Dom, 03/15/2020 - 10:41

Resignificar

Por cada página que he escrito, hay dos o tres que he borrado o desechado, y otras tantas que he reescrito, porque escribir es también volver sobre lo andado para volver a llorar, a reír, a querer soltar todo y largarse, como dice la canción.

Fue escribiendo, reescribiendo y desandando que me cuestioné y con ello comprendí que lo mío es lanzarle piedras a lo establecido, reivindicar el salirse del molde. Cuestionándome aprendí a vivir con la pregunta en la boca y a resignificar, aunque esa palabra no esté en el diccionario, que finalmente es el cúmulo de normas dictadas por unos cuantos, y entonces pude saber lo que era y es para mí el amor, la lucha, la justicia, la rebeldía, la necedad y la rabia, y supe también que yo escribo porque aspiro a una obra y que lo importante de una obra es estarla escribiendo, y supe que yo escribo en estado de lucha porque mi obra es mi causa y puede que sea una perdida, pero escribiendo y reescribiendo supe que esas causas, las perdidas, son las únicas causas a las que hay que dedicarle la vida porque para andar encaramados en victorias sobran manos, pero para lo imposible y lo perdido nunca habrá suficientes.

Escribiendo resignifiqué. Una tarde, en un café, escribí un poema y entendí lo que era el amor. Comprendí que ese poema lo había estado escribiendo desde siempre y que lo había escrito y borrado una y otra vez hasta que palabra por palabra pude hacerlo definitivo. Otra tarde, muchos años antes, escuché una canción que me habló la dignidad de la rabia y de oponerse y otra que me enseñó lo que es la necedad y de tanto cantarlas, y de tanto andar entre canciones, empecé a escribir las mías y así comprendí lo que era para mí la rabia y el oponerse y esas canciones que se volvieron mudas, fueron el principio de lo que espero que sea una obra.

Pero he hecho a un lado más palabras de las que he escrito: por cada poema que escribí, hubo cuatro o cinco o más que nunca terminé y por cada historia que terminé hay muchas que no me he atrevido a empezar. Escribiendo volví palabras líneas y luego páginas, pero reescribiendo, convertí páginas en pocas líneas o pasé semanas enteras terminando un párrafo. Fue así, reescribiendo y cuestionándome, que volví sobre mis palabras una tarde o una madrugada cualquiera para sentir sus cicatrices, para darles forma, para hacerlas parte de mi obra, parte de mi causa. Por cada palabra que he escrito, hay demasiadas que he borrado, sí, pero las escritas, las finales, esas me han servido para definirme.

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