Jue, 01/21/2021 - 09:02
Foto: Tomada de Univision.com

Y cumplió... al menos con el muro

Cuando llegué a Estados Unidos huía de las amenazas en mi país. Aterricé la noche del 31 de diciembre de 2013, en Atlanta, y respiré tranquilo a pesar de no tener idea de cuál sería mi futuro. Mi única certeza era estar en una gran nación, protectora de los Derechos Humanos y cimentada, en parte, en el esfuerzo de los inmigrantes. Lo comprobé en la medida en que me llegaron nuevas bendiciones.

En mi trabajo conocí a decenas de inmigrantes, muchos indocumentados, que también salieron de sus países por la violencia y la falta de oportunidades. Abrumados por la realidad, muchas veces inhóspita para ellos, se acostumbraron a mirar hacia atrás para comprobar que no eran seguidos por las autoridades migratorias, bajo la amenaza latente de una deportación. Hombres y mujeres incansables, trabajadores esenciales sin los que la comida que ponemos en nuestras mesas no llegaría o sería más costosa; o nuestras calles se inundarían de basuras, por poner dos ejemplos. 

Hace cuatro años Donald Trump alcanzó la presidencia de Estados Unidos apalancado en un discurso que señalaba a los inmigrantes hispanos, especialmente mexicanos, como violadores y criminales. Y eso nos dolió. El miedo en los ojos de  estas personas se hizo más intenso, aumentó la persecución contra ellos y el estigma creció a niveles inimaginables. Incluso, ese miedo entró a los hogares de quienes tenemos un estatus migratorio legal. Nuestros hijos preguntaban por qué pasaban estas cosas sin que pudiéramos darles un respuesta entendible y clara para ellos. No la hay. 

Una época oscura y difícil en la que Donald Trump logró cumplir una de sus principales promesas de campaña: "construir un muro". Pero no fue el que él imaginó para delimitar la frontera entre México y Estados Unidos y detener la inmigración. No, Donald Trump logró construir un muro que debe preocupar no solo a los que vivimos en esta nación sino al mundo entero. Un muro que separa a catolicos y cristianos de los musulmanes. Un muro que divide a blancos anglosajones de indígenas, afroamericanos, hispanos, asiáticos y árabes. Un muro que pone a ricos a un lado y a pobres al otro. Un muro que enfrenta a liberales y conservadores y donde el centro parece desaparecer. Un muro edificado desde la intolerancia, la incomprensión, el irrespeto. Un muro que para nada identifica los valores e ideales que enmarca la Constitución estadounidense, única en el mundo que contempla la "búsqueda de la felicidad" como un "derecho inalienable". Que paradoja, el hombre que ofreció como eslogan de campaña "Hacer América grande una vez más", logró devolverla varias décadas hacia el pasado, cuando la segregación racial, el machismo, el abuso sexual, la persecución religiosa, hacían parte del diario vivir. Un país con una crisis económica y social sin antecedentes en los años recientes. Ese muro que se levantó en la sociedad estadounidense llevó a que el planeta ya no mirara a la superpotencia americana con la admiración característica. 

Hoy ese período de cuatro años llegó a su fin, dejando heridas abiertas que tardarán en sanar. Hoy escuchamos un discurso diferente, de unidad y reconciliación. Desde Washington se envió un mensaje a la humanidad: el espiritu que hizo grande a Estados Unidos y que nos llevó a que millones de inmigrantes buscáramos refugio dentro de sus fronteras, está de regreso. No es una tarea fácil la que tiene la dupla conformada por Joe Biden y Kamala Harris. Desde hoy, con el arte y la paciencia de un relojero, deberán reparar los daños causados a la democracia más antigua del mundo moderno. Solo el tiempo dirá si lo logran, pero con toda seguridad allí estaremos los periodistas, atentos y con nuestra mirada aguda sobre los hechos. Ya no es hora de promesas de campaña, ahora hay que pasar a los hechos. Exigiremos cada vez que sea necesario, levantaremos nuestra voz y haremos valer a los más necesitados, seremos el contrapoder que toda democracia necesita. 

Pienso en esa frontera que separa a Estados Unidos de Latinoamérica e imagino que sigue teniendo el mismo cielo azul y la misma tierra amarilla que une a las naciones, y que he podido descubrir cada vez que la recorro. Hoy recordé lo que mi papá, un hombre sabio, me escribió el 7 de noviembre de 2020, día en que las proyecciones dieron como nuevo presidente a Joe Biden: "Volvemos al respeto y la tolerancia".
Dios bendiga a los Estados Unidos de América, pues a nosotros ya nos bendijo enormemente permitiéndonos vivir en este gran país. Si a Biden y a Harris les va bien, al país y al mundo les irá bien.

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