume en que toda palabra que escribimos, o decimos, u oímos, y hasta las que ingerimos, sea la que sea, es la última que escribiremos. Y sí, les doy mi palabra de que un día, con más tiempo y muchas más energías, les hablaré sobre el requisito de escribir para los que llamamos escritores.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.