Dom, 03/05/2017 - 06:23

¿Sabe qué…? ¡Mejor no hablemos…!

¿Conoce alguna persona con la que siempre termina disgustando, no importa cuál sea el tema que estén conversando?

Generalmente, la charla comienza en forma intrascendente, desprevenida, sobre cualquier asunto sin importancia… luego aparece una opinión, que la dice cualquiera de los dos, y el otro disiente… ¡Ahí fue Troya!

Las cosas van pasando de charla a alegato, de diálogo a doble monólogo, y el tono de las voces va subiendo, y la velocidad de respuesta de parte y parte va aumentando (hasta llegar a arrebatarse la palabra o, sencillamente, gritar ambos simultáneamente), las respiraciones se aceleran, los corazones apresuran su ritmo para entregar más oxígeno, las voces se hacen chillonas, se distorsionan, las manos se agitan en el aire, ya casi sale volando un golpe… hasta que alguno de los dos, “para evitar un mal mayor”, dice “¿Sabe qué…? ¡Mejor no hablemos…”, y normalmente el otro responde “¡Sí, es mejor, porque ya se sabe que con usted no se puede hablar…!”

Ahí es cuando el que había renunciado al conflicto regresa, para acusar de lo mismo al otro y reiniciar la gritadera… Si no fuera tan destructiva y tan desgastadora esa escena, sería hasta graciosa.

Cuando finalmente se cansan (supongamos que no llegaron a la violencia física), se separan y cada uno jura no volver a hablar con el otro. Pasa el tiempo y las cosas se olvidan, se hacen las paces (quizá sin hablar del asunto, simplemente retomando el trato en forma un poco fría, distante), se vuelven a tener encuentros cada vez más cordiales, hasta que vuelve a presentarse la ocasión de “conversar”, y se repite la escena ya descrita, con nuevos juramentos de no volver a hablarse.

Ese ciclo se repite muchas veces entre las mismas dos personas. Ocurre mucho en las familias, entre padres e hijos, o entre hermanos. Pasan décadas sin que logren solucionar ese ciclo destructivo. Eso daña relaciones que podrían ser muy satisfactorias, llenas de mucho cariño. ¿Por qué ocurre eso? ¿Qué hacer para superarlo?

En la base de ese problema hay una postura supremamente egocéntrica desde la cual se asume que LA ÚNICA VERDAD ES LA QUE YO POSEO. Todos los demás están equivocados (“No es posible que YO esté equivocado”). Y cuando se encuentran dos con la misma postura, la pelea está asegurada.

Lo más interesante del asunto es que cada uno piensa que con el otro no se puede hablar, es decir, el problema está en EL OTRO; pero si no hubiera problema en él mismo podría solucionarse el asunto sin llegar a la pelea, porque tendría capacidad para escuchar al terco y negociar los conceptos, las opiniones. Pero, claro, esto no se ve. Es como cuando dos personas tropiezan en la calle y una de ellas dice “¡Fíjese por dónde va!”, pero es evidente que ella tampoco se fijó, porque si se hubiera fijado no hubiera tropezado, luego está acusando al otro del error que ella misma comete.

Hay un grado más insidioso de este defecto. A veces la persona inicia la conversación con aparente inocencia para buscar un escenario en el cual “cantarle las cuarenta” a la otra, es decir, deliberadamente la mete al corral para torearla y ponerle banderillas.

En términos generales, ¿qué pretende usted cuando inicia una conversación sobre un tema específico? ¿Quiere obtener más información sobre el tema, o mostrar que usted sabe mucho sobre él, o demostrar que el otro no sabe sobre eso?

La única motivación “sana” es la primera, querer aprender más sobre el asunto. Querer mostrar su conocimiento es soberbio, y querer probar la ignorancia del otro es perverso.

Si quiere partir de la posición sana de querer aprender más sobre un asunto, antes de asumir una discusión DECIDA SINCERA Y FIRMEMENTE que su prioridad es comprender mejor el tema —no defender su Ego a como dé lugar—, ACEPTE HONESTAMENTE que sus conocimientos y opiniones sobre el mismo pueden estar errados —usted no tiene la omnisciencia de Dios— y ASUMA VALEROSAMENTE la decisión de cambiar sus opiniones cuando comprenda que son equivocadas —usted no puede seguir guiando su vida con ideas que sabe que son erróneas-. Si no logra reunir esos tres elementos, no podrá lograr una buena discusión; es mejor que se quede al margen de la misma.

Si cumple con estas tres premisas, es casi seguro que no resultará metido en una pelea y sí aprenderá más sobre el asunto en discusión. Así su vida mejorará cada día, será más sabio cada día, tendrá más amistades cada día.

Es algo tan lógico y tan evidente que uno no se explica por qué no lo vemos todo el tiempo. Si cada vez que alega piensa que el otro está equivocado, lo que está diciéndose y diciéndoles es que USTED SIEMPRE TIENE LA VERDAD, y eso no puede ser cierto. Nadie puede estar siempre en lo correcto, porque significaría que es infalible y omnisciente, y esas son cualidades que los creyentes solo le reconocen a su Dios.

Lo lógico, entonces, es pensar que unas veces usted estará en lo cierto y otras veces estará equivocado. Si en cada discusión parte del supuesto de que PUEDE ESTAR EQUIVOCADO, asumirá la discusión con humildad sincera, con deseo de descubrir la verdad sobre el asunto hasta donde sea posible conocerla, con reconocimiento previo de que la otra persona también puede conocer una parte de la verdad que está buscando, y la charla fluirá muy amablemente.

Si usted llega a la conversación con esta postura y la otra persona está en la posición soberbia de que ella conoce toda la verdad, usted podrá reconocer que no vale la pena meterse en una lucha de Egos y evitará la confrontación. Entonces, como casi siempre, LA SOLUCIÓN AL PROBLEMA ESTÁ EN USTED, y si se mete en el problema, usted también tiene responsabilidad, no solo EL OTRO.

Y como casi siempre, EL PROBLEMA SURGE DE UN EGO FUERA DE CONTROL.

Namasté.

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