Dom, 07/17/2022 - 10:48

Regresar a ese lugar que no conocíamos

Luego de un tiempo, y aquí da lo mismo si hablamos de un par de semanas, años, minutos o milenios, regreso a este cuadrilátero para batirme a duelo conmigo mismo. De eso se trata, y espero que así lo sea siempre, esto de hablarle a otro, sobre todo si ese otro son muchos otros, porque no es lo mismo un espejo que todos.

Por tanto, mi deber es comenzar por el principio, el porqué, la semilla que dio origen a esto que está sucediendo ahora mismo y que, además, me trajo de regreso a este lugar, aunque ya no sea el mismo de antes.

Un día cualquiera, yo estaba redactando una columna de periodicidad semanal, tan tranquilo en mi ordenador, escuchando la música que la gratuidad me permitía, cuando alguien llamó a mi puerta para dejarme un paquete de entrega especial. Lo recibí con desconfianza, porque mi dirección de envíos no es la misma de donde vivo, y esperé a que se fuera el mensajero para entrar y abrir el paquete. Dentro de la caja, que era del tamaño de un televisor de cola de los años ochenta, venía otra más pequeña, y adentro otra y, así, hasta llegar a una del tamaño de un estuche de anillo de compromiso, por lo que pensé que se trataba de una especie de broma. Me asomé a la puerta otra vez, para comprobar que no estuvieran vigilando mi reacción y, tras un par de minutos de espera, regresé al interior de mi casa para acabar con eso. Abrí con cuidado la caja, esperando que saltara alguna bestia fantástica, o que, colgado de un resorte, se lanzara sobre mí un payaso en miniatura, pero nada de eso sucedió, por el contrario, adentro, casi dormida, se encontraba una moneda de algún lugar del mundo, pero no de circulación en mi país. La tomé con cuidado y la examiné por lado y lado, el lomo, las texturas y hasta el aroma, pero nada parecía ser una broma o un milagro, salvo la frase en uno de sus lados, que hablaba, a modo de refrán, sobre el uso del dinero, como si fuera de la vida. La guardé en el bolsillo de mi pantalón y, tan pronto la solté allí adentro, escuché un grito típico de una caída libre, como si en lugar de eso la hubiera lanzado a un pozo sin fondo. Me quedé esperando a que cayera, a que tocara fondo, a que se muriera de un golpe, quizá, pero no sucedió nada más, y el sonido, como el de un tren de máxima velocidad dentro de un túnel, continuó. No puedo negar que tuve miedo de meter mi mano para buscarla, y que, en lugar de ella, encontrara la superficie húmeda de algún lugar recóndito, pero, al final, la curiosidad pudo más que la cordura y lo hice.

Sí, justamente eso que está pensando usted, señor de los lentes negros, eso fue lo que sucedió. Es por eso que tardé todo este tiempo en regresar, porque, así como sucede con el infierno, uno mismo y el corazón de los que nos amaron, es más largo el camino hacia lo que éramos que hacia lo que seremos. Pero aquí estoy, luego de recorrer todo ese camino, si es que en el mundo de los irreconocible se le puede llamar a algo así.

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