Dom, 02/13/2022 - 08:27

Un mundo de conveniencias

Nos dejamos convencer por la versión oficial y nos tragamos los engaños sobre la productividad, los algoritmos y las ventas, siempre las ventas, y con ello nos hicimos esclavos, un poco más esclavos cada vez.

Nos alquilamos, eso hicimos, y con eso, nos empezamos a volver robots que repiten y repiten, programados, palabras, frases, rutinas, comportamientos, modelos de vida. Dijeron que éramos libres de elegir mientras nos encerraban en un sistema creado por ellos, los dueños del sistema que es como decir los sueños del mundo, ideado para mantenerlos arriba, señalando, mandando, legislando y matando cuando hace falta y creímos que ese era el único camino posible.

Somos esclavos. Es como dice una canción: vamos derechos como unos robots llenos de actividades. Le dedicamos horas, semanas, meses y años a causas que no son nuestras. Compramos los discursos de ser comprometidos, de entregarlo todo, de ser equipo y demás tonterías, aunque en el fondo sabíamos que no éramos y no somos más que engranajes de una gran maquinaria que mueve el mundo en beneficio de dos o tres señores. Piezas, herramientas, objetos, todos prescindibles, todos desechables. Si alguien alzaba la voz, le decían que afuera había cientos o incluso miles dispuestos a hacer lo mismo por los mismos tres pesos o tal vez menos. En algún punto uno de nosotros, esclavos, robots, piezas de engranaje, se atrevió a repetirlo, a decir: el pobre es pobre porque quiere, si no está conforme afuera hay otros tantos que matarán por tener ese puesto, por ocupar ese lugar en la cadena de producción.

Y así nos fuimos callando. Así todas las revoluciones fueron aplastadas, silenciadas, apocadas hasta que esa palabra, revolución, pasó a ser proscrita, una palabra maldita que solo podía ser concebida por locos, desadaptados llenos de odio y miserables incapaces de aceptar la felicidad de la obediencia, las migajas de felicidad prefabricada que se pueden comprar con los tres o cuatro pesos que se reciben como contraprestación por ser parte del sistema, del gran sistema, del invencible sistema.

Por eso ya no hay revolucionarios ni revoluciones, porque hasta esa palabra la volvieron parte del sistema para vender productos, servicios y un montón de cosas que nadie necesita y la revolución se volvió tener el último teléfono, el televisor más grande o el auto más reciente. Por eso cuando alguien habla de revoluciones, de las de verdad, de las que nacen de la convicción, de las que implican echar los monumentos por el piso y de rescatar las causas que abrazaron de tantos que lucharon antes para que fuéramos libres, es silenciado por los demás esclavos y es señalado, perseguido y vetado por los dueños de todo.

Vivimos en una mentira llamada mercado que volvió todas las causas una simple transacción y reemplazó la lucha por la competencia. En este mundo, en fin, ya no quedan convicciones sino conveniencias.
 

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