Jue, 04/26/2018 - 08:12
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Vidas descartables

En el libro "Vida Precaria. El poder del duelo y la violencia", Judith Butler reflexiona sobre temas relativos a la vida, su preservación y la posibilidad de crear una ética de la no violencia. Los ensayos que componen esta publicación surgieron de pensamientos posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

En estos, Butler analizó el rol de los intelectuales en la elaboración de ideas sobre la precariedad de la vida y la obligación moral y ética de no dañar a otros. En climas de violencia como los propiciados después de estos atentados, la filósofa comentó lo siguiente: “Que las fronteras de los Estados Unidos hayan sido violadas, que una insoportable vulnerabilidad haya quedado expuesta, que hayamos sufrido una enorme pérdida de vidas humanas, ha sido y es motivo de temor y dolor; pero también constituye un estímulo a la reflexión política. Al menos implícitamente, los acontecimientos [que rodearon el atentado] plantearon la pregunta sobre qué forma de reflexión y de deliberación política había que adoptar si consideramos la vulnerabilidad y la agresión como puntos de partida de la vida política”. Así, Butler pone en duda que las agresiones deban conducir a más violencias en la esfera pública.                                                          

En otros espacios Butler ha interrogado qué cuenta como una vida, por qué protegerla y por qué terminarla. Estas preguntas pertenecen a ámbitos privados de la persona -estudiados ampliamente en la psicología social-, pero también hacen parte de procesos enormes que tienen como protagonistas al Estado, los funcionarios, los mandatarios y los grupos armados. Ciertamente, estos actores tienen poder para permitir que una vida se desarrolle plenamente o eventualmente exterminarla. ¿Qué nos obliga entonces a defender y preservar la vida de los otros? Considero que esto nos invita a reflexionar sobre el desprecio por la vida inherente a algunos proyectos políticos, y el lugar que ocupa esta en el debate colombiano actual, siempre tan cargado de agresiones y discursos de odio. Esto hace que tengamos que tomar la vulnerabilidad, la precariedad, el carácter (no) descartable de la vida y la violencia como hechos presentes en la cotidianidad.

Mi pregunta por el rol que ocupa la vida en la deliberación política colombiana encuentra inspiración en las ideas de Judith Butler, y se ha materializado en mis propias investigaciones con mujeres y pueblos indígenas. No obstante, la urgencia de responder a esta inquietud se acentuó mucho más después de saber de acontecimientos recientes en torno a Álvaro Uribe Vélez, expresidente, senador y dirigente del partido Centro Democrático. Sus pronunciamientos sobre la muerte de Carlos Areiza, antiguo paramilitar y testigo clave en un caso que lo involucra, asesinado por sicarios hace algunos días, llaman mi atención puesto que exhiben un desprecio absoluto por la pérdida de vidas humanas a causa de la ilegalidad. Dicho desprecio suele ser validado por gran parte de sus bases. 

El 24 de abril, Uribe publicó un comunicado en su cuenta de Twitter donde expresó que Carlos Areiza era un “buen muerto”. En el texto también se sostiene esto: “Carlos Areiza era un bandido. Murió en su ley. Areiza es un buen muerto. Si no, que lo diga Cepeda”. En este orden, el comunicado presenta ideas sobre la conexión entre el testigo asesinado y el senador Iván Cepeda Castro. Además, el pronunciamiento del senador salió a la luz pocos días después de la publicación de una columna del periodista Daniel Coronell, donde se exponen sucesos vinculados a la coerción de Areiza como testigo. Luego de ver el repudio que ocasionaron tales palabras, el senador Uribe trinó pidiendo a los medios que rectificaran la información, ya que el texto había sido escrito por un miembro de la comunidad (cuya identidad no sabemos). Del mismo modo, dijo que él solía publicar las opiniones y artículos de terceros. Con esto esperaba desligarse de las afirmaciones sobre la muerte de Areiza.

Uno tendría que analizar qué significa ser un “buen muerto”. Cecilia Orozco Tascón se refiere a esto en su columna: “‘Un buen muerto’ es una expresión que no se escucha jamás en círculos limpios de la sociedad porque se supone que quien la usa desea la muerte de otro y que, en consecuencia, es un asesino, al menos en potencia”. Yo asumo que a esta expresión también se le pueden atribuir otros sentidos. Por ejemplo, puede indicar la conveniencia o aprobación de la muerte del testigo. Y desde luego, el consentimiento de este hecho recae sobre quien emite la expresión. De hecho, señala que es oportuno para la persona que lo dice. Por otra parte, quien reproduce el contenido de un escrito en redes sociales -por lo general, aunque no es la regla y existen múltiples excepciones- se identifica con este. Uribe reprodujo el texto en sus redes, sin asomo considerable de crítica o raciocinio, lo cual demuestra que comparte las ideas de quien definió a Areiza como un “buen muerto”. Esto evidencia cómo para Uribe unas vidas son perfectamente descartables, lo que pone en jaque su escala de valores éticos y políticos ante nosotros, como sociedad colombiana.

Las afirmaciones reproducidas por Uribe en redes sociales tendrán repercusiones en el debate público, puesto que legitimarán más agresiones y violencias. Por este motivo, es importante promover deliberaciones políticas donde el valor de la vida sea un tesoro colectivo. No hay jerarquías que determinen que una vida merezca más la pena que otra, y como lo sostuvo Butler en su libro, la pérdida de vidas humanas debe producir lamento y dolor. La celebración de la muerte de testigos debido a la ilegalidad solo cabe dentro de proyectos políticos violentos y mafiosos. Esto no se nos debe olvidar nunca.

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

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