Vie, 01/25/2019 - 09:33
Foto: cronicadelquindio.com

Ya son 20 años

Estaba en mi casa viendo televisión, como generalmente lo hacía todos los días a la hora del almuerzo. Para aquel entonces yo llevaba unos pocos meses de ser Corresponsal de Noticias RCN en Manizales. Ese día, a la 1 y 19 minutos de la tarde, como quedó marcado en un reloj que cayó al piso y se detuvo con el golpe, las paredes del pequeño apartamento comenzaron a sacudirse con tal intensidad que hicieron que me pusiera de pie inmediatamente.

Paula, mi primera esposa, llegó corriendo al cuarto en el instante en que yo levantaba a Juan Alejandro, mi hijo mayor quien dormía plácidamente.

- Juan, salgamos, está temblando muy duro, me dijo ella.

Y así lo hicimos. Bajamos velozmente las escaleras, abandonamos aquel segundo piso y salimos a la calle. Los 28 segundos que duró el sismo dejó una grieta en la fachada de la casa donde vivíamos. Juan Alejandro, quien apenas iba a cumplir dos años, no despertó en medio de la carrera y seguía profundo entre mis brazos. Al subir al apartamento descubrimos algunos daños. Veinte minutos más tarde, en medio de las comunicaciones colapsadas, logré comunicarme con el noticiero en Bogotá y me asignaron un camarógrafo de Pereira con una orden tajante: viajar de inmediato a Armenia, al parecer muy golpeada por un terremoto que luego se supo tuvo una intensidad de 6.2 grados en la Escala Richter.

El recorrido entre Armenia y Manizales, por las vías de aquel entonces, era de dos horas y media. Esa tarde no fue así. Aunque logré salir de Manizales a las 4, los derrumbes de tierra que encontré a mi paso convirtieron el desplazamiento en una verdadera lucha contra el tiempo para llegar a mi destino. Fueron varios los carros en los que viajé y muchos los kilómetros que tuve que caminar con un morral en la espalda. Llevaba ropa para varios días.

Llegué a Armenia pasadas las 11 de la noche, siete horas después de salir, pero ya la oscuridad de la noche no permitía ver en su total dimensión la destrucción de la ciudad aunque los noticieros habian pintado un primer panorama. Con Jhon Jader Jaramillo, quien fue mi camarógrafo por los siguientes 45 días, comenzamos a recorrer las calles más afectadas de la capital del Quindío, en el corazón del Eje Cafetero colombiano.

Jamás olvidaré las historias que encontré a lo largo de las siguientes semanas, pero fue una que viví en esa madrugada la que me marcó en el alma como una huella indeleble. Alrededor de las dos de la mañana, 24 horas después del terremoto, una mujer recostada contra un poste de energía llamó poderosamente mi atención. Tenía a sus tres pequeños hijos acostados en el piso a su alrededor, apenas cubiertos con unas cobijas. Estaban frente a la que fuera su casa, ahora convertida en un cúmulo de escombros con un manojo de hierros retorcidos. Le hice una fugaz entrevista y al terminar le pregunté qué venía para el futuro.

- No sé, pero yo soy paisa, soy colombiana y soy berraca, y seguro que saldré adelante con mis hijos.

Yo lloraba con ella. No recuerdo su nombre y jamás la volví a ver aunque la busqué por varios días. Siempre regresé a ese poste pero mis esfuerzos fueron en vano.

Justo hoy se cumplen 20 años de la fecha que los colombianos recordamos como El Terremoto de Armenia. Muchas cosas se aprendieron durante y después de aquel fenómeno de la naturaleza. Hoy, todavía nos maravillamos de la fuerza de los cuyabros, como le dicen a los oriundos de Armenia, para recuperarse de una tragedia tan grande. Más de mil personas murieron y el 75% de la ciudad se vio afectada por el movimiento telúrico.

A esto se llama resiliencia y no es nada diferente que la capacidad de una persona o grupo de personas para recuperarse de los duros golpes del destino. Deberíamos aprendernos esa palabra, repetirla y tenerla siempre a la mano, pues de eso si sabemos los colombianos. Nos hemos recuperado de tantas y tantas tragedias que lo increíble es que no hemos aprendido a superarnos a nosotros mismos. Ojalá, con esa misma fortaleza con la que simpre nos hemos vuelto a poner en pie con un grito de victoria, aprendiéramos de nuestra historia para no volver a repetirla.

Resiliencia, recordemos, parece solo una palabra, pero también es una fuerza que sale de lo profundo del alma y nos vuelve a levantar para continuar luchando. Y viviendo.

En Instagram y Twitter: @JCAguiarNews

Añadir nuevo comentario