Sáb, 02/23/2019 - 07:38

Guaguancó del que no canta

Contribución de Alberto Bejarano desde la ciudad de Cali.

Cuando canto, cierro los ojos y aparece una mujer. Esta noche no sé si llegue a cantar, aunque apriete los puños. Estoy cumpliendo veinticinco años de carrera y mis ahijados, Ismael y Adalberto, me han organizado un homenaje en el Gran Salón Savoy. No soy un cantante famoso pero he grabado tres discos y me reconocen todavía en la calle mis paisanos borinqueños. Mi mujer trabajaba de noche cantando sones retozones en los bares de San Juan. Cuando ella regresaba a la casa, cansada de tanto pregón, la miraba de reojo contar los billetes y las monedas que había reunido. Me dormía transpirando el rumor de rones con tabaco extranjero que inundaban el cuarto.

Busqué a mi mujer por los bares del viejo San Juan y hablé con las autoridades del puerto, pero nadie supo darme noticias. Las estrechas callejuelas me empujaban a delirar al sentir en algún callejón oscuro su voz aguda y su acento. Me tomó un año decidirme a partir. Durante ese tiempo me dediqué a vender las cien camisas que quedaban y cuando tuve suficiente dinero para comprarme un billete de avión, me fui de Puerto Rico. Instalado en Nueva York, en los brazos de mi abuela, me sentí menos extranjero. Conseguí trabajo como ayudante de cocina en el restaurante de boricuas, “Mambo diablo”. Cuando volvía al amanecer a mi cuartucho del hotel Palmieri, en la esquina de la calle 43 con Broadway, contiguo al Palladium que inmortalizaran Machito, Tito Puente y los Reyes del Mambo, trataba de recordar la cara de mi mujer pero solo quedaba en mi memoria el olor a tabaco. En la mañana me despertaba empapado de sudor y decepcionado. Me acechaba la misma pesadilla: soñaba con una maleta. Primero la veía abandonada en una estación de tren, luego veía cientos, miles de maletas, apiladas en una montaña en un basurero.

Mi mujer llegaba cantando de madrugada. Tarareaba acordes apalmbichados de la Sonora Matancera. Era una bolerista pura, al estilo de Toña la Negra. Su voz tenía la cadencia cubana y la melancolía de Veracruz. Su cuerpo acompañaba su ritmo a punta de lentos giros y movimientos de su cabeza, lo que recordaba levemente su origen dominicano. Cantaba siempre con los puños cerrados, como si estuviera sosteniendo sus maletas. Yo también canto así.

Si no canto, me siento de vuelta en mi país. ¿Qué habrá sido del viejo San Juan? No sé si algún día volveré. Me dicen que en la Plaza de las Uvas aún hay mujeres como ella que juegan cartas con los marineros orientales que vienen desde el río Mekong. No sé si soñaré otra vez con mi viejo San Juan. Ay, bendito anacobero.

Esta noche no sé si pueda cantar. Me quedé afuera del teatro, a pesar de que hay lleno total. Me senté en el andén de enfrente, vestido de marinero para que nadie me reconozca. Me afeité el bigote a lo Pellín para camuflarme. Vi a mi mujer. La seguí de cerca en la penumbra y tarareé la canción de Pellín, No hagas caso, antes de subirme al escenario por última vez.

 

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