Mar, 03/16/2021 - 09:48
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Somos historias que ya otros han vivido

Admito que no sé cómo empezar este texto. Uno siempre cree que tiene todos sus pensamientos en orden, pero no es así. La escritura a mí me ayuda a eso, a aterrizar pensamientos. Me ayuda a encontrar la raíz de lo que amo, detesto y temo. Para mí la escritura ha sido algo catártico. Me explico: cuando me encuentro sumido en la soledad, las palabras se escuchan más fuerte en la cabeza y el modo de silenciarlas es escribiendo.

Por: Fernando Villalba

En mi caso lo hago sin pretensión alguna, solo me preocupa que cuando escriba algo se pueda entender. Porque el proceso de escribir implica que uno piense cada palabra, se lea y se relea… con ello uno consigue repasar las sensaciones y concluir si son las que uno está sintiendo o no.

Un día una amiga me dijo que cuando publicara mi primer libro, ella lo compraría de primeras. Lo que quizás ella no sabe, es que para eso hay que ser escritor y eso implica una disciplina que no creo tener y sin duda, una gran capacidad de escribir, que tampoco tengo. Y aunque no hay una fórmula mágica para ser escritor, siento que la gente se conmueve con quien vive las mismas situaciones que todos y con simples palabras, describe el cómo se puede sentir ante esa realidad descrita. Nos gusta eso, vernos reflejados en un otro, que aunque no lo conozcamos nos identificamos con él.

Al fin y al cabo somos eso, historias que ya otros han vivido. Cuando me propusieron escribir estas líneas, acepté porque admiro a quien me hizo la invitación, he leído lo que ha escrito y simplemente me recojo en sus letras; sin embargo, duré varios días pensando sobre qué escribir: ¿Política? ¿Deporte? ¿Historia? No, nada de lo anterior. Para todo soy un mediocre aprendiz y decidí simplemente contar mis visiones personales, mis miserias, las que me han sonrojado, enojado o me han hecho sacar una sonrisa.

Mis historias no son muchas, no he sido una persona que ha viajado en cantidades abismales, no salgo todos los días a desafiar al mundo en sus calles, llevo una vida medianamente rutinaria y vivo en un pueblo con ansias de ciudad, relativamente tranquilo, aunque a veces no falte uno que otro guabaloso que despierte el repudio y deje al desnudo la falta de formación que tenemos como personas. Por ejemplo, el desgraciado que hace unos días molió a golpes a su pareja y no contento con ello, la empaló.  

Es difícil creer que exista gente con tantas agallas, pero al mismo tiempo tanta cobardía de hacerle eso a otro ser humano. Lo también preocupante ––para mí––, no es solo hecho de la golpiza y el empalamiento, sino la gente que sale a justificar semejante canallada. Por eso como sociedad estamos hundidos hasta el cuello en un lodazal de mierda, por ese tipo de personas del que nos cuesta salir. Ese tipo de violencias simplemente ratifica que no somos la supuesta punta de la pirámide del reino animal. Qué ilusos creer que nos íbamos a convertir en mejores personas por una pandemia, qué ilusos imaginar que un virus nos iba a sacar siendo más empáticos.

En fin, no prometo mucho contando historias. En últimas, solo son mediocres reflexiones hechas cada vez que pienso que somos un virus que acaba todo lo que se encuentra al paso y que solo reconoceremos nuestros errores, cuando la extinción como humanidad la tengamos en frente.

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