Dom, 02/04/2018 - 05:28

Yo pude haber sido Mario Muñoz. Solo me faltó puntería

Fotografía tomada de la página Informantes en Red.

Esto jamás lo había escrito. Pasaron al menos 17 años y nunca me atreví. Parte por miedo de que los agresores me pudieran identificar, parte porque quise que no quedara registro de que pude haber matado a otro ser humano. Pero la puntería me falló.

Corría el año 2000. No recuerdo el mes, pero estoy seguro de que fue después de mayo porque recién me habían ascendido de cargo en la Fiscalía General de la Nación. Pasé de ser auxiliar administrativo a investigador judicial. Trabajaba para la Oficina de Protección a Víctimas y Testigos. Así se llamaba en ese momento. Sé que el nombre ha cambiado dentro de las muchas reestructuraciones que han hecho de esa Entidad al capricho de cada Fiscal General que ha pasado desde ese año que no son pocos. Mi nuevo cargo me asignaba funciones de policía judicial y, por el riesgo que tomaba todos los días, la necesidad de cargar un arma para proteger la vida de los testigos a mi cargo y la mía propia. En ese momento era el encargado de adelantar los trámites administrativos para que los testigos contaran con alguna seguridad social en Bogotá, cuando habían sido trasladados desde otra ciudad. Es decir, yo debía garantizar que los protegidos estuvieran afiliados al régimen de salud, que los menores pudieran encontrar cupos escolares si la situación de seguridad lo permitía y también de tramitar ante las autoridades consulares de diversos países todos los documentos que fueran necesarios para que los testigos protegidos y sus familias en el mayor riesgo pudieran abandonar el país.

Mis labores implicaban permanecer con los testigos mucho tiempo y algunas veces yo era el único escolta con el que contaban, porque los esquemas de seguridad varían no solo en función del riesgo, sino de la estrategia. Algunas veces yo fungía como un simple taxista y llevaba de pasajero al testigo clave de alguna masacre, cargamento de droga, magnicidio, acto de corrupción o cualquier otro delito. Estamos hablando de uno de los años más violentos de nuestra historia, con una guerrilla exacerbada en todo el territorio nacional por cuenta de un pésimo proceso de paz que intentó Pastrana y con los grupos paramilitares masacrando a todo lo que oliera a guerrilla. En una sola palabra, el año 2000 en materia de seguridad fue un caos.

Bueno, sin más preámbulo, les contaré por qué en alguna fría noche bogotana de ese año pude haber sido Mario Muñoz, el escolta de la Unidad Nacional de Protección que reaccionó a un atraco en el norte de Bogotá y dio de baja a uno de los delincuentes.

Recogí a una amiga en el barrio La Fragüita de Bogotá en la noche de un día entre semana. No recuerdo la hora, pero el tráfico estaba pesado, por lo cual calculo que eran al menos las siete de la noche. Nos dirigíamos al barrio Nicolás de Federmán y la ruta era simple: Avenida Ciudad de Quito y calle 53. Justo cuando doblé la esquina de la Avenida Ciudad de Quito para tomar la calle 53, en una oreja de elefante que se debe hacer para continuar el camino y a solo unos metros del Estadio “El Campín”, nos encontramos con un cuadro confuso, angustiante, violento y atípico, a esa hora y en ese lugar. Un Chevrolet Sprint blanco estaba estrellado contra un poste y un Renault 12, también blanco, le cerraba el paso. Al frente, una motocicleta con dos sujetos, uno, manejaba la moto y el otro, el parrillero, apuntaba un arma de fuego hacia los ocupantes del Sprint a quienes yo no podía ver porque el Renault 12 me cubría la visión. Yo estaba con mi arma de dotación porque nuestra protección iba más allá del horario laboral. Era natural recibir amenazas con las funciones que tenía, incluso, de los mismos testigos, que en un gran porcentaje eran además delatores de sus propias bandas.  

Yo adelanté el carro en el que iba una cuadra y unos metros y lo ubiqué detrás de un edificio para evitarle cualquier riesgo a mi compañera y me bajé del vehículo con “el fierro” en mi mano izquierda. Yo soy zurdo. Corrí hacia donde estaba pasando todo el alboroto y solo escuché gritos: “¡La plata! ¡La plata! ¡¿Dónde está la puta plata?!” gritaba un hombre. En ese momento el parrillero de la moto le apuntaba a la cara al conductor del Sprint quien sangraba profusamente. Pensé que ya le habían disparado. Al lado del conductor herido, una señora gritaba a todo pulmón que no tenían plata. Gritaba una y otra vez lo mismo y pedía que no los mataran. Yo no lo dudé. Apunté mi arma hacia el sujeto que estaba encañonando al conductor y grité: “¡Soy Policía! ¡Suelte el arma o disparo!”. Entonces, sentí que me pasó un disparo a centímetros. En realidad, lo sentí a milímetros. Para ser honesto, creí que me habían matado. Ese disparo salió del Renault 12 blanco que cerraba al Sprint estrellado contra el poste. Respondí al fuego con fuego. Como en ese momento no supe de dónde me habían disparado, le disparé al parrillero de la moto armado, quién ya había emprendido la huida con una bolsa blanca grande en sus manos. Cuando por fin vi al sujeto que me disparó desde el Renault 12, le disparé a ese automóvil que ya maniobraba para huir también. Solo hice esos dos disparos. Al parrillero le apunté a los pies y no le pegué a nada. Al Renault 12 le apunté al arma y también fallé. Gracias a Dios el pulso me tembló lo suficiente para hacer solo ruido. Gracias a Dios no le pegué un tiro a ningún ser vivo. Los proyectiles quedaron incrustados en una jardinera de un edificio cercano y el otro fue a parar cerca del poste con el que se estrelló el Sprint. Eso lo verifiqué después de que todo pasó. Yo nunca estuve a menos de diez metros de los ladrones, fortuna que no tuvo Mario Muñoz, que debió batirse a centímetros de los agresores.

Mientras sucedía el cruce de disparos, yo gritaba apellidos al azar para que los delincuentes creyeran que no estaba solo. Como loco grité “¡Martínez, cúbrame!”, “¡González! Se van a escapar ¡Dispare!” “¡Mayorga! ¡Al de la bolsa, al de la bolsa!”. Mis compañeros imaginarios hicieron muy bien su trabajo porque desde el Renault hicieron un par de disparos más a cualquier parte, pero no a mí. El parrillero de la moto nunca disparó. Solo corrió con la bolsa blanca, se montó en la moto que hábilmente manejaba el otro sujeto y todos se perdieron tomando una calle estrecha paralela a la Avenida Ciudad de Quito y se escabulleron por la calle 53, según me contaron después algunas personas que vieron todo este disparate. Literalmente, un disparate.

Cuando se fueron, corrí a mi vehículo, no para perseguirlos, no quería hacerlo, solo para verificar que mi amiga estaba bien. Ella estaba pálida, muy asustada, pero ilesa. Ya se había bajado del carro y vio todo lo que pasó y aún no se explica cómo salí vivo. Pensó que difícilmente sobreviviría a ese primer disparo que me hicieron porque ella vio cuando el hombre sacó el arma y me apuntó.

Después de esto, corrí hacia el Sprint para ver si el conductor aún estaba con vida. Él me vio y lloró, mientras la mujer que iba al lado aun temblando me gritaba ¡Gracias! ¡Gracias! Los dos se bajaron casi al mismo tiempo y me sorprendí porque pensé que el conductor estaba realmente malherido. Así que le dije: No se mueva, espere llamamos una ambulancia. Él solo sonrío y me dijo “tranquilo, solo me casqué con el timón del carro cuando me estrellé contra el poste. No me dispararon”. Y sí, su herida era superficial y lo que yo había visto como un mar de sangre era solo un hilo que le bajaba desde la frente por el surco que se hacía entre su ojo derecho y la nariz.

El lugar se llenó de curiosos, algunos me daban la mano y me decían cosas halagadoras, otros me indicaban por dónde se habían ido los asaltantes y me preguntaban por qué no los estaba persiguiendo “si ese era mi trabajo”. Cuando recuperé un poco de aire pedí apoyo por radio de comunicaciones a la Fiscalía. Aparte de mi arma de dotación, también tenía un radio de comunicaciones. Les conté lo que había pasado e inmediatamente llamaron a la Policía Nacional para que se hicieran cargo del asunto. La Fiscalía no es una fuerza de reacción sino de investigación, por ello, a pesar de tener funciones de policía judicial, no debía actuar como primer acudiente en la escena de los hechos y mucho menos sin saber cuál había sido mi verdadero rol en ese zaperoco. Lo correcto, era llamar a la Policía. Pasados diez minutos más, llegaron los policías. Me identifiqué como funcionario de la Fiscalía, pero jamás les conté que Mayorga, Martínez, González y yo los suplantamos para evitar un atraco y por qué no, uno o dos homicidios. Eso también es un delito que se llama “suplantación de autoridad” y ahora me atrevo a contarlo porque legalmente cualquier implicación que me pueda perjudicar ha prescrito.

Desde el punto de vista legal, jamás me llamaron para narrar los hechos desde ningún Despacho, jamás me iniciaron una investigación y nunca supe si los afectados instauraron el respectivo denuncio por el robo de unos chorizos, unas arepas y un queso que era el botín que se llevó el parrillero de la moto en esa bolsa blanca. Era verdad que esas personas no tenían dinero y la razón es al menos triste: Dos semanas antes de ese incidente, los habían atracado en otro punto de la ciudad y les habían robado quince millones de pesos en efectivo. Desde ese día decidieron consignar el dinero siempre en la sucursal bancaria más cercana escoltados por dos o tres empleados de confianza de su negocio, que era una panadería en el centro de la ciudad. Esto me lo contaron en los diez minutos antes de que llegaran los policías. Lo único que debí hacer fue rendir un informe a la jefatura de mi oficina para justificar por qué había gastado dos disparos de mis municiones, es decir, “legalizar la munición”.

Así terminó este episodio en la noche más azarosa y peligrosa de mi vida, la noche en que la muerte me rozó una oreja y en la que pude haber sido un homicida, aunque fuera en legítima defensa. Desde ese día esa historia quedó enterrada y solo se la había contado a personas de mucha confianza, hasta hoy.

Y la cuento porque aplaudo la decisión de la Fiscalía General de la Nación de archivar las diligencias en contra de Mario Muñoz. Sin embargo, lamento la mayoría de los argumentos y conjeturas que se esgrimen en las redes sociales y en los comentarios que he podido compartir con algunas personas sobre los sucesos que implicaron al señor Muñoz, a favor y en contra.

Desde mi experiencia acá contada, les puedo decir que ninguna persona con un mínimo de empatía y sentido común por rechazo a la injusticia y el drama de otro ser humano puede quedarse quieto ante una situación de estas pudiendo reaccionar. Y yo pude reaccionar porque iba armado. De lo contrario, con todo el pesar, habría seguido mi camino y a lo sumo habría usado el radio de comunicaciones para dar aviso a la Fiscalía. Pero estoy seguro de que ese tiempo en que se demoró en llegar la Policía, que no fue largo, los malhechores hubiesen hecho mucho más daño a las víctimas al darse cuenta de que su preciado botín eran solo chorizos, arepas y queso. Siento, como quizás esté sintiendo el señor Muñoz ahora y como lo ha afirmado la víctima del atraco en la calle 106 con autopista cada vez que la han entrevistado, la muerta hubiera sido ella. Ella estaba forcejeando con los ladrones y últimamente la línea que separa a un ladrón de un asesino en Bogotá es mucho menos que delgada. En mi opinión, el señor Muñoz hizo lo que tenía que hacer por su seguridad y por la seguridad de la víctima. El ladrón tiene que saber que el ciudadano puede reaccionar y para eso va preparado. Por eso asesinan a tantas personas que se defienden de los atracadores, porque el atracador muchas veces está dispuesto a matar. Al menos en Bogotá y me atrevería a decir que en Colombia. Eso lo dicen las cifras y los recortes de prensa, no yo. Incluso, llegan a matar hasta los que no se defienden, como le pasó a un niño en el barrio Kennedy hace apenas unos días al que robaron su bicicleta y apuñalearon. Por eso, insisto, el señor Muñoz hizo lo correcto. Igual a lo que yo hice en ese momento, que evoco después de tanto tiempo porque también consideré que era lo correcto.

Pero de allí a justificar “la limpieza social” como se le dice coloquialmente a esa macabra práctica de asesinar delincuentes hay un trecho largo. Una cosa es la reacción en caliente frente a un hecho delictivo en proceso y otra muy distinta es el asesinato sistemático de personas que delinquen obviando el Estado Social de Derecho y las leyes vigentes. Asesinar delincuentes o sospechosos de serlo no tiene nada de heroísmo. Son simplemente asesinatos y no es menos delincuente el homicida de un ladrón indefenso que el asesino que roba. Este justamente es el origen del paramilitarismo en Colombia que dejó tantos muertos, desplazados, violadas y víctimas sin ningún resultado que valga la pena rescatar para una sociedad moralmente degradada como la colombiana. Considerar a los guerrilleros como delincuentes y actuar como un grupo de “limpieza social” los llevó a cometer todo tipo de atropellos, vejámenes, injusticias no solo contra personas indefensas sino contra personas inocentes. Hay que saber diferenciar y actuar en consecuencia. Para ser claro, Mario Muñoz es un héroe. Carlos Castaño fue un genocida. Ahí hay una diferencia enorme.

No les cuento mi historia para sentirme héroe. No lo hice hace casi 18 años y sería ridículo ponerme la capa ahora. Lo hago, primero, porque quiero solidarizarme sinceramente con el señor Mario Muñoz y agradecerle en nombre de la ciudadanía bogotana su acto de valor y arrojo en el que expuso hasta su propia vida para salvar a otra persona. Y segundo, porque no quiero que confundan el heroísmo de Mario Muñoz con el sadismo de Carlos Castaño o de cualquiera que se atreva a tomar la justicia por mano propia, ese sadismo sin límites ni pudor propio de la venganza. En este sentido mi invitación es clara: Si ven que pueden evitar una injusticia y un crimen, incluso, arriesgando su propia vida y tienen los medios para hacerlo, háganlo si les nace en el momento en el que el destino les ponga estas pruebas que no son fáciles y en donde hay que reaccionar en milésimas de segundo. Pero, si no lo hizo en su momento, no juegue al vengador cuando ya el asunto se ha metido en los vericuetos de los caminos legales por más complicados e ingratos que parezcan. Esa es la única manera de mantener la poca institucionalidad que nos queda y de ayudar sinceramente a una ciudadanía cada vez más cercada por la delincuencia, el crimen y la falta de principios.

Mario Muñoz debe estar triste porque ningún ser humano bueno quisiera matar a otro. Pero Mario, si algún día lee esto, quiero que sepa que yo pude ser usted. Solo me faltó puntería. Ánimo hermano, estoy con usted.

 

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.