Jue, 11/07/2019 - 12:06
Caricatura: El Roto- El País.

Siete generaciones

Un estudio científico indicaba que solamente necesitábamos que pasen siete generaciones para que un hecho histórico deje de afectarnos. En dicho número de generaciones somos capaces de dejar de transmitir oralmente los recuerdos de nuestros allegados, dejamos de sentir empatía porque emocionalmente seis anteriores al individuo quedan demasiado lejanos en el tiempo como para concebir empatía.

El tiempo sana nuestras heridas locales históricas, como si fuera un narrador que comienza hablando en primera persona para al final del libro hacerlo en tercera persona. Somos capaces de despersonalizar todo aquello que sucedió a los que estuvieron antes. En resumen, ya no nos afectan las cosas.

La memoria histórica por extensión únicamente funciona cuando hablamos de sucesos cercanos o coetáneos siendo todo lo anterior una anécdota producto del tiempo. Las normas son diferentes con lo que sucedió hace 500 años que con lo acontecido hace 50. Porque pese a que nuestra sangre esté de por medio ya no somos nosotros, se nos dibuja el pasado como una fotografía que borramos y ya ni recordamos haber realizado.

Entonces la memoria histórica pese a que se trate de nuestro pueblo no tiene el mismo peso si se trata de recuperar algo de un tiempo que de otro. El pasado se justifica con lo que se sucedía alrededor, pero no todo el pasado. Buscamos responsabilidades en el pasado cercano mientras el lejano es solamente víctima de sus circunstancias. Es así y no de otra manera como los vencedores cuentan la historia, como los vencedores cambian la historia y pueden hacer que el otro u otros bandos queden deformados e incluso eliminados en las visiones de las futuras generaciones.

¿Qué dirán del presente dentro del suficiente tiempo? ¿Qué juzgaran? ¿Qué será justificado? ¿Quién dará la versión de la historia?

Siete generaciones son suficientes para ver objetivamente lo sucedido en algún sitio y así dar valor y comprender a ambas partes. Hasta que no llega ese punto de la historia contaminados los sucesos con nuestros sentimientos, algo totalmente lógico ya que los humanos somos lo que somos. Las emociones se acaban desvaneciendo, no sin antes perpetuar lo que sí será la historia y determinarla en el futuro.

Mientras nos sentamos a ver cómo se dibuja la historia, nos sentamos cegados a esperar que el lugar que nos toca no sea en el bando que no llegue a ser posteridad.

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