Dom, 09/01/2019 - 09:24

Volver las palabras un testamento

Quiero dejar por escrito lo que siento, porque lo que siento me define y uno escribe –o eso creo- para definirse. Quiero escribir para dejar constancia de mis odios, de mis venganzas, de mis conspiraciones y de mis afectos. Quiero escribir para releerme como si fuera un extraño y así, reconocerme.

Porque otros tendrán sus fortunas, sus talentos, sus vidas de fábrica, perfectas, inmaculadas, llenas de viajes, de vitrinas, de propiedades, de productos, pero yo tengo lo que escribo, que no es mucho y que temo que nunca será suficiente. Yo tengo esas dos o tres canciones que me volvieron lo que soy y esos poemas y esas historias que se volvieron otros poemas y otras historias a fuerza de ir viajando entre ellos, hasta convertirse en la necesidad de escribir y por eso tengo lo que he escrito, que es mi lucha. Yo tengo los poemas que descubro y las historias que leo y las palabras que escribo: tengo piedras y puñales y caricias y con ellas trato, al menos trato, de escribir mis poemas y mis historias. Los otros tendrán sus certezas pero yo tengo una obra por escribir y eso no es más que tener un camino lleno de dudas que solo se resuelven sobre el papel.

Quiero escribir otros autorretratos y otras maldiciones, otras diatribas contra el poder y sus artimañas, contra los titiriteros y sus estrategias de muerte, quiero escribir otros poemas de lo que creo que es el amor, otras elegías a mis muertos, otras canciones a todas mis causas perdidas que son, como decía Borges, las únicas que vale la pena seguir porque las demás ya tienen quién las defienda. Quiero escribir para volverme mis palabras y vivir a través de ellas y así poder quedarme al margen de los sentimientos como transacciones: del amor producto, del desprecio estético, del dolor máscara. Y quiero con ello, de paso, alejarme del éxito, que es una imposición del mercado, para recordar que escribir es ante todo fracasar, pararse frente a la hoja vacía con la promesa de escribir la mejor página posible y fracasar, porque a qué más puede dedicarse uno después de escribir sus mejores líneas. Si escribo, en últimas, es para dejar testimonio de mis fracasos, de todas las veces que empecé de nuevo, de todos los poemas a medias que están engavetados, de todas las veces que me ha dolido lo que yo llamo amor y que no tiene tanto que ver con lo que nos han dicho que es el amor.  

Quiero llenar hojas enteras con mis fracasos, porque esas hojas que desecho también serán parte de mi obra, aunque nadie vaya a leerlas. Quiero escribir para reconocerme en ese camino andado tantas veces y saber que si las palabras vuelven a doler es porque fueron auténticas puñaladas y no engaños momentáneos y así, quemar si es necesario lo que no vino de adentro, porque escribir es también una declaración de principios, una reafirmación de lo que se siente y se cree, y se va escribiendo hasta volver las palabras un testamento para dar cuenta de lo único que se posee: unas cuantas piedras, unas cuantas caricias, unas cuantas hojas rasgadas, unos cuantos vidrios rotos.

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